Historia de un gato

Charles-Bukowski-y-su-gato7Bukowski tenía un gato. En verdad tenía muchos gatos. Pero tenía uno. Que era distinto. Alguien le había cortado el rabo, le habían disparado, un coche que salía marcha atrás le había pasado por encima. Era un gato bizco, todo pellejo y huesos

y este hombre que fue poeta

y escribió unos cuantas novelas

y nunca se permitió querer demasiado a la gente

encontró al gato bizco y sin rabo y con perdigones en el pulmón una mañana en la puerta de su casa en San Pedro, su casa de rico que había conseguido a fuerza de hacer bailar las palabras, tac tac tac, como rosas de mármol sobre el papel

y este hombre que fue alcohólico

y trabajó como mozo de almacén, cartero regular, albañil, peón en las vías del tren

y cruzó Estados Unidos en un autobús de la Greyhound desde Los Ángeles a San Louis

se llevó al gato dentro de casa, le dio un baño y lo llevó al veterinario. Que no fue excesivamente optimista. Después de las radiografías y los análisis sentenció que al animal ya se le había ido el invierno. Entiéndeme: alguien había firmado los papeles. Sin vuelta de hoja. Ni siquiera podía caminar. Se arrastraba sobre sus patas delanteras, incapaz de hacer nada con las otras dos. Así que este hombre

que fue pobre y pendenciero

y peleó en los peores bares de Bunker Hill con hombres que comían tres veces al día

y quiso a unas cuantas mujeres

instaló al gato bizco y sin rabo en su mansión de escritor de culto en Europa y le mojó el hocico con agua y le dio de comer de su mano. Poco a poco. Con el paso de los días. El gato. Consiguió incorporarse. Y el día más caluroso de un verano especialmente caluroso, avanzó. Igual que un borracho. Consiguió dar un paso. Y después otro. Y con sus pulmones rotos, sus costillas deshechas, su corazón intacto y sus piernas traseras tronzadas consiguió llegar hasta la comida.

Los chicos del suplemento literario iban a ver a Bukowski. Le preguntaban: ¿reconoce usted influencias de Céline? ¿y de Henry Miller? Entonces este hombre

que adoraba la música clásica

y apostaba a los caballos

y en su lápida escribió DON’T TRY

buscaba a su gato bizco y sin rabo. Lo cogía en brazos. Y se lo mostraba a los chicos del suplemento literario, diciendo: olvidaos de Céline, olvidaos de Henry Miller. Es esto. Mirad. Es esto. Los chicos de las revistas se miraban entre ellos. No comprendían. ¿Por qué nos enseña ese bicho, el viejo de los cojones? Bukowski miraba a su gato. El gato miraba a su Bukowski. Ninguno había conseguido buenas cartas. Pero se las habían arreglado sin suerte. Posaban para las fotos. Mientras Bukowski murmuraba: olvidaos de Céline, olvidaos de Henry Miller. Es esto. Y levantaba al gato, que había sido capaz de escribir el mejor poema de todos. Es esto, solo esto, esto importa.

Y yo en realidad iba a escribir de otra cosa. De mi teléfono móvil. Que se ha caído al suelo mil cuatrocientas veces en un año y medio. Y todavía funciona. Pero me he hecho un lío.

El significado debe de estar por algún sitio.

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2 respuestas a Historia de un gato

  1. A. I. M. dijo:

    Vaya… y llegaste a escribir la historia de tu móvil?

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