Trajines inútiles

photo-1460896114392-b9f543cc4dd1

Desde niño soy capaz de aguantar cualquier cosa
con tal de evitar trajines inútiles.
(Sergei Dovlatov)

IV.

El hombre camina por la acera con las manos dentro de los bolsillos. Su comportamiento, a primera vista, resulta banal: se detiene a mirar un escaparate, enciende un cigarrillo, levanta los ojos hacia el cielo y amenaza al sol con el puño. No conocemos su nombre, pero sabemos, en cambio, que desde hace tiempo le asalta periódicamente un pensamiento inquietante: tiene la sensación de que forma parte de un decorado, teme que el sentido real de la existencia se le escapa. La ciudad es Nueva York. La fecha, el 24 de agosto de 1990.

El calor, se dice con resignación, consigue que todo resulte absurdo. Imaginen ustedes que yo tengo ahora una cita ineludible, hacia allí me dirijo, no quiero aburrirles con detalles, solo les diré que mi futuro depende completamente de lo que suceda durante las próximas dos horas. Y he aquí que llegaré a ver a mi demiurgo con la cara roja, resoplando como un hombre enfermo, con cercos de sudor en la camisa, lleno de angustia y febril. Me quedaré, seguramente, sin palabras, y su juicio será desfavorable. Y esta oportunidad, que quizás sea la última, se perderá para siempre. Y nunca podré componer una imagen dramática del suceso porque los cercos en la camisa y el rubor en mis mejillas marcarán para siempre la escena con una sombra de comedia barata. ¿Dónde, por dios bendito, se ha visto a un héroe con las manos húmedas?

El hombre considera filosóficamente el problema y llega a la conclusión de que la vida no se comporta con seriedad y, por lo tanto, cualquier pensamiento elevado carece de verdadera grandeza. Lo mismo ocurre con el sufrimiento. Extrae un pañuelo de seda del bolsillo (es uno de esos hombres que todavía acostumbran a llevar un pañuelo de seda en el bolsillo) y se seca el sudor de la frente.

En ese momento una ambulancia dobla la esquina con las luces encendidas y se abre paso entre el tráfico. El violento aullido de la sirena inunda la calle y extrae al hombre de sus pensamientos. Heme aquí, se dice, con la cabeza ocupada en banalidades mientras un semejante lucha por aferrarse a la vida. Avergonzado, sigue caminando.

II.

Los dos enfermeros han nacido en Puerto Rico y saben distinguir de un vistazo a los extranjeros. Muchas veces, en un país extraño, la suerte depende de ese conocimiento básico. Ante quien sonreír, ante quien callar, cuándo mostrar humildad y agachar la cabeza. Cuándo morder una réplica, triturarla entre los dientes para evitar que nos delate y nos deje indefensos ante un poderoso indígena capaz de devolvernos con un golpe de burocracia a las bronceadas calles de San Juan. Por eso comprenden rápidamente que el hombre que yace en la camilla no es norteamericano. Tiene aspecto de europeo, afirma el más alto de los dos. Se da un aire al tipo de la licorería de mi cuadra, un ruso que se llama Mijail. O puede que sea yugoslavo. Pero tú me entiendes.

Su compañero, efectivamente, entiende. Se hace llamar Patrick, aunque ése no es su verdadero nombre, y para él solo existen tres tipos de personas en el mundo, los puertorriqueños, los estadounidenses, a los que él denomina genéricamente americanos, y todos los otros. Yugoslavia, Rusia, qué más da, son países que nunca verá y que díficilmente sería capaz de situar en un mapa. Allá, lejos, cruzando el océano, uno de esos sitios en los que siempre hace frío, donde la gente bebe constantemente y dispara al aire por diversión. Lo único que sabe de los rusos es que hacen de malos en todas las películas y que su presidente, un tal Gordarov, o Korbakov, visitaba esporádicamente el país en la época del señor Reagan. Aquel ruso con cara de ebanista le resultaba divertido porque tenía una curiosa mancha de nacimiento en la calva.

– ¿Sigue siendo Gordarov el presidente de Rusia?

– De momento – responde el enfermero alto – todavía se llama la Unión Soviética.

