Réquiem por un paraguas valiente

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El tiempo en Santander no es malo, es hijo de puta. Escribo desde el rencor. El otro día yo salía del trabajo por la noche y llovía, mira que bien, como siempre, así que abrí mi paraguas, mi paraguas rojo y granate y de repente, al doblar la esquina un como la muerte, un aire que te llevaba. Yo sujeté mi paraguas, que se me iba, pobrecito, y se doblaba y crujía y se hacía pedazos entre mis manos, él, que nunca hizo daño a nadie y que solo vivía para entorpecer la lluvia, tu lluvia.

Dímelo tú, con tus galernas, tu viento y tu cielo gris siempre. Dímelo tú qué mal te había hecho. Si él solo paragüeaba, con su buen corazón, y era valiente y nunca se quejaba ni mostraba su miedo a pesar de que había visto a tantos hermanos suyos morir a tus pies. A veces íbamos caminando por la calle y unos pasos por delante te llevabas el paraguas de una señora, así, sin explicaciones, como un niño que sopla una tarta de cumpleaños: entonces yo notaba que él crujía, que te maldecía amargamente y que temblaba mientras yo, para intentar tranquilizarlo, lo plegaba un momento para cerrarle los ojos.

Era un buen paraguas. Era un paraguas como no habrá dos en el mundo, por mucho que haya millones y que los fabriquen en serie. Jamás alzaba la voz ni se ponía enfermo. Tenía los huesos delicados, pero aun así, cada mañana se venía conmigo a la calle sin una queja. Y cuantas veces me lo dejé olvidado en los bares. Y cuando volvía a por él, nunca un reproche, ni una mala palabra. Cada día se enfrentaba a la posibilidad de una muerte terrible y violenta, pero aceptaba con resignación su destino. Era estoico como un romano, digno como una catedral recién terminada. Era amable con los demás y cuando la acera se estrechaba siempre procuraba avisarme, niño pon atención, para que no le sacara los ojos a los peatones ingenuos. No se mareaba en los coches, y cuando llegábamos a casa se quedaba en un rincón haciendo lo que sea que hacen los paraguas cuando saben que nadie los mira. Había días, cuando tú hijoputeabas tanto y él volvía tan empapado que el suelo a nuestro paso se llenaba de charcos, en los que yo lo dejaba fuera, en la puerta, junto al felpudo de la entrada  -ahora me arrepiento, claro, y me duele haberlo hecho – y no me acordaba de él hasta la mañana siguiente pero, repito, nunca tuvo un gesto airado, ni una pregunta de más ni un pero a ti qué te pasa niñato. Era un profesional.

A ti, en cambio, su existencia te incomodaba. Y hace dos noches decidiste librarte de él. Era muy tarde. No había ni un alma la calle. Sabías que era el momento perfecto: la hora de los cobardes. Llegaste a traición. Luchó contigo y se retorció y se dobló y resistió hasta que sus entrañas de aluminio se hicieron pedazos con un crujido que era una despedida y su tela esa que no sé cómo se llama pero tienen los paraguas porque si no no serían paraguas, se desabrochó de sus huesos pequeños y se quedó colgando en el vacío como el ala de un pájaro muerto.

¿Me dolió? Me dolió. Me quedé a solas en la calle con mi paraguas roto. Te insulté, te grité. Ea, te dije -ea es una expresión de Andalucía, que es un sitio donde a ti no te dejan entrar, ea es una cosa que no significa nada y que significa todo, en vez de decir sí decimos ea, en vez de decir pon otra decimos ea y en vez de decir me cago en los muertos del niño asqueroso que me ha pasado con las dos ruedas de la bici por lo alto de los pies, en vez de decir todo eso, cogemos aire, respiramos hondo y decimos ea… ea los muertos del niño, y aquí termino la digresión- ea, te dije, ya te lo has llevado todo, ya estoy mojándome entero, dime, ¿qué más quieres de mí?. Pero tú, tú ni no respondías. ¿Para qué? Te marchaste, satisfecho, a jugar con otras muertes y a provocar más desastres.

Me llevé a casa mi paraguas muerto. Porque toda la ciudad es estos días un cementerio de paraguas destrozados, cadáveres de lona abandonados en las papeleras, en los contenedores, en la puta acera, así sin más, pequeños corazones metálicos que ya no laten, ya no sirven y su desamparo vuelve la ciudad una cosa mucho más triste, que pena.

***

Ahora tengo un paraguas nuevo. Es más moderno, más práctico, uno de esos que se abre apretando un botón, que se pliega y apenas ocupa espacio. Es negro, discreto, elegante. Pero qué sé yo, no es lo mismo, es solo un paraguas.

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