Beatriz, pequeño punki, entiéndelo…

Dante_santa_croce_florenceAsí que ya terminé la Vida Nueva. Y bien. Muy bien. Apareció un día, como una luz, dentro de casa. Tiene toda la música, todas las palabras italianas mordisqueadas de Dante. Solo un muchacho de veintiocho años haciendo vanguardia. En el siglo XIII. Florentino un poco asustado. Bienqueda. Entiéndeme: no es autobiografía. Es Durante, que se lleva a Beatriz de la mano, franqueando la puerta de la eternidad.

¿Y se enamoró de ella? Claro que sí. ¿Mucho? Esto se enamoró: Y escaparse parece de sus labios / un delicado espíritu amoroso / que al alma va diciéndole: suspira.

¿Y era para tanto? Yo no sé. Nada del corazón de un florentino que se murió hace ocho siglos. Quizás anda ahora, por el Purgatorio, limpiándose la soberbia, la lujuria, el orgullo, charlando con su amigo Guido, esperando subir la cuesta del Paraíso, de camino al caliz de la rosa donde vive Beatriz. La Vida Nueva es un diario de adolescente enamorado, una rabieta, una disección del deseo, solo que a la misma vez que se llora se derrite la poesía y se funde una cosa nueva, que todavía perdura.

Va de Dante que de chico un día se encuentra a la Bea. Y entonces: he aquí un Dios más fuerte que yo, que viene para dominarme. Pedante mi muchacho, por eso lo queremos tanto. Y no parece hija de mortal, sino de Dios, te dice D. en pleno delirio de alabanza. Y ahí ya se esboza el meollo del asunto: la divinización, la teología.

Después, los desplantes, las penas. Bice se casa. Dante se ausenta en otras, escribiendo de reojo sonetos que llevan otros nombres, pero siempre la pulsión de B. Y Dante te explica cada soneto, como un comentario de texto. Precisa, divide: mirad, dice, este tiene tres partes, que van desde aquí hasta aquí; mirad, dice, contad las ideas, partid las palabras; mirad, dice, aquí hablo de esto, aquí hablo de aquello; mirad, dice, como un mago, explicándote el truco, seguro del valor del material; mirad, dice, rascad y veréis que es oro, que no hay engaño, comprobad la pureza…

Y un día un amigo me llevó a una casa en la que las mujeres charlaban. ¿Para qué? No lo sé. Éramos poetas, nos creíamos más listos que nadie. Y entramos. Y allí estaban. Con las tunicas, los colores, llevábamos nuestra charla preparada, unas frases brillantes, de esas con las que se consigue una puerta entreabierta en la madrugada, cuando todos duermen, ¿me entendéis? Y allí estaba, mi pequeña innombrable. Y yo me quedé paralizado. Y me decía, me cago en la puta, Dante, di algo, me cago en todo, espabila. Pero ni esto. No hubo manera. Como un gilipollas me vi, con mi laurel y mis sonetitos. Y aquel otro, sacudiéndome: pero, chico, ¿qué te pasa? Nada. Traspasado. Como partido por un rayo. Y ella me miraba. Y yo era incapaz de moverme. Temblaba. Sudaba. Me estaba muriendo. Literalmente, os lo juro. Los pies en el sitio del que ya no se vuelve, las manos a punto de llamar al timbre, el corazón listo para entrar. Y me hubiera muerto, vaya que me hubiera muerto, solo con que ella se hubiera acercado, mirándome con esos dos ojos suyos, solo con que hubiera preguntado ¿se encuentra usted bien? Pero no hizo eso. Que va. Empezaron a reírse, unas y otras. Se burlaban de mí. Todas ellas. ¿Creéis que me importaban una mierda sus risas? El puñal fue que ella también se reía. Se burlaba. Mi Bea. Mi vida. Miradla. Y decían, entre ellas: ¿qué le pasa a este tonto del culo? Yo temblaba. No podía morir. Volví a casa. Y lloré. No me avergüenzo. Lloré, lloré, lloré. Hasta que la habitación se llenó de lágrimas. Hasta que el deseo se ahogó para siempre. Y pensé: no sabe nada, se burla porque no sabe nada. Entonces tomé una determinación. Nunca más. Silencio.

