Cebo para los peces

Chess

Tenía quince años, siete meses y dieciséis días cuando supo que nunca sería campeón del mundo. Lo descubrió durante un torneo organizado en Straford-Upon Avon con motivo del cuarto centenario de la muerte del escritor William Shakespeare. Había nacido en los Urales, en una pequeña aldea que durante el resto de su vida siempre recordaría nevada y en donde acudió a una escuela rural en la que apenas prestó atención a las clases de literatura. Sabe quien es Shakespeare, pero no le interesa en absoluto, como tampoco le interesa Stratford-Upon Avon ni nada de lo que pueda haber en Inglaterra, un país que visita por primera vez y que le resulta tan aburrido como todo lo que sucede fuera del tablero. Y sin embargo recuerda que no hace mucho tiempo participó en un representación escolar de El Mercader de Venecia, bien es verdad que con un papel poco destacado: era uno de los comerciantes que echa en cara a Shylock su falta de compasión hacia Antonio y su texto se reducía a una pregunta (¿de que te serviría su carne?) que daba pie al famoso monólogo en el que el usurero se defiende de y ataca a sus enemigos con unas frases que han quedado grabadas en la memoria de generaciones enteras y que Grisha Korovin, el hijo de Olga la pescadera, declamó con un exquisito acento fingido que hizo las delicias del auditorio: ¿no tenemos ojos los judíos? ¿no tenemos manos? ¿órganos, dimensiones, sentidos, afectos, pasiones?

Sentado frente al tablero contempla en el pequeño espacio de su memoria cómo Grisha se retuerce de rabia sobre el escenario para dar vida a un viejo judío veneciano consumido por el odio de sus semejantes y sus propios sentimientos innobles. Deben de tener nueve años, puede que ocho, y le parece una proeza que un animal como Korovin pueda aprenderse de memoria un parlamento tan largo. Recuerda como el patio de butacas estalla en un aplauso espontáneo (era el tercer acto, todavía quedaba más de la mitad de la obra por representar) y como Grisha se llevó todos los elogios en la posterior crónica del periódico escolar. A él, en cambio, no le causó ninguna impresión. Por eso resulta le tan extraño que ahora, justamente ahora, recuerde a Korovin interpretando el papel del Shylock de Shakespeare sobre el escenario portátil del pabellón de uso común.

Su rival es un joven alemán dos años menor que él, un niño rubio de ojos azules. También él tiene los ojos azules, pero los suyos poseen el tono apagado de un lago helado, mientras que los ojos del chico alemán brillan como las aguas vírgenes de un mar tropical. Por primera vez en su vida siente miedo frente a un tablero de ajedrez.

Desde que empezó a jugar, a la edad de cuatro años, recibió elogios y profecías que le auguraban un futuro brillante. Tú serás campeón, le dijo a los seis años su primer entrenador, un hombre llegado desde Moscú que decía haber formado parte del equipo de Mijail Tal durante el campeonato del mundo de 1960. Desde entonces – a los ocho años derrotaba con facilidad a muchos jugadores adultos – no había hecho otra cosa que confirmar el pronóstico que aquel hombre extraño – ojos hundidos, pelo gris, largo y rizado, manos huesudas, muerte a causa de un enfisema tan solo unos meses después – había realizado después de verle ganar una partida con negras.

Entre los siete y los diez años venció en todos los torneos escolares en los que participó. Una noche un representante de la Federación Rusa de Ajedrez se presentó en su casa para convencer a sus padres de que lo dejaran continuar su formación en San Petesburgo. El hombre se disculpó por llegar a una hora tan intempestiva y expuso los motivos de su visita. Su padre puso una botella de vodka sobre la mesa. Él permaneció sentado en el sofá, incapaz de apartar la vista del recién llegado, observando cómo sus padres brindaban con el extraño, que alabó cortésmente la calidad del vodka. Fabricación casera, explicó el padre con un deje de orgullo provinciano en la voz. Es hora de dormir, Aleksei, dijo su madre. Aleksei no protestó. Pero al llegar al piso de arriba se quitó los zapatos, descendió varias escaleras procurando no hacer ruido y se agazapó en la oscuridad, desde donde podía ver y escuchar sin ser visto.

