Mein lieber Herz

muro_del_guetto_de_varsoviarMi pequeño corazón come nervios. Patalea su tambor haciendo pedalear a la sangre. Y cuando estoy tranquilo, se detiene y me mira, sistolea de más. Se pregunta: ¿qué pasa, muchacho? Mi pequeño corazón no se fía, y monta una fiesta en mis venas, un temporal volumétrico en mis arterias. Yo intento razonar con él.

Porque ocurre que lo acostumbré, muy mal hecho, a las revoluciones de invierno. Y ahora no se resigna a mirar la calle por la ventana. Se alza, sudoroso: invéntate algo, soplapollas, búscate un problema, niñato coñazo, ¿a qué estás esperando? Mi corazón malhablado me insta a salir a la calle cuando quiere pelea. Exige dolor. Quiere pena. Y amenaza con llevarme a los tribunales, con una taquicardia supraventricular, cuando me pide fuego y le sugiero que debería fumar menos.

Antes respiraba mejor. Lo conseguía dormir con los libros. Pero ya no sé hacerlo. Leo a Malaparte, Kaputt. Lo leo en el autobús, en el sofá por la mañanas, en la cama de noche. Mi corazón se apacigua con Curzio, un rato. Empiezo un capitulo. Es la Segunda Guerra Mundial en Polonia. Kurt cena en un palacio con los jerifaltes nazis. Kurt bromea, hace como que bromea, tirándoles mierda a la cara. Todos ellos se comportan como cobardes. Es un juego. Mueren hombres fuera. Destripados, desnutridos, desamparados. En los palacios la Guerra es un tema más de conversación.

Kurtzino les cuenta historias. Yo estaba en Jassy la noche del progrom. Murieron siete mil. Yo estaba en aquel pueblucho de Rumanía cuando sacaron a dos mil judíos del tren, asfixiados, azules. Mi corazón me mira. En serio, me dice. Deja que me escape. Sácame de esta cosa. Llévame a la Guerra.

¿Qué sabrás tú?, le digo. Escucha. ¿Ves cómo Curzio construye el capítulo? Primero te habla de los alemanes. Te los despieza, en sus cenas de gala, discutiendo en mayúsculas, de la Cultura, del Reich, de la religión polaca, de Cristo y de Pablo. Mira a esos alemanes, gobernadores, chicos de la Gestapo y la Wehrmatcht. Educados, limpios. Tocan en el piano, manos blancas, manos tan limpias, tocan en el piano una sonata de Chopin, de Chopin, que Dios le perdone, y después salen a disparar a los niños que intentan cruzar de noche el muro del ghetto. ¿Lo entiendes?

Y a veces voy por la calle, pensando en Varsovia en el año 42. ¿Cómo es? ¿Y hay risas? ¿Y corazones como el mío, que se inquietan cuando todo está en calma? La lluvia me persigue. Viene, se va, se detiene, arranca de nuevo, y para, otra vez, como un sueño recurrente. Y si el paraguas fuera un fusil, ¿lo acariciaría, igual que dicen que acarician los soldados a sus fusiles, recordando las piernas de una mujer que ya solo existe en las cartas, antes de pegarle a un desconocido un tiro en la boca?

¿Qué significa?, pregunta mi corazón, bostezando.

Yo le digo que nada. Y lo dejo que duerma.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Desastres, Literatura y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s