Esto le pasó a Dante. Así fue. Te lo cuenta. Y ahora imagínate a ese hombre, al que le acaban de tirar toda su poesía a la cara, roto y como una mierda, traspasado de penas. ¿Qué harías tú? Dante hizo esto: deshumanizó a Beatriz, la convirtió en una idea, en un sentimiento puro, y se arrodilló frente a esa idea, rezó, y le consagró su vida, igual que un monje.

Y ya no volvió a escribir de sus ojos, ni de sus labios, ni de cómo esperaba, escondido y gilipollas, para verla pasar con la esperanza de que ella le dirigiera una mirada, medio saludo. Nada de eso. Eso podían hacerlo los otros, poetastros, juglares, para bajarle las bragas a sus chavalas de poca cosa. Dante desplazó el objeto poético: de lo físico a lo espiritual. Ahí lo dejó. Se volvió contemplativo. Se hizo profeta, evangelista, salmista, único seguidor y sacerdote de una religión nueva: Beatriz.

La elevó. Y desde entonces la miró desde abajo. Dante el Devoto. El amor ya no estaba en la vida real, donde no quedaba esperanza. Lo llevó a la poesía. Construyó un mundo para los dos. Y allí levantó un altar. Y adoró. Convirtió lo que no podía tener en metáfora. Hizo esto para ella. Investigó. Hasta conseguir decir cosas que nadie había dicho nunca de una mujer.

Dejé atrás el amor cortés y toda esa mierda. Las pasé putas, chicos. Pensaba, para mí: esta desgraciada va y se me ríe, a la puta cara, los gusanos se la coman, cien mil Satanes la atormenten, ¿por qué amar, sin ninguna esperanza? En dos palabras: me jodió. Así que primero pasé y luego me arrepentí y después recé y finalmente me convertí. Y esto que veis aquí, cincelado en versos, no es ya una mujer. Es todas las mujeres y también todo el amor que me pude arrancar de las tripas cuando aquella tarde me vació por dentro. Pero os digo. Muchachos. Que faltaba todavía ascender un poquito más.

Y fue porque un día de junio de 1290 fue y se murió. Nuestra Bea, que es de todos. Y no esperéis un discurso funebre, ni lágrimas desatadas. Porque para Dante no está muerta. Solo se ha mudado de sitio. Vive más allá, donde Dios y las almas. ¿Cómo puede morir una idea pura? A esas alturas, la relación había trascendido. El partido no se jugaba en la tierra.
Beatriz ya no era una mujer. Era una magia. Y Dante no cantaba su belleza. Cantaba sus poderes. Beatriz cura a los enfermos con su presencia, calienta los corazones, absuelve los pecados, redime al mundo, va llenando la calle de luz, el cielo de estrellas nuevas, quienes se la encuentran esquivan el miedo, conocen la dicha. Beatriz ya no tiene cuerpo, ni labios ni ojos: Beatriz es un sábado por la mañana, un atardecer junto al mar, el rostro de Dios sonriendo desde el trono el amanecer del Juicio Final.

Se. Murió.

Y entonces Dante, cuentámelo, hiciste una cosa sacrílega.

Sí. Me limpié las lágrimas (porque digas lo que digas lloré) y escribí:

no nos la arrebataron los calores,
ni los hielos como hace con las otras,
más solo fue su gran benignidad;
porque de su humildad pasó los cielos
el resplandor con tanto poderío,
que al eterno Señor asombrar hizo,
tal que un dulce deseo
lo alcanzó de llamar perfección tanta;
y la hizo venir así de acá,
porque veía que esta odiosa vida
de tan preciada cosa no era digna.

¿Y qué fue eso, Durante?

Teología, chico. Tú no lo entiendes.

La subiste al Paraíso, Alighieri, por tu cuenta y riesgo. Una asunción. Como una madonna. Como una madre de Dios.

Me construí mi propia fe, gilipollas. Hice un Dios, a imagen y semejanza de lo que se veía en el espejo de mi alma. Beatriz, pequeño punki, entiéndelo, para adorarla escribí la Divina Comedia. Ese fue mi regalo. Para eso estuve en el mundo. Para hacer inmortal a una chica florentina a la que una vez, con nueve años, me encontré de frente en la calle.

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2 respuestas a Beatriz, pequeño punki, entiéndelo…

  1. Genial. Inmenso. Sólo una persona que ama la literatura, o la respiración -o respira la literatura que ama- puede escribir esto. Qué bueno. Gracias.

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