Como si no doliera

Leonard-Cohen_ARAIMA20110402_0076_1Hay una canción de Leonard que dice, así como si no doliera:

Intenté dejarte, no lo niego.
He cerrado ese libro nuestro por lo menos cien veces,
pero me despertaría cada mañana a tu lado.

Los años se marchan y vas perdiendo tu orgullo.
El bebé está llorando, esta noche no sales.
Todo tu trabajo está ante tus ojos.

Me imagino que tienes que tener ochenta años para escribir una cosa así. Si no, no te sale. Es porque la edad te va licuando. Te das cuenta de que esconder lo que quieres decir detrás de metáforas y de misterio es una soplapollez. ¿Qué quieres, niño? ¿Decirlo? Pues dilo. Así, en martini seco. Esa es la ventaja de vivir, la alegría que les queda a los viejos.

Al principio mi Leonardo era más barroco. Te enmarañaba con referencias bíblicas, con objetos poéticos bien rebuscados. Luego se le fue pasando. Como a Bukowski. Como a Fante. Estos muchachos, a medida que se fueron hacieron viejos lo hicieron todo más sencillo. Se limitaban a saber cual era palabra exacta, y a colocarla sin esfuerzo aparente, como quien llena un vaso de agua del grifo. Pero ellos sabían, nosotros sabemos, que nunca ha sido tan fácil.

Y hostia puta, está esta canción. Leonard la utiliza para cerrar los conciertos. Hay que descubrirse. Ante la sabiduría. Va el viejo cachondo y cabrón y la corta en el medio, seccionándole el estrambote igual que la muerte del toro desgarra la femoral del torero. Te la deja coja y tonta y lerda y tan así que da pena, pobre canción: el poema se queda agilipollado, como diciendo. Le arranca la estrofa final, para meter entre medias un puñado de minutos instrumentales y aprovechar para presentar a la banda.

Y allá va mi Leo. Con las presentaciones. Aquí el de la guitarra eléctrica. Y este toca el saxofon. Esta chica que canta se llama Sharon Robertson -te desliza cada uno de los nombres, con su voz de muerto que se sacude la tierra y pide un vermú- y mira que saltos pega con la garganta. Y ahora viene el de la bandurria -santa hostia, mi Leonard lleva una bandurria en la banda- y el del bajo, el pianista. Las chicas del coro, que gimen escalando de octava en octava. Ahora la batería.

Así te va haciendo polvo. Con esa letra, con ese poema.

No se puede escribir una cosa así con veinte años. Hay que vivir un poco. Descubrir. Que te peguen en el pecho unas pocas de balas. Morir. Volver a la vida. Hacerse uno mierda, estallar de alegría, primero, y de pena después, como un insecto que se espachurra en el parabrisas. Leo sostiene el ritmo, mece la cuna, te aguanta la mirada. Se lo reserva para el final. La coda. El arrancacorazones. Esas últimas líneas. Los últimos versos.

Solo después de que cada músico haya soltado su baile se atreve a cantar cómo acaba, antes de quitarse el sombrero, saludar y marcharse. Hay que ser Leonard Cohen para cantarlo y que parezca verdad, claro. Si eso lo canta cualquier otro suena como un zapatazo en la boca. Pero a él nos lo creemos. Yo me lo creo. Sabemos que hubo una mujer, que existió. Y que se hizo de carne para que Leonard pudiera morirse de amor y cantarle:

Buenas noches, cariño, espero que estés satisfecha,
la cama es estrecha, pero mis brazos están abiertos de par en par.
Y aquí hay un hombre, que todavía trabaja por tu sonrisa.

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