Wake me up in my dreams

winterthur-casco-historico

Viajar está bien. Pero cuando de verdad empiezan las risas es cuando decides quedarte. Ahora vivo en una ciudad del norte de Suiza que se llama Winterthur. Vivir en un sitio con nombre de compañía de seguros tiene un algo, pero todavía no he conseguido descubir qué. Winterthur es la sexta ciudad más grande del país, a pesar de que apenas llega a los cien mil habitantes. Zúrich, la capital cantonal, está a un cuarto de hora en tren. Los winterthureños, al parecer, llevan mal la rivalidad con Zúrich, la ciudad más grande de Suiza, la capital financiera y, según las estadísticas, el lugar más caro de Europa. En Zúrich, a juzgar por lo que cuesta un café, hay mucho dinero. En Winterthur, a la que los lugareños llaman cariñosamente Winti, hay cierto resentimiento hacia los zuriqueses, que históricamente siempre han dejado en segundo plano a la ciudad: la industria y los bancos siempre escogieron Zúrich, donde, según los wintertureños, las casas se hacen con oro. Winterthur -me niego, de momento, a llamarla Winti- resulta en cambio más acogedora y tiene dos puntos a su favor: es más bonita y tiene fama de estar llena de locos.

Los winterthureños, gente según dicen de mentalidad abierta, no reniegan del tópico, pero prefieren utilizar el término excéntricos.

Un ejemplo:

Uno pasa junto a un bar, donde tres o cuatro ciudadanos perfectamente suizos beben cerveza y charlan de sus cosas suizas. Tres metros más allá, otro ciudadano, evidentemente winterthurés, está sentado en mitad de la acera. Lleva unos auriculares y se balancea al ritmo de la música que solo él escucha. Inclina la cabeza y el tórax de atrás hacia delante, como un rabino en la sinagoga, y de vez en cuando da un sorbo a una pequeña copa de vino vacía.

Otro ejemplo:

Uno espera a que el semáforo se ponga en verde. Un poco más allá, un ciudadano saca un paquete de tabaco, coge un cigarro, lo enciende, da una calada mientras se guarda de nuevo el paquete de tabaco en el bolsillo del abrigo, tira el cigarro, casi sin estrenar, como quien se quita de encima una mercancía defectuosa, vuelve a sacar la cajetilla, enciende otro cigarro, da una calada, lo tira, lo pisotea con desprecio. Evidentemente, se trata de algo personal entre el hombre y su tabaco. El semáforo sigue en rojo. El ciudadano, de unos setenta años de edad, y que se peina hacia atrás para intentar disimular sin mucho éxito una calva frailuna en la coronilla, repite la operación: otro cigarro a la boca, otra calada. Cuando el semáforo autoriza a los viandantes a cruzar la calle el ciudadano se arranca a caminar, orgulloso, no sin antes dirigir una mirada de odio a los dos cigarros que acaba de abandonar sobre la acera, algo que, por otra parte, no todo el mundo se atreve a hacer en Suiza, donde las papeleras son el animal doméstico más abundante.

Winterthur, en realidad, parece un lugar bastante agradable. A uno lo reciben a lo grande en la oficina del registro del Ayuntamiento, un lugar diseñado por alguien que leyó a conciencia El Proceso de Kafka para aplicar la doctrina del tito Franz sobre al ánimo de los inmigrantes ingenuos. En pocas palabras: se trata de un pasillo muy largo con nueve puertas, cada una numerada con una letra de la A a la I. Frente a las puerta hay unos bancos donde uno se sienta a esperar que llegue su turno. De vez en cuando una puerta se abre y desde el interior surge un ciudadano confuso que vuelve a cerrar la puerta con rapidez, impidiendo a los que esperan echar un ojo. Un timbre suena con puntualidad, las pantallas anuncian el siguiente número y un nuevo ciudadano se dirige hacia su destino: abre la puerta, murmura un Grüezi -el saludo universal suizo- y desaparece en la burocracia.

