Madrid, mon amour

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Es primavera y a mí me gustaría estar en Madrid, debajo de ese cielo azul que no se parece a ningún otro cielo, una mañana de estos primeros de abril, de los primeros de mayo que vendrán, con el sol arriba y la vida enfrente, siempre la vida enfrente. No importa decirlo muchas veces, porque la insistencia no silencia la verdad: no hay ciudad como Madrid, ni hay cielo como ese cielo. Me gustaba, en aquellos días de primavera y sol de la infancia, salir al balcón para mirar desde la perspectiva de un sexto con ascensor la vida que bullía debajo. Y en aquellas mañanas interminables cogía el 83 hasta Mocloa, cruzaba Princesa hasta la Plaza de España y después subía por Gran Vía, qué ciudad, qué primaveras, y en Callao un giro de noventa grados, calle Preciados abajo hasta la Puerta del Sol, con su fuente, su ballena de cristal, sus extranjeros sonrientes y su reloj de diciembre. Después la Carrera de San Jerónimo, siempre en sombra, aquel hotel de cinco estrellas con portero de frac en la puerta y cristaleras que daban a un bar donde gente con cinco vidas en la cartera bebía cosas que a mí no me importaban, porque ellos tenían bebidas caras pero la ciudad solo me pertenecía a mí. El Congreso a mano izquierda y al final de la calle, de manera abrupta, la acera te vomitaba en el paseo del Prado. De allí a la Cuesta de Moyano solo había un paseo que duraba lo que dura un cigarro en un día de aire. Mañanas y mañanas, autobuses, viento sucio, cielo limpio, y todos esos puestos de libros viejos que te miraban con los ojos vidriosos. Encontré Hemingways con las páginas amarillas, una edición resumida de Moby Dick, un Ellroy, tres o cuatro Malapartes y tantos y tantos que no recuerdo pero que no he olvidado. Cruzando la calle se llega al barrio de las letras con su estrofa de Espronceda que recibe a los peatones como un arco del triunfo, con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela, por allí cerca estaban los bares adonde en los años noventa subían a cantar los flamencos y un poco más adelante la plaza de Santa Ana, con su Lorca que sostiene una paloma en la mano. Me gustaba Madrid en primavera. ¿Cómo no enamorarse de la ciudad donde uno tuvo veinte años? Melancólica como sus reyes visigodos de piedra blanca de la Plaza de Oriente, indiferente como los cláxones de los coches, majestuosa como una iglesia vacía y orgullosa como dos amantes que se suicidan juntos.

Y sin embargo también en esta vida es primavera. El paso del tiempo abre heridas en los recuerdos y al otro lado de la ventana, esta tarde, aquí en Zúrich, un árbol tan alto como el edificio donde aprendo alemán se ha llenado sin avisar de flores blancas que brillan con la luz del sol como una promesa de tiempos mejores. Eso también es agradable.

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