Dos amigos en Fluntern

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Hace tanto frío que fumo sin tener ganas, solo para ver si la brasa del cigarro me calienta un poco las manos. Aun así la gente mira al cielo y asegura que esto no es nada, que el año pasado fue peor, el año pasado a estas alturas, te dicen, ya estábamos cansados de nieve y de lluvia. Pero tú has tenido suerte: la nieve ni verla, y la lluvia tan de cuando en cuando que hasta se la echa de menos. Lo peor siempre viene en enero, febrero y marzo, te dicen. Y entonces caes en la cuenta de que tener imaginación puede convertirse en una condena.

Lo bueno del tiempo, no importa si bueno o si malo, es que siempre es un tema de conversación muy agradecido. No hay fronteras en esto. Y cuando le explicas a la gente que eres del sur de España enseguida te preguntan por tu estado de salud y te llevan a beber algo caliente. Hablamos en inglés, el mundo y yo, porque el alemán todavía me mira con la cara de mala hostia que uno imagina en un idioma en el que cinco mil ochocientos cuarenta y nueve se dice fünftausendachthundertneunundvierzig.

Después de dos meses dando clases he llegado a varias conclusiones. La primera es que a ese idioma le sobran letras y que tanta consonante junta no puede ser buena. Ni pronunciable. La segunda conclusión es que el alemán no es una lengua hecha para españoles. Estamos acostumbrados a leer igual que escribimos y nos indignamos rápidamente cuando nos enseñan que ei se pronuncia ai y que eu se pronuncia oi y así todo el rato. Te saca la mala sangre. Nos falta paciencia. Y es inevitable preguntar: ¿si se pronuncia ai por qué sabia razón escriben ei? El profesor te mira con cara de resignación y se encoge de hombros:

– La gramática no es como las matemáticas, no hay reglas exactas. Los alemanes decidieron hablar y escribir así, y nosotros tenemos que imitarlos porque en eso consiste aprender una lengua. Escuchas cómo hablan, analizas cómo escriben, y lo repites. Lo repites muchas veces.

Hablando de gramática, el otro día yendo en el tren conocí a un hombre que me contó que su abuelo había dado clases de inglés con James Joyce. Yo iba leyendo un libro en español, el hombre hizo un cálculo aproximado y me preguntó si llevaba mucho tiempo en Suiza. No llega a tres meses. ¿Y qué te parece el país, te gusta? Claro. Después de hablar un rato del tiempo, ¿frío?, esto no es nada, me preguntó por los sitios que había visitado. Así salió el cementerio de Fluntern, adonde yo había ido para ver la tumba de Joyce. Qué casualidad, dijo el hombre, mi abuelo está enterrado unas cuantas tumbas más allá, eran muy buenos amigos. Le pregunté como se conocieron y, por alguna razón que no entiendo, me disculpé por no haber visitado también la tumba de su abuelo. La historia era muy simple: Joyce vivió durante muchos años en Zúrich y durante un tiempo sobrevivió como profesor de inglés a domicilio.

– Mi abuelo quería aprender inglés, y Joyce necesitaba dinero.

Ahora imagínate a esos dos hombres. Uno es un padre de familia suizo, el otro un irlandés que está quedándose ciego y que va de destierro en destierro mientras se pelea con sus editores y pule un libro que terminará transformando la literatura del siglo XX. Sabemos que Joyce se llama Joyce, pongamos que el caballero suizo se apellida Schwarz. Joyce y Schwarz, ¿qué saben el uno del otro? Joyce va a cenar a casa de Schwarz, saluda a la esposa de Schwarz y a los hijos de Schwarz, sonríe a todo el mundo. Schwarz le pregunta regularmente a Joyce por ese libro que nunca acaba de escribir. ¿Cómo se llamaba, Jimmy? Ulises, responde Joyce. Me gusta; qué carajo, es un nombre bonito.

– De hecho – asegura el hombre del tren – mi abuelo llamó Ulises a uno de sus hijos en recuerdo de Joyce y su libro. Aunque por lo que sé no le interesaba mucho la literatura.

– Aun así debe de ser estupendo que Joyce te enseñe inglés.

– En realidad, daban las clases en una taberna y lo único que hacían era emborracharse como animales. Por eso se hicieron tan buenos amigos.

El tren entra en la estación y el hombre sonríe. En Suiza los trenes siempre llegan a su hora. Y hace tanto frío que en cuanto sales del vagón se te empañan las gafas. Dudo que vuelva a visitar Fluntern. Si lo hago, buscaré a Herr Schwarz por los alrededores de la tumba de Joyce.

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