Patrick asiente, un poco avergonzado de su ignorancia, y se concentra en el hombre de la camilla. Debe de medir cerca de dos metros y, a juzgar de las dificultades que han tenido para meterlo en la ambulancia, pesa alrededor de ciento veinte kilos. Jamás ha visto a un hombre tan grande. El ruso, o soviético, o yugoslavo, tiene una cabeza enorme, el pelo rapado al uno y una barba espesa y enmarañada, en la que el color blanco ha ido ganando terreno al negro original de la juventud. Le calcula aproximadamente unos cincuenta años.

Al parecer, según los testigos que llamaron a la centralita de emergencias desde un teléfono público, el hombre cayó desplomado al suelo en la calle 141. Al principio pensaron que se trataba de un golpe de calor. Las altas temperaturas de las últimas semanas han disparado las insolaciones. Patrick y su compañero conocen el protocolo y saben que en las horas centrales del día las llamadas por desvanecimientos y deshidratación son tan comunes como las hipotermias entre los vagabundos cuando llega el invierno.

La primera exploración de rutina descartó el diagnóstico previo. El hombre todavía se encontraba consciente y refirió un intenso dolor en el pecho, quemazón en la garganta y pesadez en el brazo izquierdo. Patrick recuerda que el hombre hablaba con un fuerte acento y que, antes de perder el conocimiento, pronunció una palabra, sola una, en un idioma extraño, una palabra. Infarto agudo de miocardio.

I.

El hombre se detuvo frente a la librería de Abraham Yakunovikz, el conocido anticuario hebreo especialista en primeras ediciones de autores europeos del siglo XVIII. Su último libro, traducido al inglés por Fima Fiodorovich Radulov, un antiguo profesor de filología inglesa de Leningrado que exigía ser nombrado con su patronímico y su apellido, había tenido un éxito notable entre cierta intelectualidad estadounidense excitada ante las perspectivas que abría la caída del Muro. Hacía ya diez años que se había instalado en Estados Unidos, pero tuvo que esperar hasta 1989 para que los críticos locales empezaran a interesarse por su obra, prohibida en su país natal, y que hasta entonces solo había circulado con cierto éxito entre los emigrados.

Podría decirse que empezaba a levantar cabeza. Fima Fiodorovich Radulov solía bromear: tienes suerte de que los americanos no puedan leerte en ruso, y tienes suerte de que yo traduzca tus historias absurdas. Sus libros, según Fima Fiodorovich Radulov, eran banales, carecían de trama y, lo peor de todo, mostraban una preocupante ausencia de virtudes morales positivas. Fima Fiodorovich Radulov, el moralista, había atropellado a un niño en Leningrado y se había dado a la fuga. El niño sobrevivió, pero arrastró una cojera en la pierna derecha durante el resto de su vida.

Pero Fiodor Fiodorovich Radulov lleva razón, ninguno sus libros tiene una trama al uso. En uno de ellos contaba su experiencia como guardián en un campo de prisioneros. La tesis del libro era la siguiente: guardianes y presos estaban encerrados en una cárcel en la que aparentemente no había rejas ni paredes, pero de la que no se resultaba imposible escapar. Vigilados y vigilantes compartían verdugos. En cuanto a su estilo, se justificaba explicando las peculiaridades del arte narrativo oriental y esgrimía como coartada a William Faulkner, su compinche, el hombre del que había aprendido su oficio. Casi todas sus obras estaban ambientadas en la Unión Soviética de los años 60 y 70. Había vivido la mayor parte de su vida en Tallin y en Leningrado, y el paisaje humano de aquellas ciudades vertebraba sus novelas, escritas con un lenguaje sencillo, con cierta nostalgia y ese peculiar sentido del humor que poseen los borrachos descreídos que en el fondo son unos sentimentales.

