Un asunto insignificante

barco

Llevaba en la decimoséptima desde los tiempos de Sexto Pompeyo en Sicilia. Aquella fue una buena época. Después nos dijeron que el maricón de Sexto se había pasado dos semanas haciendo sacrificios a Neptuno. No le sirvió de mucho. De allí algunos nos marchamos a Egipto, donde le terminamos de joder la fiesta a Marco Antonio. Un buen hombre, debo decir, putero y cabrón como no hubo dos en Roma, un tipo que podía partirte el cuello y seguir bebiendo vino como si tal cosa, pura vieja escuela patricia. Me entristeció la noticia de que se había arrojado sobre la espada después de lo de Actium. Aún así, mantuvo el estilo intacto y consiguió palmarla con cierta decencia romana en aquella tierra de mierda, secarral perpetuo lleno de serpientes y eunucos y tan lejos de casa. Desde Egipto nos transfirieron a la Galia y después a Germania, al mando de Publio Quintilio Varo, a quien los dioses enculen por toda la eternidad. Recuerdo que la noche antes de la mañana en que toda la puta Germania nos cayó encima el gilipollas de Mario todavía confiaba en que conseguiríamos salir de allí con las águilas por delante. Buen muchacho, Mario, un poco ingenuo, criado en la Suburra, vecino y compañero de juegos desde la infancia, una de las cosas que más de dolió de aquel día infausto fue verlo caer de rodillas con dos palmos de hacha en la puta cabeza. De aquí no nos saca ni Marte que baje del cielo con toda el ejército de chulos divinos, le dije. Quitátelo de la cabeza, hemos venido a morir al culo del mundo. Y bien que tenía yo razón. ¿A quién se le ocurre entrar en un bosque que era como coño de puta de Tracia persiguiendo a 20.000 germanos locos? Cuando los árboles que esos pedazo de hijos de puta habían estado serrando durante la noche anterior se desplomaron sobre nosotros y el bosque se convirtió en un grito y una tormenta de metal desgarrando cuerpos que caían mutilados sobre la hojarasca yo fui uno de los pocos que no se llevó ninguna sorpresa. Antes de morir vi tantos muertos que cuando me llegó el turno me sentía más cercano a los cadáveres que a los vivos. El bosque nos comió a todos. El enemigo estuvo brillante. Soldados, civiles, todos carne para los cuervos. Tantos cuervos. No se veían en Roma, ciudad de estorninos, atardeceres suaves. Germania, con su niebla, sus ciénagas y su sol que no calentaba parecía una tumba apropiada. Lo fue. Todo se jodió cuando Numonio Vala se cagó encima del caballo y salió corriendo llevándose consigo a su regimiento de caballería. Hasta entonces todavía quedaba una mínima oportunidad: un reagrupamiento, una salida a campo abierto, lejos del bosque. Pero Numonio azuzó al caballo como númida con prisa por llegar al burdel y allí se acabó todo. Un germano de dos metros de altura le apañó la cabeza a Mario, que era como mi hermano -¿recuerdas, Mario, el viejo Tíber de la infancia, la muchacha entre los juncos, que más tarde no quiso cobrarnos?- y poco después una flecha me atravesó el cuello de parte a parte. Me ahogué despacio en mi propia sangre. Recuerdo el sol por última vez, antes de que oscureciera.

Mucho tiempo después, en Colonia, un vendedor de hachas vino a verme al taller. Un escalofrío me heló la espalda cuando colocó su muestrario sobre el bloque de mármol que había estado tallando toda la mañana. De aquel pedazo de piedra muerta necesitaba sacar yo un San Pedro, con sus llaves, su barba y sus sandalias, para que el obispo pudiera colocarlo en la fachada de la catedral que la ciudad construía a mayor gloria del Todopoderoso. Tres metros y medio de San Pedro, martillazo a martillazo, había comenzado en invierno, las manos heladas, la nieve en la puerta, el verano acababa y todavía andada a vueltas con los pliegues de la túnica. ¿A qué altura lo colocarán exactamente?, preguntó el vendedor de hachas. ¿Yo qué mierda sé? Alto, supongo, bastante alto. Entonces, ¿para qué tanto detalle, si nadie va a apreciarlo desde el suelo? Acento extranjero. Un hombre del sur, quizás italiano. Sangre caliente, gente de la que no hay que fiarse. Lo miré. Parecía sensato. Sabía tanto de escultura como mi difunto padre de leer los latines de la Biblia. Que un artista como yo, descendiente de un hombre que había peleado en el campo de batalla junto a Carlos el Grande tuviera que escuchar semejantes gilipolleces. Le dije que se metiera sus consejos en el culo, y también sus hachas. Por los cojones benditos de Cristo, ¿para qué necesitaba yo un hacha? El comerciante abandonó el taller y yo volví a mi trabajo. No habían pasado diez minutos cuando regresó sin hacer ruido y me hizo un siete en la espalda con una de aquellas hachas mohosas. No fue agradable. En el último momento se me aflojaron los esfínteres y me cagué encima. Vergonzoso. Todavía tuve tiempo de escuchar a mi verdugo: ¿lo ves?, ya no tienes que preocuparte por el puto San Pedro.

