Laberintos

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A Borges no se le puede negar la escritura limpia, el efectismo, la erudición cínica y dolorida de las notas a pie de página. Te lleva, el viejo, por las esquinas de Tlön, la obra de Pierre Menard y las múltiples aristas de la infamia silbando una musica mustia que se parece a los zaguanes a media luz de las pensiones de Kafka. Ciego en sus últimos años, feo y asexuado, calvo, pasto de biblioteca, que otros se jacten de las páginas que han escrito, aseguró, yo prefiero enorgullecerme de las que he leído. Algo así. Trazó laberintos dentro de laberintos que contenían laberintos. Ciego como James Joyce, muerto de hambre en Trieste y muerto a secas en Zurich. Ciego como Homero, en la isla de Samos, escupiendo la guerra en hexámetros. ¿Era Samos? ¿Dónde era, Homero, cantor de los estertores micénicos? Aquiles deja cien metros de ventaja a la tortuga, el héroe corre más deprisa y sin embargo nunca alcanzará a la tortuga, que siempre está un paso más allá, como el horizonte, como el futuro. El presente, para los héroes, es el tiempo de la derrota. Y el pasado, ya se sabe, es la estación más propicia a la muerte. ¿Tendré que morir yo, súbdito de Yaqub Almansur, igual que murieron las rosas y Aristóteles? Se preguntaba el viejo cuando todavía no era viejo en una cuarteta de El Hacedor.

Borges, Joyce, Homero, ciegos porque así pagan las palabras según qué atrevimientos. Mi Fante, en el hospital, devorado por la diabetes. Mi Kafka en el sanatorio, grapado a la muerte por la tuberculosis. Bukowski en los dos últimos años eran una fotocopia de sí mismo, pequeño, huesudo, encogido. Ahora ya solo puedo emborracharme un par de veces a la semana, se quejaba en sus diarios, donde apenas nombra a la leucemia que le dijo: ven viejo, pasa al despacho. Bukowski en Pulp, la última novela, buscando a Céline, acosado por Dante y Fante. Cuando el pájaro de fuego abre la boca y todo se vuelve naranja Nick Belane solo alcanza a preguntarse: ¿de verdad es así? ¿así termina?

No es necesario que las palabras digan nada. Les basta con existir. Todas las palabras han sido ya escritas en algún lugar. Joseph Roth se tambalea en un callejón de París. Mientras queden borrachos en París existirá Joseph Roth. Mientras los franceses sigan meando bajo los puentes del Sena, Baudelaire no morirá nunca. En las tabernas de París todavía se sienta el fantasma melancólico de Roth, igual que en las calles de Roma sigue encharcada la sangre de César. En algún lugar del planeta un hombre dobla una esquina y siente que una sombra con un puñal se abalanza sobre él. Cae sin pronunciar una palabra, reflejado en los ojos de su asesino. No sabe que es César pero acepta su muerte como un ritual necesario para que el símbolo se repita a través de los siglos.

No hace falta que las palabras digan nada. Solo que suenen. En un poema Bukowski escribió: no es agradable estar en la cruz, es mucho más agradable escuchar como alguien pronuncia tu nombre en la oscuridad. Cuando la luz se apaga nada puede hacerte daño. En algún momento todo fue mucho más fácil. Hubo un lugar. Pero el tiempo nos ha borrado el recuerdo. No sabemos volver. Necesitamos que alguien nos encuentre y nos lleve de regreso, a través de cien laberintos, así de pequeños y ciegos somos.

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Una respuesta a Laberintos

  1. Qué de nombres dignos en tan poco espacio… y qué bien esta oda a los ciegos y bebedores (dipsómanos me parece cursi) más queridos. Encantado de seguir leyéndote, un abrazo!

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