Abraham Yakunovikz lo saludó con efusividad en cuanto lo vio entrar en su tienda. Abrió un mueble viejo y sacó una botella de vodka. ¿No es muy temprano? Con este calor o bebes o se te va la cabeza, lo dicen todos los médicos de la televisión. El librero sirvió dos vasos. Brindaron. Por la madre patria. Salud. Ayer recibí una llamada telefónica de mi hermano, vive en Leningrado y todavía no se cree que en América es posible comprar cerveza a la doce de la noche. Los capitalistas conocen el negocio, me dijo. Yakunovikz asintió complacido. Era natural de un pueblo de los Urales. No se veían muchos judíos por aquella zona. Primero emigró a Moscú y de allí tuvo que huir a Vladivostok por un asunto de faldas. Se marchó del país de manera clandestina, en un barco que cruzó el estrecho de Bering y lo dejó en la costa helada de Alaska. Dos semanas después consiguió un visado americano y un permiso de residencia.

– Les dije que era primo de Solzhenitsyn.

El hombre se interesa por una primera edición de Luz de agosto. Yakunovikz niega con la cabeza. Tengo un ejemplar de Tristram Shandy con notas manuscritas originales que te hará bailar una balalaika. Pero al hombre no le interesa Tristram Shandy. Estrecha la mano del comerciante y abandona la tienda.

De vuelta en la calle se arrepiente de haber dejado en casa a Glasha. Su hijo pequeño insistió en que semejante temperatura no era recomendable para una perra nacida en el Cáucaso. De todos los miembros de su familia Glasha era, con diferencia, la que más parecía interesarse por él. Después de doce años de convivencia el animal había conocido sus peores momentos. Cuando llegaba a casa completamente borracho y se echaba a dormir en el sofá, Glasha se hacía un ovillo a sus pies.

En la calle 141 se entretuvo mirando el escaparate de una juguetería. Quizá debería entrar y comprarle a Nicolai un coche en miniatura. El niño había nacido en los Estados Unidos. Pensó que un Chevrolet estaría bien. Quizás un Mustang. O un Ford. Todos los coches americanos tienen nombre de personaje de novela.

Tuvo que sentarse en el suelo al sentir de repente que le faltaba el aire. Respiró hondo, intentó ponerse de pie pero sintió una fuerte presión en el pecho. Se le nublaron los ojos. Quiso pedir ayuda, pero pensó en las molestias que eso ocasionaría a los demás y llegó a la conclusión de que no merecía la pena. Buscó un taxi con la mirada.

III. 

No hay duda, es el hombre más grande que ha visto en su vida. Fíjate en sus zapatos, debe calzar un cuarenta y cinco. Con esas manos (una de ellas cuelga inerte de la camilla, como una bandera en un día sin viento) un hombre puede ir por la vida con la cabeza bien alta, piensa Patrick, que interroga a su compañero con la mirada. El enfermero alto comprueba las constantes vitales del hombre que yace en la camilla.

– Imposible. Ni siquiera va a llegar vivo al hospital.

Patrick recuerda la desorientación del gigante, que intenta disculparse en cuanto los ve descender de la ambulancia. El hombre sigue sus indicaciones, responde a sus preguntas con docilidad y poco después pierde el conocimiento. Ni siquiera va a llegar vivo al hospital, repite Patrick para sí mismo. ¿A cuántos moribundos ha recogido ya? ¿A cuántos ha visto morir? A veces piensa que sería mejor buscar otro trabajo. A veces desearía haberse quedado en San Juan. Recuerda la primera vez que vio la nieve de Nueva York, a los diecisiete años, nada más aterrizar en la ciudad. Estado Libre Asociado de Puerto Rico. Un pasaporte válido, un título de enfermería. Le asignaron un horario y un compañero. El teléfono suena y ellos cumplen con su obligación. Por lo que respecta al conductor, un norteamericano de ascendencia alemana llamado Jenkins, nunca jamás le ha estrechado la mano.

Un hombre pasea por la calle. Un hombre muere. Sus enormes manos no le sirven para defenderse. Sus zapatos del cuarenta y cinco no le sirven para escapar.

V.

Dobla el pañuelo cuidadosamente y lo devuelve al bolsillo. Tarda unos segundos en advertir que la sirena se ha detenido de manera abrupta y la calle ha quedado en silencio; a lo lejos alcanza a ver como la ambulancia aminora la velocidad y desconecta las luces de emergencia. Diez minutos después entra en unos grandes almacenes y compra una camisa nueva.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Historias y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s