Y sí dije sí quiero Sí

IMG_20150522_145824Nadie volverá a escribir párrafos como Jimmy Joyce. Párrafos extensos como plazos de la Administración, como la gramática alemana, como una tarde de domingo sin ti. Párrafos sobre un riñón que se quema en la sartén, una paja por la mañana, una llave que se perdió para siempre. Jimmy, James, irlandés cegato y grisáceo, te encontré en Zúrich, en la esquina superior de un cementerio de nombre impronunciable sobre una suave colina soleada. Mirabas al infinito detrás de tus gafas redondas, apoyado en un bastón de bronce con aires de chuloputas viajado. Jimmy, viejo zorro, debajo de una lápida blanca tus doscientos seis huesos blancos.

– ¿Tienes un cigarro?
– Creo que no deberíamos fumar aquí.
– Puede que tengas razón.

Y nos sentamos en un banco y te hicimos compañía, Jimmy, durante el tiempo que dura un cigarro que no se fuma. ¿Qué fue de Leopold Bloom? ¿Y de Stephen Dedalus? ¿Cómo terminó la siemprebella Molly Bloom? ¿Estaban allí abajo contigo? Dublinés muerto en Suiza, ¿adónde te los llevaste? Cogimos el tranvía en Stadelhofen y bajamos en una rotonda que seguramente ya era aburrida cuando tú paseabas por allí, mañanas neutrales en mitad de la guerra, pensando en las galeradas del Finnegan’s Wake. Los tranvías de Zúrich, educados y silenciosos.

– ¿Y el cementerio?
– No tengo ni idea.

Tampoco teníamos mapa, Jimmy. Y el GPS del teléfono nos guiaba en direcciones que se contradecían. Míranos, cruzando entre calles extrañas, asombrados como extranjeros en una vida nueva. Otro tranvía. Una avenida. Y al final de la escapada una puerta de hierro que se abre sin una queja. ¿Y hacia dónde ahora? Recuerdo aquel párrafo del capítulo 20. ¿O era el 21? ¿Cuál, James? Ése que dice: Descansa. Ha viajado. ¿Con? Simbad el Marinero y Mimbad el Salinero y Timbad el Timbalero y Himbad el Harinero y Kimbad el Kamiero… Y así hasta que se te acabaron las letras, las profesiones, la suerte también. ¿Alguna vez dejaste de escribir aquel libro? Di la verdad. ¿Descansas?

Te imagino en Trieste -siempre pensé que te habías muerto allí, en el suave norte italiano que se roza con los Balcanes- releyendo una y otra vez todas esas páginas que se te llevaron por delante la juventud y los ojos, solo para dejarte solo y a las puertas de la oscuridad en el año 41. Te imagino dentro de tu ataúd zuriqués, lamentándote con amargura por cada palabra inexacta que consiguió burlar la vigilancia de tus ojos ciegos. Fíjate: en en la página 354 hay una frase que nunca fuiste capaz de cuadrar y que aparece de repente, blanca, limpia y perfecta en mitad de tu muerte, qué pena, ahora que tus huesos ya no puedan escribir nunca más.

Y mientras dejamos una flor recién arrancada sobre tu lápida triste, tú sigues discutiendo con tu calavera.

– ¿Nos vamos?
– Claro
– ¿Y tu mano?
– Aquí

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