Hasta ahí todo normal

10413761_656975151022449_30208727_nNo tener nada que hacer es la alegría, la paz, lo mejor. Sin vergüenza ninguna lo digo. Cuando le explico a alguien mi ciencia suele responder: ¿y no te aburres? No, no me aburro. Porque a mí el Señor me bendijo con mucho cuento, un cerebro juerguista y un sentido de la existencia muy poco práctico.

Esta mañana, sin ir más lejos, era jueves. Lo sigue siendo todavía. A la mañana del jueves llevaba yo teniéndole miedo desde hace una semana, cuando empecé a librar. Hoy tenía que volver a trabajar después de siete días haciendo lo que más me gusta hacer en la vida: cosas sin importancia. Como vivir.

Una aclaración. Yo soy vago, pero no ejerzo. Y tengo tres frases y doce palabras que decir acerca del trabajo:

Está la vida.

Y está el trabajo.

Son espacios que se excluyen.

Eso es todo. Es la única cosa con sentido que vais a leer por aquí. Ahora dejemos la filosofía. Estábamos en que esta mañana era jueves y se me acababan los días libres. Me he levantado con náuseas, taquicardias, vértigos, angustia, existencialismo, nihilismo y melancolía. Lo normal. Además llovía. En realidad siempre está lloviendo, pero ése es otro tema. Después de comer, mi paraguas y yo nos hemos ido al periódico. A trabajar. Todo normal todavía. Escena urbana: un muchacho que camina arrastrando los pies con lágrimas en los ojos, desesperanza en el corazón, dramatismo en las manos heladas. La gente piensa: pobre, seguro que está pasando por algún tipo de experiencia horrible. La gente lleva razón.

Os hago una elipsis: después de cruzar media ciudad mi paraguas rojogranate y yo hemos llegado al periódico. Y hemos entrado. Él primero, porque es más valiente. Y entonces ha pasado una cosa extraña. Digo hola. Me miran. Miran al calendario. Vuelven a mirarme. Otra vez al calendario. Como si hubiera aparecido con un día de retraso. O con un día de adelanto. Y después, la pregunta:

– ¿Pero tú no estás librando?

Y me he vuelto a casa, claro.

Tengo que decir que yo ayer sospechaba algo, que en una esquina de mi cerebro un trocito de lóbulo parietal desamparado levantaba la mano y murmuraba: ¿seguro que vuelves el jueves, miraste bien, no era el viernes? El problema es que cuando mi cerebro duda de mi cerebro resuelve la situación quitándose la razón a sí mismo.

Yo aquí no vengo a mentir: ahora tengo sentimientos contradictorios. No sé si soy feliz o medio gilipollas o las dos cosas. Eso sí, en el periódico ya nadie podrá decir nunca que los andaluces somos vagos. Dirán: ¡los andaluces vienen a trabajar hasta cuando no les toca!

En serio: ¿cómo voy a aburrirme?

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