Mientras esperas, imaginas cosas. Te ves abriendo la puerta y entrando en una habitación minúscula, con un escritorio enorme de pared a pared y un hombre con cara de haber desayunado rapido y mal al otro lado de tu desgracia. La realidad es más agradable. Detrás de la puerta no hay un despacho, hay una oficina enorme. En realidad todas las puertas dan a la misma habitación, los nueve escritorios están separados por paneles de pladur y al fondo la gente trabaja en mesas individuales, va y viene, pregunta cosas, hace fotocopias y llama por teléfono. El lugar es amplio y luminoso. El hombre que te atiende es un joven muy amable que se llama Diego y habla español a la perfección. Te preguntas por qué el decorado, las puertas, los timbres, el acojone previo y todo lo demás. Son misterios de un país que, al parecer, y a diferencia de los climas mediterráneos, elige siempre lo práctico sobre lo estético.

Cuando un empleado del Estado suizo te saluda diciendo buenas tardes se te cae el mundo encima. Llegas allí preparado para no abrir la boca, confiando en que tu novia germanohablante se encargue de todo y traduzca. Mis roces con el idioma local son, de momento, muy esporádicos. En resumen: soy incapaz de pronunciar el nombre de mi calle sin atragantarme. El alemán y yo nos miramos con desconfianza, a la espera de que uno de los dos se decida a soltar la primera bofetada. En diez minutos tienes tus papeles listos. Ya eres oficialmente, y al menos durante seis meses, un habitante más de la ciudad. Bienvenido a Winterthur, dice Diego con una sonrisa. Pagas un dineral en tasas por el papeleo, pero la ventaja es que eso te convierte automáticamente en un cliente. Espíritu mercantil calvinista: el dinero es sagrado. Con dinero de por medio las formalidades se extreman, el trato es exquisito, no hay malas caras. El cliente siempre lleva la razón. Resulta incluso sádico, para un español, comprobar que las cosas se pueden hacer con tanta eficacia. Antes de dejarte ir te obsequian con un pack de bienvenida de parte del Departamento de Integración. Es una caja de cartón en la que puedes encontrar folletos, mapas variados, direcciones de interés y un lápiz. Entre los consejos que dan al recién llegado, cosas como:

– Si al saludar a alguien no mira a los ojos se entiende como una descortesía.
– El agua del grifo es potable en toda Suiza
– En Suiza el trabajo tiene una gran importancia.
– El distanciamiento de los suizos también se puede interpretar como algo positivo: no se molesta a los demás y se respeta su libertad.

También te dan un vale que puedes canjear en cualquier farmacia por un paquete de pastillas de potasio. En Suiza, al parecer, hay varias centrales nucleares, por lo que el Estado provee a los ciudadanos de la medicación necesaria en caso de accidente nuclear. Las pastillas son gratuitas. Es ese detalle, que el Gobierno suizo regale algo, lo que realmente asusta.

Te informan, además, de que en Suiza se separan los residuos. Esto es importante. Conflictivo, casi. Se trata, básicamente, de un problema de organización. En principio todo parece claro: cartón, vidrio y basura orgánica. Pero no busques contenedores en la calle. El sistema de recogida de residuos suizo es más complejo que el secreto bancario o el funcionamiento de la democracia directa. Parece ser que uno tiene que bajar sus cosas de haber vivido a la calle en un día específico de la semana. Mientras tanto se almacena todo en casa. O en el trastero. En cada edificio hay una planta dividida en pequeños cubículos, uno por cada piso, donde los inquilinos pueden dejar morir de pena sus cachivaches inútiles. No son lugares confortables. Están limpios, ordenados, pero al mismo tiempo hay algo que le hace a uno mirar hacia su espalda cada dos pasos. Imagino que en los trasteros suizos se cometen el noventa por ciento de los crímenes del país.

Hablábamos de gestión de residuos. Con la basura orgánica uno entra en el más allá de la organización helvética. Cada ciudad tiene su propia bolsa de basura estándar, no se pueden utilizar otras. En Winterthur las bolsas de basura llevan escrito el nombre de la ciudad y tienen unas dimensiones y capacidad particulares. Es tan absurdo que resulta tierno. El problema reside en conseguir las bolsas. Es más fácil comprar kilo y medio de heroína que un paquete de bolsas de basura winterthureñas. En los supermercados vuelan. Y los supermercados no abundan. En los barrios residenciales no hay tiendas, ni bares. No hay nada. Solo casas. ¿Es aburrido? Sí. ¿Es tranquilo? Mi calle a las ocho de la tarde de un martes parece el pasillo de un tanatorio. El diseño urbanístico no deja lugar al caos: todo está organizado según el principio de que la vida transcurre en casa y niño deja ya de joder con la pelota de los huevos.

