Treinta años y tres bibliotecas

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Los ojos de ella, de un azul intenso, le recordaban el mar,
a él que nunca había visto el mar.
(Joseph Roth; El peso Falso)

Descubrí a Bukowski entre los libros de mi padre. Gracias a Bukowski descubrí a Fante, a Céline y a Dostoievski. En el verano de mil novecientos noventa y nueve me leí Los Hermanos Karamazov en pdf, en un ordenador que yo tenía por entonces, con disquetera y windows tres punto once. Los hallazgos, por cierto, nunca fueron lineales. Quiero decir que primero leí a Dos, luego a Céline y finalmente a Fante. A Céline me lo encontré en Madrid, en una librería que era más grande y más alta que la iglesia de mi pueblo que había sido, durante mucho tiempo, la cosa más grande y más alta que yo había visto en la vida.

A Fante lo encontré en la biblioteca de mi barrio de Madrid. Porque yo en Madrid tenía un barrio. En esa biblioteca descubrí, por este orden, a Boris Vian, a Kurt Vonnegut y a Curzio Malaparte. Con Fante me pegó tan fuerte que estuve cinco años creyéndome que yo era Arturo Bandini. Con Boris me reía a carcajadas, Kurt V. a veces me daba vértigo, Curzio me volvió un poco más serio.

Tengo treinta años y tres bibliotecas. En la de Jaén descubrí a Stefan Zweig. Stefan Zweig tenía un amigo que se llamaba Joseph Roth. Los dos eran austríacos. Poco antes de morir, Joseph Roth había escrito un cuento llamado La leyenda del Santo Bebedor. Con ese cuento hicieron una película. Un día vi la película. Por entonces yo no conocía a Roth, ni a Zweig, ni sabía que Roth y Zweig eran amigos y los dos se habían mandado cientos de cartas y los dos habían muerto con mucho dramatismo y poco antes de morir Roth había escrito un cuento de apenas treinta páginas llamado La leyenda del Santo Bebedor. Es una película muy buena. Trata de un vagabundo. Una maravilla. Un vagabundo en París. Liviana, más cómica que trágica, como la vida misma. Un vagabundo alcoholico. Un vagabundo alcohólico que se muere en París. Lo escribió Joseph Roth. Yo no lo sabía entonces. Joseph Roth. Qué tío. Colega de Zweig. ¿Conoces a Zweig? Se mató en Brasil, apátrida como era, porque los nazis estaban ganando la Guerra, se envenenó junto a su mujer, que se llamaba Lotte, como la pena del joven Werther, Zweig, Lotte, Goethe, qué lío, pero está bien, la vida se ríe, le gusta enredar, se mató porque no podía soportar el desmoronamiento de la civilización europea, las tardes de la juventud, todas las cosas hermosas. Puestos a elegir no es, ni mucho menos, el peor argumento para quitarse de en medio.

Y cuando entré por primera vez en la biblioteca de Santander, que no se llama biblioteca de Santander, se llama Biblioteca de Cantabria, tenía pocas esperanzas. Quiero decir, a los treinta años, ¿cuántos escritores le quedan a uno por encontrar? Es enternecedor, el ser humano, verdad, porque nunca se cansa de equivocarse. Uno echa cuentas: he leído a Joyce, a Faulkner, a Hemingway, toda la Generación Perdida, Pound, los del 27, los del 98, Rulfo, Shakespeare, qué sé yo, Borges, Bolaño, Cervantes, Dante, Guerra y Paz, Anna K, el Iván Ilich, Maiakó, Dovlatov, Turguenev, Lolita, luz de mi vida, suena tan raro cuando uno enumera, me tatué a Moby Dick en el brazo izquierdo, me sé un poco a Machado, a Miguel Hernández, a Bécquer, a Beckett, a Camus, Dickens, Balzac, Stendy, qué queda. Mucho. Claro. Todo. Siempre. Pero la cuestión no es esa. La cuestión es: ¿me habré gastado ya de leer? Puede que uno tenga una capacidad limitada y después de eso el corazón ya no late lo mismo, se queda seco.

Así que iba recorriendo los pasillos, mirando un poco por encima en el abecedario de las estanterías de esta ciudad que me tiene viviendo y respirando y caminando y haciendo todas las cosas que uno hace cuando vive, da igual el sitio. Cogí a Henry Miller, pero Henry aburre, hay que decirlo, la Guerra del Peloponeso me tuvo entretenido cerca de un mes, buenos chicos los griegos. ¿Qué más? Muchos otros que ahora no recuerdo. Porque a estas horas quién tiene tiempo para recordar, a tantos y tantos buenos muchachos.

Cristopher Marlowe, Carson McCullers, Jardiel Poncela.

Y un día, por error, porque uno nunca se cansa de equivocarse (¿pero de qué manera si no va a encontrar uno las cosas?) me sorprendí descubriendo que esa película que yo vi una vez hace años y que iba de un vagabundo que bebía y que se acababa muriendo porque Dios se le metía dentro estaba basada en un cuento de Joseph Roth. Fue así: buscaba libros de Zweig y en la contraportada de un libro de Zweig explicaban, amablemente, con esa amabilidad de vendedor de cuberterías que tienen siempre las contracosas de los libros, que Zweig era amigo de Roth, que había un volumen de cartas de Zweig y Roth próximamente a la venta, toda la pesca, y que este Roth había muerto en París, como Vallejo, seguramente un día que llovía, como Vallejo, casi por las mismas fechas, y que poco antes de la lluvia había escrito, en los últimos estertores, un cuento llamado La leyenda del Santo Bebedor.

Yo también me he perdido.

Pero busqué a Roth por las estanterías. Y vi la Leyenda. Y me la volví a leer. Aunque nunca la había leído la volví a leer porque era tal y como la imaginaba. No faltaba nada. Pura, pequeña, más cómica que trágica, como la vida misma, porque así son las cosas. Y yo leía y pensaba hostia hostia pero qué es esto. Hostia hostia. ¿Hay más Roth? Porque el corazón cuando no late se aburre y cuando después de mucho tiempo se arranca a pedalear ya no hay dique que lo contenga.

¿Hay más Roth? Claro. Mucho. Todo. Me llevé a casa un librito pequeño, casi todos eran pequeños en realidad, vago mi Roth, que se llama El Peso Falso. Está ahí, en la mesita de noche. Qué fácil está escrito todo. Qué poca cosa. Va de un hombre. Pero hazlo tú. Que se enamora. Una maravilla. Un hombre que nunca se había enamorado y de repente una noche va y se enamora. A lo mejor por primera vez en su vida. O eso o que se le cae todo encima. Y tú que pensabas que ya no ibas a econtrar nunca más a un escritor capaz de hacerte creer que acabas de aprender a leer, so ingenuo, so egoísta y so jubilado del corazón. Vaya con Joseph Roth. Qué cosa. Austríaco, amigo de Zweig. Se murió en París, igual que su vagabundo. Debe ser bonito morirse en París. Y ahora le doy vueltas a Roth. Sostengo en mis manos El Peso Falso. Va de un hombre. Que se enamora. O que se le cae todo encima.

Como si no fuera la misma cosa.

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