Las fiestas de Boris

Boris Vian0Yo he sido muy feliz con Boris Vian. De verdad que sí, hay que decirlo. Porque por lo general me lo esconden, los cultos. Por lo que sea. No queda bien citar a Boris. Es que era francés. Y escribía así como si le diera un poco igual. Iba a sus cosas. En lugar de sacrosantear la escritura. Cosa que por otra parte hizo una y otra vez de la única manera posible: escribiendo. Hacía comedias ligeras. Con un reverso de tragedia. Desenlaces muy tristes que nacen de un miedo fijo: que el tiempo se termina, certeza, y uno se acaba también. Pero es mucho más interesante levantar una ceja, darle una calada al cigarro y citar a Bolaño, por ejemplo, que es muy profundo, tanto como una lata de atún, o más. Pero yo me leí Los Detectives Salvajes, las setecientas páginas, o las que fueran, y no vi ahí dentro ninguna cosa viva. Y pienso, porque soy así, medio gilipollas, que si un tío no es capaz de decir absolutamente nada en un libro que pesa tanto como un niño recién nacido, yo entonces me busco otra música que me soñolice un rato el alma, el calor que me queda, me coja las penas y me las saque a bailar, entre sonrisas y puertas que cuando se cierran crujen y suenan como los besos.

Podría llevarme de cañas a Vian, que parecía un buen muchacho, tranquilo. En las fotos se sentaba muy serio delante de la máquina de escribir, tenía la mirada de los que son raros, un corazón que bromeaba con las cosas serias y después sangraba. Le diría: tómate otra, Boris. Me enseñó cosas. Por ejemplo. Cómo montar una fiesta sorpresa de manera racional y científica. Con sus bebidas, sus follódromos estratégicamente situados, sus contenedores en la puerta donde arrojar los cadáveres de los burgueses coñazos, sus discos de swing y de jazz. Le diría: cuéntame otra vez lo de Colin y Chloé, háblame del desierto de Exopotomia.

Me enseñó la mejor manera de quitarle la novia a un tío en un botellón. A un tío comemierdas, se entiende. Hace falta cerveza, un bosque, un coche, pena y mierda, porque yo coche no tengo, pero aun así, Boris, aplausos, yo me he reído mucho contigo, he soñado con las chicas que sacabas en tus historias, me han estremecido los nenúfares que crecen en los pulmones, me he hecho amigo de ratones que hablan, curas borrachos, chavalas que enseñan las tetas, tu melancolía toda, con su pátina de alegría, tu hierba roja, tu chamulle violento y tu cruz.

Mi Vian creció débil, hecho un desastre, por una cosa chunga de niño, el corazón se le quedó medio así, siempre al borde de los fuegos artificiales. El tiempo se le escapaba. Lo sabía. Lo tenía claro. Que no iba a durar. Se me hizo mierda a base de sístoles, de impulsos eléctricos. Su cacharro de darle pedaladas a la sangre resistió treinta y nueve años. Se le paró en un cine, adonde había entrado de incógnito a ver la adaptación de Escupiré sobre vuestra tumba, su novela negra de sexo y violencia. Supongo que fue a calibrar los destrozos. Imagino que había muchos. Y se le apagó la música. Así terminó. Adiós, Boris. Que bien que vivieras. De verdad.

Fue currante. Escribió muchos libros, canciones también, trompetista de jazz, burócrata de oficina, vivalavirgen, de todo un poco. En ese París de después de la guerra que solo quería salir a bailar, olvidarlo todo, beber, besar el existencialismo y las piernas de las muchachas bonitas.

Me enseñó, más que nadie, a querer solo las cosas vivas y a desconfiar de la gente seria que baja el volumen de la música y besa con los ojos abiertos y folla en voz baja. Me enseñó que a los comemierdas hay que subirlos a un coche, llevarlos a un bar que esté lejos, invitarlos a un par de cervezas, conducir hasta el bosque y, cuando necesiten mear, decirles muy amablemente, anda, bonito, será que no hay campo, no sufras. Entonces, cuando se bajen y se alejen un poco, arrancas de golpe, los dejas allí, con la minga en la mano, te vuelves a la fiesta y les quitas la novia.

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