El contrapunto

11008108_1412391445739417_630421027_nYo algún día debería escribir unas memorias y titularlas: uno de Jaén que se fue a vivir a Cantabria. Podría empezar diciendo: Cantabria es bonita, pequeña, verde, tan blanda por fuera que se diría toda de algodón, que no tiene huesos. Esto era de otro sitio, pero tampoco importa. Cantabria está bien. Lo digo de verdad. Porque luego la gente me echa en cara que me paso el día quejándome por todo. Porque llueve, porque no sale el sol, porque se me rompen los paraguas, porque todo. Pero es que la literatura es conflicto. No se llega a Tólstoi escribiendo que había una chica que se llamaba Ana y vivía en Rusia y estaba casada con un señor aburrido y medio gilipollas y un día conoció a un muchacho guapo y buen mozo y se enamoraron y se fueron a vivir a Italia y fueron felices para siempre. Con eso no se va a ningún sitio. Hay que ir a lo turbio, a lo oscuro, a las estancias de adentro, donde sobre cada infelicidad cae una lluvia diferente. Hacen falta señoras rusas que se arrojan a las vías del tren, vísceras de paraguas en la calle Alta. El contrapunto, en resumen.

Hablando de lo mismo, en Cantabria el contrapunto de un sábado es Cabárceno. Que no es un zoo, te advierten, es un parque de la Naturaleza. Cuánta razón. Yo fui y lo primero que vi fue un gorila de espaldas. Como metáfora es poderosa. El animal masticaba una cuerda, indiferente. ¿Y los otros gorilas? No estaban. Eso pasa, te dices, porque los animales animalean y no están pendientes de quedar bien con las visitas. Lo que pasa es que tampoco había lobos -este asunto es delicado- ni tigres, ni leones, y a los canguros los habían trasladado por reformas en el recinto. O eso decía el cartel. Es un sitio gracioso.

Hay que moverse en coche, arriba y abajo, porque el parque es grande. Una antigua mina a cielo, abierto, me parece. Digo me parece porque esto no es una guía de viajes ni una crónica ni una cosa seria ni es nada. El paisaje es bonito. Y el monte lo han asfaltado con mucho tiento. Unas carreteras que ni medio bache. Un dinero bien invertido. Tanto que no quedó para los carteles. Y claro, en los cruces los ojos se resienten. ¡Por aquí! ¡No, por allí! ¡Decide rápido, o watusis o ñuses azules! Hay un cartel, por ejemplo, en el que pone hienas, pero tú buscas las hienas y no hay tampoco. Ni hienas ni jaula ni nada. Son una singularidad cósmica, las hienas de Cabárceno. Los fisicos de partículas están en ello. Eso está bien. ¿Quién va a un parque de la naturaleza a ver animales? Y que las hienas son feas. Se ríen que parecen señorías en el Congreso.

Así que la mecánica es ésta: tú decides ir a ver a los linces, te montas en el coche, te pierdes, das vueltas. Mientras, por la ventanilla, ves a un lado de la carretera algo que no estabas buscando, un bicho paciendo, ¿qué era? ¿un camello o un rebaño de cabras? ¿paramos? mejor a la vuelta. Como si la vuelta existiera, como si fueras a pasar dos veces por el mismo sitio a propósito, cuánta inocencia y que atrevida es la juventud. Y cuando ya estás harto de perderte aparcas donde ves coches y te bajas y miras a ver que no hay.

Los linces los encuentras después. Te pones a buscar otra cosa y das con ellos. Está bien pensado. Luego llegas y a lo mejor los confundes con una piedra. A mí me pasó. Pero porque están lejos. Y yo no veo bien. Señalas, lleno de emoción: ¡mira, un lince tumbado a la sombra! Son curiosos los animales. Su existencia es pura biología. Y uno no puede evitar pensar: ¿quién nos mandaría a nosotros bajar de los árboles? Te planteas un poco la civilización. Miras a tu alrededor y piensas: que pérdida de tiempo todo, y mañana es domingo. Pero luego se te pasa.

Animales había, no hagamos sangre. Vi jirafas, y avestruces, y tres guepardos que estaban muy lejos y que a lo mejor eran guepardos o eran cajas de cartón que sobraron de una mudanza. Y también vi osos, que estaban sentados al sol lo mismo que los viejos en los bancos de la plaza, y águilas, y buitres. Lo último que vi fue un elefante cagando. Que también funciona como metáfora. Y finalmente un niño de cinco años dijo la cosa más sensata que nadie dijo en todo el día:

– ¡Que alguien me lleve a un bar!

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