Ni siquiera la lluvia

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A mí la poesía, en general, me aburre. No me digáis que no es un sufrimiento leer esas cosas que te empiezan describiendo una atmósfera, un almendro al que se le caen las hojas, que verdea, muy bonito, en medio del campo, pero vaya, y los ojos de mi amada son como el sol cuando aparece por detrás de los montes. Vete a tu casa. En serio. No te queremos. Somos cínicos. Ya nos da bastante asco la vida.

Hay que saber, acerca de la poesía, una única cosa: que toda se ha escrito con un solo objetivo. Follar. Tampoco es tan grave. En el amor y en la guerra vale todo, y hace ya mucho tiempo que algunos muchachos descubrieron que juntando palabras se podían tocar de refilón corazones, mojar entrepiernas.

Así que no tiene mucho sentido que uno se ponga estupendo.

Hay una poca poesía buena, pero no tanta como necesitaríamos. Está Dante, está Shak, está Jorge Marique, está Becquer, que era de verdad, el pobre mío, y solo pedía no morirse nunca. ¿Quién más? Hay unos cuantos. La poesía es belleza, inteligencia y emoción. Sin esas tres cosas, no sirve.

No es fácil.

Pero yo a los poetas de hoy, que viejo parezco, los veo tan así. Son poetas en el bar, poetas en el trabajo, poetas cuando follan, poetas cuando cruzan la calle, son poetas todo el rato menos cuando escriben. Entonces ponen cuatro líneas un poco ingeniosas, medio juego de palabras y piensan, helo ahí, publicadme. Venid a mi cama.

Y no. No hay sangre, ni fuego, ni ceniza, ni humo, ni vómitos, ni pena, ni un poquito de corazón dorándose en la sartén, ni lágrimas, ni amor, nada que haya salido de un cuerpo humano con dolor, nada que parezca vivo. Y esto ha pasado siempre, no soy el viejo que mira a los albañiles. Pero por eso, precisamente, la mayor parte de la poesía aburre.

Se hace poesía para poetas, igual que se hace periodismo para periodistas y cocina para cocineros. Todo el mundo se lame el rabo y se va a casa tranquilo. Complacencia, en una palabra.

Lo bueno de todo esto es que cuando encuentras algo bueno de verdad, te deslumbra. Es fácil distinguirlo. En medio de la muerte, la vida aúlla. No se la puede callar. Gruñe, y se levanta, y escupe a su alrededor con rabia. Puedes cerrar los ojos, escuchar y saber dónde está el oro. Cuando eso sucede, el corazón se desplaza un poquito de su eje, da un salto, se acomoda, parece más grande, más fuerte.

No llueve.

No hace frío.

No hay sol como ese.

Me gustan los muchachos que fueron literariamente ambiciosos. Venero La Divina Comedia, Moby Dick, El Viaje al Fin de la Noche. Esas cosas que se desbordan. Todo ese exceso. Estaban locos. Locos de verdad. Tenían una idea. Planes. Querían meterlo todo dentro de su canción. No les servía con un aplauso. No eran escritores, eran gente que escribía. No servían para nada más. Aunque fuera de la página en blanco se ganaran la vida como médicos, diplomáticos, carteros, chanchulleros. No querían impresionarte. Les sudaba la polla eso. Lo que querían era partirte la cara, destrozarte. Quemarte vivo. Fracasaron. Claro que sí. Siempre se fracasa. Porque al final el sol se muere, y no hay más. Y no va a quedar nadie para encender los focos del patio de butacas cuando se termine el teatro. Pero estos chicos furiosos atizaron la lumbre.

Cuando pienso en estas cosas me acuerdo de una escena de Factótum: Bukowksi se planta en la oficina de un baranda para reclamar un cheque, ese poquito de vida que entregó, el precio, quiere que se lo paguen. Todo eso. Y mientras espera sus quince dólares el baranda le ofrece un puro y le pregunta:

– ¿Y usted qué hace?
– Soy escritor
– ¿Y qué escribe? ¿Una novela?
– Sí
-¿Y de qué trata?

Hank responde:

– De todo
– ¿De todo?
– De todo

El baranda le da una calada al puro. Reflexiona un momento. Y dice: mi mujer tiene cáncer. ¿El cáncer de mi mujer también aparece en su novela?

Bukowski lo mira muy serio y contesta:

– Sí

Y el baranda entiende que el hombre al otro lado del escritorio no está bromeando.

Y al final Bukowski se marcha con su dinero. Porque así debe ser. Porque en un poema está todo. La agonía, la lluvia, los almendros cuando florecen, el cáncer, la lluvia, Jesús y el diablo, el alero del templo, la cruz, el martillo, las arañas, la luz. Hay un poema de Maiakovski que se llama La nube en pantalones. Son como quinientos versos. No sé cuántos. Muchos. Y cuando lo leí por primera vez, pensé: ¿por qué este ruso muerto quiere darme una paliza? ¿Por qué no me deja que me detenga a coger aire? ¿Por qué en comparación con esto lo demás parece tan poca cosa? Porque aquello latía, el papel te daba voces. Ni siquiera hacía falta entender las referencias, los versos cruzados, igual que no hace falta entender la Divina Comedia. Son las palabras. Las palabras solo. Se bastan por sí mismas. Para llenarte de imágenes y de espejos. Eso es todo, al final: verte en el alma muerta de un muerto.

Hay un poema de e.e. cummings que termina: nadie, ni siquiera la lluvia, tiene las manos tan pequeñas. No sé lo que significa. De verdad que no. Imagino que e.e. quería zumbarse a alguien que en aquellos momentos no le prestaba demasiada atención. Pero si a mí cualquiera me pregunta que es la poesía, yo le digo que es eso.

Así de fácil. O no.

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Una respuesta a Ni siquiera la lluvia

  1. Daniel dijo:

    Pues no.
    Poesía es todo eso que hace falta ser dicho para que los que no se enteran empiecen a enterarse de una puta vez.
    Becquer es de lo más ripioso del mundo mundial.
    Bukoswki sí.

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