Carson

La gente en sus libros estaba siempre sola. Padres fracasados, hijos perdidos, alcohólicos agresivos, sordomudos sonrientes, vagabundos contrahechos. Los vimos alejarse al atardecer, hacia la puesta de sol en una calle polvorienta en un verano caluroso en una pequeña ciudad del sur de los Estados Unidos. Ella los observaba con sus ojos grandes que no hacían daño y un cigarrillo en los labios. Se llamaba Carson McCullers, había nacido en Columbus, Georgia, bebía, tenía el corazón renqueante, los ojos inquietos. A los veintitrés años escribió un libro luminoso.

Terminé de leer El corazón es un cazador solitario en algún lugar de la noche entre Uster y Wetzikon. Y ahora, cada vez que el tren me devuelve a ese espacio solitario entre dos ciudades que me son extrañas, recuerdo al alegre sordomudo John Singer y rezo para que todos los que están perdidos encuentren lo que quiera que busquen.

Venían en peregrinación, durante aquel año que duró cuatro estaciones, como todos, hasta la habitación del sordomudo en una pensión llena de huéspedes que se retrasaban en los pagos y, durante horas, le contaban sus problemas a aquel hombre que se sentaba con la espalda muy recta, las manos sobre las rodillas, sonreía y les ofrecía un silencio desinteresado que cauterizaba sus heridas.

Venían porque no tenían a nadie que los escuchara. Corazones presos, cazadores solitarios. También Carson quiso mucho más de lo que la quisieron. Pero puso toda aquella entrega malgastada en su obra y así aprendimos que ningún amor se desperdicia. El amor, en sus libros, aparecía como un milagro en los márgenes de lo cotidiano. Porque solo hay un amor de verdad: el de los desamparados. Lo demás es decorado y costumbre.

Tres infartos antes de los cincuenta. Murió en la cubierta de un barco de vapor que se sacudió la molestia de su cadáver y siguió viaje como si el mundo no tuviera por qué lamentar la pérdida de una cincuentona borracha que fumaba demasiado y siempre parecía aburrida en las fotos. La lloraron los solitarios. Se dijeron: fue una suerte tenerla.

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