La marcha Radetzky

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En algún lugar del Imperio, el nieto del héroe de la batalla de Solferino escucha la Marcha Radetzky. Entonces la guerra parecía una cosa demasiado lejana, los soldados destinados en la frontera pasaban el rato perdiendo a la ruleta, al emperador le crecían las patillas en los retratos de los burdeles y uno siempre podía contar con un par de días de permiso para lucir el uniforme en las avenidas de Viena.

Del otro lado del papel Joseph Roth hace una seña al camarero, pide otra y humedece la punta del lápiz con la lengua.

Al nieto del héroe de Solferino nada le haría más feliz que dejarse matar por la monarquía. Uniforme de teniente impecable, barro en las botas. Ha pasado la mañana caminando bajo la lluvia que derrite la nieve. El sable le molesta. El apellido lo asfixia. En la batalla de Solferino su abuelo apartó al emperador de la trayectoria de una bala italiana. Lo ascendieron a capitán. Y el emperador en persona lo nombró barón de su aldea natal eslovena.

Roth analiza el vaso con desconfianza. Sospecha que, mientras escribe, alguien alarga el brazo y lo aligera de licor a escondidas. Los bebedores siempre son suspicaces.

No hemos dicho que su nombre es Trotta. Su nombre es Trotta. Carl Joseph Trotta. Nieto de un teniente de artillería que recibió en la clavícula una bala dirigida al corazón del emperador de Austria-Hungría. Hijo de un jefe de distrito que se resiste a ver las grietas en las paredes de un mundo que se desmorona.

Sabe que se puede atrapar el atardecer en las páginas de un libro, pero con eso no basta. Quiere atrapar el último resplandor de luz que el sol dejó caer sobre su país antes de ocultarse para siempre.

En la niñez de Trotta suena la marcha Radetzky. En su juventud las palabras de la mujer de un sargento de aldea. En su desgracia las manecillas de un reloj que anuncia el amanecer. En su impaciencia la respiración agitada de un tren a Viena. En su agonía una bala junto a un pozo de agua y un saludo en ruteno: que dios sea contigo.

Y a partir de ese último trazo de luz volver la vista atrás y recuperarlo todo.

Hay un sendero que cruza las montañas. Por ese sendero se acerca la guerra. Los soldados la esperan con impaciencia. La banda militar toca la marcha Radetzky. Trotta se ciñe el sable. Levanta la vista hacia el cielo y observa las estrellas de su infancia. Deseaba tanto entonces morir por el emperador. En solo unas semanas el Imperio se llena de padres que ya no reciben cartas de sus hijos desde el frente.

Joseph Roth rebusca en sus bolsillos, paga la cuenta y abandona el café. Camina a tientas. El mundo ya no existe, pero él ha conseguido guardar un pedazo.

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