– Tenemos a varios especialistas siguiendo los torneos a lo largo de todo el país- dijo el hombre de la Federación – Nos han llegado informes que aseguran que su hijo es un portento. Si no es indiscreción, ¿puedo preguntarles cómo aprendió a jugar?

– Yo misma le enseñé – aseguró la madre de Aleksei, que hasta entonces se había mantenido en segundo plano – En cierta ocasión participé en una partida simultánea e hice frente al camarada Botvinik con una defensa berlinesa que el Maestro destrozó en veintidós movimientos.

Al hombre de la Federación Rusa de Ajedrez la respuesta le cogió por sorpresa. Tardó unos segundos en contestar.

– En ese caso la felicito. A mí me me ganó en diecinueve.

Una semana después Aleksei estaba en San Petesburgo. Hizo el viaje junto al burócrata de la Federación, en un tren con vagón restaurante y literas en los compartimentos. El viaje duró veintidós horas.

– A partir de ahora soy tu tutor legal. Puesto que respondo de ti y de tu bienestar ante tu familia y ante las autoridades me obedecerás en todo momento y seguirás mis instrucciones – dijo el hombre, que añadió – Serás campeón del mundo.

Le asignaron un entrenador. Un georgiano que aseguraba haber formado parte del equipo con el que Boris Spassky arrebató el campeonato del mundo a Tigran Petrosian en 1969. El georgiano bebía. Según él, esa había sido la causa de su caída en desgracia, que se llevó por delante el honor y la gloria del ajedrez soviético.

– Yo echaba un trago de vez en cuando. No creo que haya nada de malo en eso. Donde yo nací la gente bebe. Un conocido mío se bebió ochocientos gramos de coñac en una hora. Y sobrevivió. Otro amigo bebió alcohol de quemar y salió a la calle con un kaslaskikhov gritando que quería unirse al Ejército Rojo. Entiéndelo, las tiendas estaban cerradas. Una vez que no teníamos vasos bebimos en el estuche de las gafas de Ivan Tijonov. En fin. Ellos no entendían nada, por supuesto. Decían que yo era una mala influencia para Boria. ¡Pobre Boria! ¡Si supieran la de partidas que yo he ganado borracho! No hay nada como cuatro copas para expandir la mente, siempre lo he dicho. Empiezas a ver combinaciones, sacrificios brillantes, las diagonales se extienden hasta el infinito y las casillas débiles brillan con luz de neón. Pero ellos no entendían nada. Y decidieron dejarme fuera de la preparación para el match contra Fischer. Yo le dije a Spassky: Boria, ahora te las tendrás que apañar tú solo. Él sabía que nadie era capaz de ver las jugadas que yo veía. Los demás eran pura escuela botvinística. Orden y aperturas. Pero Boria era un artista. Lo volvieron loco. Por eso perdió. A un artista hay que dejarlo respirar, pero ellos lo asfixiaron. Y allá se fue el orgullo soviético, de Reijkiavik a Nueva York en un avión fletado por el gobierno de Estados Unidos. Después he visto las imágenes. Bobby Fischer posando sonriente con Nixon, luciendo la medalla de campeón mientras el gentío lo aclama. Pero si yo hubiera estado allí Boria habría conservado el título. Y nuestra pobre Unión Soviética no hubiera conocido la humillación y la vergüenza.

En su primer entrenamiento táctico el georgiano le preguntó:

– ¿Cuál es tu peor defensa?

– Manejo con eficacia todo el repertorio. No tengo puntos débiles.

– Repetiré la pregunta. ¿Cuál es tu peor defensa?

Ningún entrenador le había hablado antes de esa manera.

– La variante del cambio en la eslava.

– No volverás a jugarla más. ¿Cuál es tu segunda peor defensa?