Antes de ir al trabajo, algo que en Suiza sucede innecesariamente temprano, Dijana dice:

– ¿Puedes ir a comprar bolsas de basura?

Vas. Sobre todo por aquello de la adaptación de los primeros días. Piensas: no puede ser tan dificil, entrar y salir, pagar y pista. Visualizas el supermercado en tu mente, trazas una estrategia y antes de entrar te sientes John Dillinger en la puerta de un banco de California. Una vez dentro recorres pasillos, miras en las estanterías, te pierdes, vuelves a pasar tres veces por el mismo sitio y no encuentras las bolsas de mierda. ¿Cómo se dice necesito bolsas de basura de treinta y cinco litros en alemán? Yo tampoco lo sé.

Al final coges un bote de espuma de afeitar para que nadie piense que eres un terrorista estudiando el terreno de un atentado futuro y te pones a la cola con la esperanza de que si compras algo te dejen salir más o menos indemne. Entonces una empleada se fija en ti y te sugiere, con una amabilidad un poco brusca que, ya que solo llevas un artículo, pases por las cajas automáticas, que están vacías, en lugar de tirarte diez minutos haciendo cola como un gilipollas. Tú intentas explicarle por gestos que no, que te da igual, que no tienes prisa. Pero la chica insiste. Coge la espuma de afeitar, la pasa por el lector de códigos de barras, te pide el dinero, lo introduce en la máquina y antes de que puedas decir alguna tontería más en tres idiomas distintos te da la mercancía, el ticket y el cambio.

Hasta ahí todo correcto. Una sencilla transacción comercial por gestos. Entonces te das cuenta de que habías venido a por bolsas de basura, te entra el pánico y te oyes decir a ti mismo, solo por probar, en un alemán que tú sabes que suena muy raro y que no entiendes muy bien ni de dónde procede ni que necesidad había:

– Yo quiere basura sacos, por favor.

La chica, por si acaso, te dice que no hay.

Es en ese momento cuando descubres la realidad de la emigración: te has convertido en el tonto del pueblo.

Al día siguiente Dijana vuelve a casa con bolsas de basura para dos meses.

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5 respuestas a Wake me up in my dreams

  1. Sara Moreno dijo:

    Bienvenido a Winterthur!

    Espero que el aterrizaje haya sido tan suave como parece, bolsas de basura a parte.

    Winterthur es una ciudad ciertamente agradable. Ofrece una combinación perfecta entre ciudad “pequeña”, manejable, rodeada de naturaleza, bonita y cuidada… pero también joven, universitaria, urbanita, con numerosas opciones de ocio y una vida nocturna aceptable (mientras seas más de ir de bares que ir de discotecas).

    Yo ya llevo dos años viviendo por estos lares y, aunque en principio estaba entre mis planes mudarme a Zürich, ahora ni me planteo. Me gusta Winterthur y aquí me quedo.

    A modo aportación, te diré que de un tiempo a esta parte los züriqueses consideran Winterthur la “ciudad hipster”, reducto de modernos (si es que hoy en día ser hipster tiene algo de novedoso). Es cierto que también está llena de locos, pero en esto Zürich tampoco se queda atrás.

    En fin, sea usted bienvenido.

    Saludos,
    Sara

    • Gracias Sara!
      De momento, sólo llevo aquí una semana. Lo poco que conozco de la ciudad, me gusta mucho, y doy gracias al cielo porque todavía no ha empezado a nevar. En breve empezaré a dar clases de alemán para conseguir manejarme mejor con los suizos que, la verdad, son bastante majos.
      De vez en cuando contaré por aquí mis progresos. Y seguiré leyendo tu blog para asesorarme.

      Un saludo!

  2. zuriquesa dijo:

    Bienevenido!!!
    Me ha encantado tu descripción de los “locos”, pero aquí en Zúrich tenemos una legión. Cuando cojo el tranvía hay uno que entra y se pone a gritar que estamos todos condenados y vamos a morir en el día del juicio final, por no escuchar las palabras de Cristo!! pero a grito pelao!! me da un yuyu..
    y unos cuantos más…
    Como Zuriquesa de adopción amo Winti (sí, lo siento, la llamo así como mis amigos suizos me enseñaron). Es estupenda, tranquila, especial, con garitos de música independiente, con unas fiestazas en verano muy chulas (Albani, Afropfingsten y Musikfestwochen, como mínimo)…
    Espero ansiosa nuevas entradas!!
    Un saludo,

    Yoli

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