But a train can’t bring me home

estacion-tren

Wetzikon, Dietikon, Bubikon, Pfäffikon, mundos pequeños y verdes a la espalda del lago de Zúrich, ciudades dormitorio con nombres tan evocadores como una operación de anginas. Una vez le pregunté a Dijana que significa el sufijo –ikon. Se encogió de hombros y respondió que nada. Pero de algo hay que hablar en los trenes. Un tren suizo te lleva a Wetzikon, a Dietikon, a Bubikon, a Pfäffikon, a Effretikon, a Rapperswil, a Jona, a Uster, a Rüti y a sitios que tienen nombres todavía más raros. Y creo que nada se parece tanto a Suiza como sus trenes, por lo menos a los ojos de un recién llegado.

La gente espera en los andenes, fuma, echa un ojo a los periódicos gratuitos. No hay colas para entrar, ni tornos, ni taquillas. Te subes y ya. Los trenes son de doble planta y están divididos en vagones de primera y segunda clase. Una mampara de metacrilato, transparente, exacta y que no atiende a razones, parte los vagones y quiera dios que el revisor no te encuentre viajando en primera con un billete de segunda.

Al revisor, por otra parte, te lo cruzas como mucho una vez a la semana. En unos ochenta viajes me han pedido el billete cuatro veces. Es decir, en uno de cada veinte trayectos. Si esto lo sé yo, que acabo de llegar, con más razón lo sabe un suizo. Y sin embargo, en cada una de esas cuatro ocasiones en las que el revisor apareció en el vagón pidiendo billetes todo el mundo, absolutamente todo el mundo, viajaba legal y con su papelito en la mano.

Ahora viene el razonamiento español: incluso en el peor de los casos, si te ponen una multa en el viaje número veinte, habrás viajado gratis diecinueve veces. Los trenes suizos no son baratos y la multa, en principio, es de 100 francos, según advierten en los tres idiomas oficiales las pegatinas colocadas en una de cada dos ventanillas, aunque puede ser que yo no me haya enterado muy bien. Aún así: ¿por qué pagan? Es más: ¿por qué pago yo? No tengo ni puta idea. Pero tengo la certeza de que si un día me subo a un tren sin billete el revisor se materializará en el vagón de manera instantánea. Como se ve, no es una certeza basada en las matemáticas, es una premonición puramente irracional. Pero a la compañía de trenes le basta con su imagen de germanidad implacable para conseguir que todo el mundo apoquine. Es mi teoría, de momento. También es posible que para los suizos se trate de una simple cuestión de ética ciudadana. Yo, personalmente, creo que no tengo mucho de eso.

El caso es que has pagado tu billete y ya estás en el tren. Pongamos que viajas de Winterthur a Zúrich. Todas las estaciones son iguales, rojizas y con indicadores azules, todas con el mismo reloj patentado -de venta para mitómanos en las propias estaciones- y todas con un paso subterráneo que hay que utilizar para cambiar de andén y/o salir a la calle. A veces, cruzando esos túneles empapelados siempre con los mismos anuncios, echo de menos el putiferio de mi vieja línea 7 del metro de Madrid, donde cada parada -Avenida de la Ilustración, Peñagrande, Antonio Machado, Valdezarza, Francos Rodríguez, Guzman el Bueno, Islas Filipinas, Canal, todavía puedo recitarlas de memoria…- estaba pintada de un color diferente y cuando uno andaba medio dormido por la mañana era capaz de situarse rápidamente con un simple parpadear agilipollado entre dos sueños.

(Naranja, Antonio Machado, todavía puedo dormir diez minutos).

La primera vez que vine de visita a Suiza volví a España hablando de trenes. A todo el que me preguntaba le respondía:

– ¡Te dicen que el tren llega a las 13.22 y llega a las 13.22! ¡No vayas un minuto antes que no está! ¡No llegues un minuto después que se ha ido!

Viaja atrás veinte, treinta, ochenta años, imagínate a un montón de funcionarios suizos razonando en una sala de juntas, silogizando. La gente coge el tren para ir a trabajar. El tren se retrasa. Luego la gente llega tarde al trabajo. Kaputt. Nein. Se echan cuentas, se investiga. El resultado es que en este país nadie puede echarle la culpa al tren si llega tarde a la oficina. Nein, Nein. Bueno para la productividad, los negocios marchan. La compañía suiza de trenes sonríe con cierto aire malévolo. Y para un español, acostumbrado a culpar de todo al Gobierno, resulta desolador y retorcido a partes iguales.

El trayecto de Winti a Zurich se puede hacer en quince minutos. Adentrarse en otros mundos, hacia Effretikon, Rüti o Rapperswill, exige más paciencia y cambiar de tren entre medias. Los transbordos están medidos con exactitud para que llegues siempre con tres minutos de diferencia: te bajas, cambias de andén y un minuto y medio después el nuevo tren aparece en el horizonte. A mí, que soy de letras, semejante nivel de cálculos me marea. Por otro lado y, aunque pueda parecer un sistema perfecto, tiene sus desventajas:

1) No te da tiempo a fumarte un cigarro, y
2) Se pierde el efecto antinflamatorio y benéfico de la incertidumbre.

Finalmente uno llega a Zúrich y se baja en Stadelhofen, la estación junto al río Limat y el teatro de la Ópera. Es un paseo agradable: a la que te descuidas te encuentras caminando por las calles empedradas y estrechas de la ciudad antigua. Por alguna razón, la zona está llena de librerías. Pero de esas librerías que hay en el extranjero, llenas de libros en idiomas que a uno no le alcanza a leer todavía. Ni que decir tiene que siempre aparecerá una dependienta amable preguntando si puede ayudarte.