Era incapaz de entender qué hacíamos en aquel desierto que nunca acababa. El Hombre, en cambio, parecía conocer el camino. No te preocupes, amigo, repetía una y otra vez, llegaremos a Tombuctú en menos de una hora. Solo que una hora después uno miraba a su alrededor y allí no había Tombuctú, solo más desierto. Al segundo día el Hombre ya no era capaz de seguir caminando. No me quedó más remedio que cargar con él. No pasa nada, me dije, eres fuerte. Solo que no te vendría mal beber un poco de agua y comer algo. Aguanta, me dije, tal vez está vez el Hombre tiene razón y Tombuctú está detrás de aquellos montes que se ven en el horizonte. El desierto es un lugar horrible porque se divierte jugando con las esperanzas de los hombres y los animales. No me pregunten como era Tombuctú, porque nunca llegamos a Tombuctú. A la tarde el Hombre, exhausto, cayó de mi grupa y ya no fue capaz de moverse. Permanecí a a su lado hasta que supe que había muerto. Esa noche descubrí que también los caballos lloran. Unas horas después me encontró una manada de chacales. Ya no tenía fuerzas para huir. Tampoco me importó demasiado. Mejor aquello que morir derrotado por el desierto. Mejor aquello que el destino del Hombre. Con todo, no les resultó fácil. Tardaron un buen rato en derribarme. Me sentí caer sobre mis patas traseras cuando uno de los chacales consiguió, al fin, encontrarme la garganta.

Lo primero que pensé antes de subir al barco es que una máquina como aquella jamás podría hundirse en el océano. Las dos primeras semanas fueron maravillosas. Los niños corrían por la cubierta y Anthony pasaba la mayor parte del tiempo en el camarote, terminando de pulir una novela en la que llevaba trabajando dos años. A mí, sinceramente, no me gustaban sus novelas. Sus héroes eran, por lo general, hombres violentos y desesperados que me resultaban carentes de todo interés. Él, sin embargo, era un hombre interesante. Deberías hacer que tus personajes masculinos se parecieran un poco más a ti, solía repetirle. Él sonreía. Sus heroínas, en cambio, eran todas idénticas a mí. Creo que eso soliviantaba a sus críticos, que se quejaban, seguramente con razón y ciertamente sin entender nada, de que todos sus personajes femeninos estaban cortados por el mismo patrón. Era la primera vez que viajaba a Inglaterra, el país desde el que mis padres habían llegado a Boston sesenta años antes. Mi padre era un muchacho pelirrojo de York. Mi madre una irlandesa de ojos azules arrancada de la Isla Esmeralda y criada en las calles de Liverpool. Yo nací en Boston, Anthony en Baltimore. Vivíamos en Filadelfia, donde habían nacido nuestros dos hijos. Pensaba en todo eso -en los cruces del destino, en la geografía de tantas vidas que de alguna manera me pertenecían- mientras el barco atravesaba el océano sin prisa. La fiebre comenzó durante la tercera semana. Al principio no le di demasiada importancia. Cuando una mujer se convierte en madre aprende a dejar de preocuparse por sí misma. ¿Qué es una fiebre comparada con la mínima tos de un hijo? El verdadero peligro solo existe alrededor de los hijos. Una fiebre, un pequeño mareo, son cosas sin importancia, accidentes que no pueden hacer sombra a la íntima felicidad de verlos correr despreocupados por la cubierta del barco. El día que Anthony anunció sonriente que por fin había terminado la obra que habría de consagrarlo como uno de los nombres más representativos de la incipiente generación de escritores estadounidenses sufrí un desmayo durante la comida y desperté sudando en la cama del camarote. A partir de ese día, la enfermedad evolucionó rápidamente. El médico del barco me examinó con delicadeza, me tomó el pulso y la temperatura, se interesó por el estado de mis asuntos íntimos y me extrajo un par de botecitos sangre. Sales y un buen trago de quinina, dijo. No dejó de sonreír ni un momento. Así fue como supe que el asunto era grave. Anthony no quería abandonar la cabecera de la cama, insistía en estar junto a mí y obligaba a los niños a permanecer en la habitación. Vuestra madre mejorará enseguida si le hacéis compañía. Permanecían sentados, en silencio, quietos como maniquíes, con las manos en el regazo, la espalda recta, mirando de reojo el ventanuco por el que se vislumbraba el agua. Diles que se vayan a jugar, por el amor de Dios. Ninguna madre necesita que sus hijos de cinco y ocho años la vean agonizar en un camarote que se mece y cruje con cada embestida del mar. La fiebre se mantuvo alta. Después subió. Después empezaron los delirios. El médico sonreía cada vez más. Tardaremos todavía dos semanas en llegar a Inglaterra, explicó, si la fiebre no remite, y después dejó en suspenso el final de la frase. Esa noche soñé con un bosque húmedo y frío. Caminaba por un sendero que se adentraba cada vez más en la espesura cuando de repente los árboles se desplomaron como por arte de magia. De la oscuridad surgieron gritos y lamentos en idiomas extraños. Antes siquiera de poder echar a correr me encontré trabajando en un taller lleno de polvo. Mis manos desbastaban con un martillo y un cincel un bloque de mármol de más de tres metros de altura. El mármol se dejaba modelar como si fuera arcilla. Cuando la escultura estuvo lista contemplé con sorpresa mi obra. Me había esculpido a mí misma. Antes de despertar vi un desierto inmenso y un caballo blanco galopaba hacia el sol. Cuando abrí los ojos Anthony sollozaba. Le pedí que trajera a los niños. El barco, sobre el océano, era un asunto insignificante.

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