Los mejores antros de nuestra vida

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Nadie debería vivir para ver desaparecer los bares a los que iba de chavalito. Su puta madre. Vuestra puta madre. No nos hagáis esto. Josdeputa. No nos echéis más años encima de los que ya tenemos. Yo en Madrid iba a un garito que se llamaba El Garito. Digo. No es por hacer el juego de palabras. Pero es que se llamaba así. Era un antro. Era peor que un antro. Era el cielo. No había sillas. Te sentabas en barriles de cerveza vacíos. Y lo más gracioso de todo era que no había cerveza de barril. No. No podías ir y pedirte una caña. Te miraban como diciendo: ¿y el gilipollas este? No podías ir y pedirte un cubata. Te lo ponían, si se daba el caso. Pero con cara de querer escupirte. Todos queríamos escupirte, por pedir un cubata en nuestro antro. En nuestro antro había ratas, yo por lo menos vi una, una vez, y la música se escuchaba en cintas de casette, y uno solo iba allí a pedir calimocho y chupitos.

Son un mundo aparte, los chupitos. Claro que sí. Te costaba un euro el balazo. Era tan fácil. Llegar con diez euros y volver a tu casa con los ojos en los zapatos. Pero es que es tan fácil la vida a los veinte años. ¿Qué hay que temer? ¿Qué hay que esperar? Solo que amanezca. Y si el sol te pilla dormido, mala suerte. Si te pilla despierto, entonces genial, ponte otra, y a seguir con la música.

Porque nadie debería vivir lo suficiente para tener que enterrar a sus bares. Esos sitios, oscuros en general, porque nos gusta lo negro, vampirillos que somos, siempre ocultándonos de la luz, donde besamos y vomitamos y nos reímos tanto. Nos caímos por las escaleras, bajando a mear, nos abrazamos, con esos abrazos que uno se da cuando va borracho, que parecen cínicos y en realidad son una pared que se hace pedazos.

Decíamos: pon otra. Y la barra estaba llena de pipas. Las más saladas del mundo. Las más peores. Para que siguieras bebiendo. Y viviendo. Eso era marketing que te iba de cara. No había engaño. Uno se sentía como en casa, en aquellas paredes grafiteadas de años, precios populares, gente sin pretensiones, era todo más puro.

Un día volvimos y nuestro antro estaba cerrado. Regresamos. Y cerrado otra vez. Volvimos a volver. Cada vez con menos esperanzas. Como una rutina vieja. Como el que juega a la lotería. Íbamos, solo por ver si tocaba. Pero seguía cerrado. Siempre siguió cerrado. Nuestro bar. Antro de sueños. Todo recuerdos. Ah, la memoria, tan puta ella.

Y una noche volvimos y estaba abierto. Entramos. ¿Y qué era? La mierda santísima era. Nuevo, brillante. Limpio. Sin ratas. Con cerveza de barril. Luces de colores. Una carta de gin tonics. Y ya no había pipas. Ni chupitos. Ni camareras que te invitaban a chupitos. Solo vejez. Muerte. Decrepitud maquillada de modernidad. La mierda. La mierda santísima.

¿Y qué queda de aquella época? ¿Qué queda? Nosotros. Nosotros, coño. Nosotros quedamos.

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2 respuestas a Los mejores antros de nuestra vida

  1. Y que sigamos quedando, es nuestro interior deseo… 🙂 Un abrazo!

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