– Spanish books, please?
– Upstairs, in the corner.

Que es el equivalente del al fondo a la derecha en los bares.

El extranjero te fuerza a leer a contracorriente. En cuatro palabras: no se puede escoger. En otras cuatro: hay lo que hay. Se lleva mucho el boom latinoamericano. Las dos baldas escasas de libros en español suelen estar bien surtidas de García Márquez y Vargas Llosa. El resto del stock está compuesto por bestsellers de consumo rápido. En una librería de segunda mano de Winterthur, en la que dos gatos enormes se pasean entre los pies de los curiosos con la indiferencia de quien posee el suelo que pisa, he econtrado una novela negra de Leonardo Padura. También tienen un Marsé, que espero que siga allí la próxima vez que me acerque. Y hay una antología de los poetas del 27, una edición de los poemas de Alberti sobre Roma y unas cuantas cosas más que supongo que acabaré leyendo durante las próximas semanas. Como en época de posguerra te alimentas con lo que encuentras. El paladar se endurece.

La buena noticia es que acabas descubriendo cosas interesantes. Hablemos de No pasó nada, de Antonio Skármeta, una novelita editada en la colección Reclam, unos libros del tamaño de la palma de la mano que se publican en versión original con estudio final y notas a pie de página en alemán y en los que uno puede encontrar la Divina Comedia, el Quijote, las tragedias de Shakespeare, las novelitas breves de Zweig o la Guerra de las Galias de Julio César, en italiano, español, inglés, alemán y latín. Muy aplaudible.

Skármeta, que se hizo famoso con una novela sobre un cartero que se hacía amigo de Pablo Neruda con la que hicieron una película que ganó el Oscar cuando yo era jovencito, me hizo mucho más llevaderos unos cuantos viajes en tren. No pasó nada va de la vida pequeña de una familia de exiliados chilenos en Alemania. La sinopsis se hace en una línea y sin necesidad de utilizar verbos: Allende muerto a tiros en el Palacio de la Moneda y toda la familia para la Deutchsland. La historia la cuenta el hijo mayor en un estilo que emparenta a Skar con el humor medio cruel y medio tierno del Bandini de Espera a la primavera. Al final, el chilenito (spoiler) acaba partiéndose la cara con un alemán que le busca las vueltas. Después de (spoiler otra vez) dejarse medio muertos en el barro una tarde de lluvia junto a las vías del tren (siempre trenes) se dan la mano, se van a cenar y se hacen amigos. La cosa termina así, con su metáfora amable de la inmigración. Funciona porque está contada con humor y con mucha contención para no meter demasiado los pies en el charco del lugar común, donde la cursilería te acaba empapando los calcetines. Tiene además ese vocabulario y esas palabras de la parte de allá del idioma, donde la lengua tiene sus propios dobleces y recovecos y donde nos gusta perdernos.

Dijana, mientras tanto, lee Lolita en alemán:

Lolita, Licht meines Lebens, Feuer meiner Lenden. Meine Sünde, meine Seele. Lo-li-ta: die Zungenspitze macht drei Sprünge den Gaumen hinab und tippt bei Drei gegen die Zähne. Lo. Li. Ta.

Son las palabras de un párrafo que nos aprendimos de memoria. Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Toda la confesión del salido Humbert y después la lengua emprendiendo un viaje de tres pasos desde el borde del paladar hasta el borde de los dientes para pronunciar un nombre que no se puede olvidar.

Entonces ocurre: un idioma extraño se refleja en un puñado de palabras que reconocemos y el mundo, de repente, ya no parece tan grande, tu casa no está tan lejos.

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4 respuestas a But a train can’t bring me home

  1. Sara Moreno dijo:

    Buena descripción del sistema de transporte público suizo, aunque el factor “puntualidad” ya no es lo que era. Esta misma mañana he desayunado con un retraso de 11 minutos (11!) de un S32 rumbo a Zürich HB que me ha sentado fatal al estómago. Nada que ver, eso sí, con las inclemencias de “la Naranja”, de la que también fui usuaria unos años como vecina de Valdezarza. Qué recuerdos…

    Por cierto, observo que ya llamas “Winti” a Winterthur. Al final esta ciudad se hace querer y en muy poco tiempo 🙂

    Un saludo!

    • Creo que de momento lo de la puntualidad en los trenes es lo que más me impresiona. Aunque haya algún retraso de cuando en cuando me sigue pareciendo una cosa mágica. Yo era de Avenida de la Ilustración, te puedes imaginar lo diferente que me resulta esto 🙂

      Winti me gusta más cada día. Espero que me siga gustando a medida que vaya conociéndola más. Todavía me queda mucho que pasear.

      Saludo!

  2. Felicidades, lo describes muy bien.

    He vivido dos años en Wintethur y trabajaba en Zürich, me bajaba en Stadelhofen, cerca del teatro de la Ópera. Conozco bien el recorrido del que hablas. Puedo ver en mi mente cada estación, recordar cada sensación, cada olor o las palabras que se entrecruzaban en mis oidos a diario.

    Tu artículo, ha hecho que recuerde muchas cosas, librerías, bares, calles y, por supuesto, la puntualidad que mencionas.

    Un saludo,
    Livia

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