En San Petesburgo se consagró a su único objetivo. Entrenaba diez horas diarias y, en sus ratos libres, leía libros de ajedrez. Se deshizo de cualquier sentimiento superfluo. Nunca volvió a pensar en la aldea, en la nieve sobre las montañas o en Grisha Korovin disfrazado de judío veneciano de la Edad Media.

Pronto descubrió que al georgiano le gustaba hacer preguntas. ¿Por qué estás siempre tan serio? ¿Qué te gusta hacer aparte de jugar al ajedrez? El respondía con altivez, tal y como consideraba que correspondía a su estatus de futuro campeón. No lo sé. Nada. El entrenador negaba con la cabeza.

En la jugada número veintidós, después de una hora y media de partida, el chico alemán sacrificó su dama en g7. Aleksei miró al tablero y parpadeó. ¿Cómo había llegado esa dama hasta allí? ¿Y por qué no la había visto llegar? Capturó la dama con el alfil y se dispuso a perder la partida. Había perdido muchas veces, como cualquier otro jugador, y aunque seguía sin acostumbrarse a la derrota, no era perder lo que le preocupaba. Había otra cosa, algo que no conseguía identificar.

Se aferró a la mesa con las dos manos mientras la habitación se difuminaba a su alrededor. El tablero, el chico alemán, el árbitro, el resto de jugadores, concentrados en sus propias partidas, su entrenador, que observaba a unos metros de distancia, todo formaba parte de una realidad que ya no existía. A solas con su angustia, mientras sujetaba entre los dedos la dama recién capturada, supo que era el único habitante del mundo.

Repasó mentalmente sus veintiún primeros movimientos. No había cometido ningún error. Pero cada jugada de su rival parecía arrancada bajo tortura de las páginas secretas de un manual de táctica desconocido. Cada movimiento era nuevo, misterioso, y planteaba un enigma. Su conocimiento prodigioso de las aperturas, cimentado en el estudio y en una memoria prodigiosa, empezó a tambalearse. A pesar de todo consiguió mantener a raya los ataques de su rival, se comportó con frialdad y demostró por qué la Federación Rusa lo había señalado como el hombre que recuperaría el título para un país que no había tenido un campeón desde Krámnik.

Luego el abismo se abrió bajo sus pies. Sesenta y cuatro casillas, dieciséis peones, cuatro torres, cuatro caballos, cuatro alfiles, dos damas, dos reyes, dos ejércitos, un campo de batalla fingido sobre el que jugar a la guerra una y otra y otra vez, una dama que cruza majestuosa, se arrodilla para morir y con su muerte arrasa su destino y su vida. Había jugado al ajedrez desde que tenía memoria, conocía cada movimiento, había estudiado miles de líneas diferentes que trazar a ciegas sobre el tablero, pero solo entonces, quince años, siete meses y dieciséis días, cayó en la cuenta de que él jamás hubiera sido capaz de llevar la dama a g7. Y supo que nunca sería campeón del mundo.

Vivió en trance el resto de la partida. Eran los ojos, tan azules que no parecían humanos. No podían ser tan azules. Contempló al joven sentado frente a él preguntándose si no sería un diablo enviado a la tierra con el único propósito de destruirlo. Hizo su última anotación (rey a d6), detuvo el reloj y comunicó al árbitro su decisión de abandonar la partida.

En la aldea el río baja crecido a causa del deshielo. El representante de la Federación Rusa estrecha la mano de su padre. Su madre se lleva las manos a la cabeza. Sobre el escenario, Grisha Korovin respira hondo antes de comenzar su memorable monólogo. Servirá de cebo para los peces, si no puede servir para otra cosa, dice el imbécil de Grisha encogiéndose de hombros.

Hoy, tantos años después, es incapaz recordar el nombre de su rival. Solo sabe que jugó un par de años a un nivel aceptable, que a partir de los dieciséis empezó a diluirse en torneos de segunda fila y que ni siquiera llegó a estar entre los cien primeros del mundo.

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