Keats

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¡Azul! (…)
¡Qué poderes extraños
tienes, como una mera sombra! ¡Pero qué grande
cuando estás en los ojos, repleto de destino!
(John Keats)

En la casa que hay a la derecha según se sube la escalinata de la Plaza de España, John Keats agonizaba tuberculoso un mes de febrero.

Qué triste y qué pena, morirse en invierno y en Roma.

1821.

Pequeño Keats, ahí tienes a tu John Severn, atento a cada espasmo, cada expresión de fiebre.

John S. dibujó a John K. muriendo en Roma.

Murió como un ángel, escribió John S. a los amigos de John K. Como un último soneto melancólico.

John S. dijo aquello porque a los veinte años la muerte es un accidente. En la tragedia los versos brotan como flores en mayo.

Pero imagino que en realidad fue triste, como ocurre con los desterrados, a los que siempre se llora con tres días de retraso, cuando llegan las cartas.

Para eso vino al mundo John S. Para que nosotros podamos llorar doscientos años después la muerte de Keats.

John K. está en Roma, en el cementerio protestante, junto a la pirámide blanquecina de un romano muerto, otro muerto, cuántos muertos en el mundo, mirando detrás de cada esquina. John K. saluda tranquilo, protegido del maelström

de coches y gente que bebe café y pierde el tiempo en banalidades porque en eso consiste vivir, en beber café y perder el tiempo en banalidades y ésa es la diferencia entre un lado de la puerta y el otro

por un muro de ladrillo rojo que separa dos mundos, entre árboles cansados y gatos gordos como señoras inglesas que contribuyen a la solemnidad de la escena.

Los cementerios son siempre lugares pacíficos.

John K. romántico, isleño, blancuzo, de cháchara con Byron y Shelley, que cuenta sus huesos unas tumbas más allá.

John K, tu lápida de niño enfadado: aquí yace uno cuyo nombre fue escrito sobre el agua. Uno que se fue diciendo; por favor, no me recordéis. Pero te recordamos. Y te vamos a ver, ya que estamos, aprovechando la estancia.

Junto a la tumba de Keats está la tumba de John Severn. John S. te cogió de la mano, memorizó cada gota de sudor, el pelo negro despeinado, para dibujar con carboncillo el laberinto de tu desgracia.

Años después de aquella noche romana también John S. murió, porque hasta el mar se muere, y el sol, las ciudades, y los gorriones que echan a volar como pequeños destellos eléctricos desde las flores hasta los cables que pintan rayas en el cielo, y se hizo enterrar a tu lado, compañero en la cama de tu muerte,

que tanto admiró.

También nosotros nos moriremos un día, pero hasta entonces, Dios nos guarde, seguiremos leyendo a John Keats, que con veintipocos años contempló una urna griega y escribió, deslumbrado: la belleza es verdad y la verdad es belleza, y esto es todo cuanto hay que saber en la tierra.

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Una respuesta a Keats

  1. Justo justito la inspiración que necesitaba para ir trabajando la hojilla del calendario que le voy a dedicar en octubre. Keats es mucho Keats. Una raya en el agua, como todo lo mejor. Gracias como siempre por la entrada!

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