Técnica, táctica, Chéjov

chejov3Arriba el telón. ¿Qué es eso? El jardín de una casa de campo, y al fondo un lago, flores de colores, y en el lago una promesa, que nunca llega, como el verano en la estepa, y en primer plano, estorbando la vista de todo, un pequeño escenario de madera, listo para una representación en la dacha. Hablamos de teatro. Que es como decir todo. Y desde que Shak encontró la metáfora, la vida es escena y aquí todos improvisamos.

Hablamos de Chéjov. Mi muchacho ruso, médico y dramaturgo y cuentista y con un sentido del humor capaz de revelar los abismos de adentro con ligereza. Un susurro basta. Hay más aliento épico en una frase a medias que en todo Wagner. Pensaba Anton. Que escribió La Gaviota y en el estreno tuvo que encerrarse en los camerinos, desde el segundo acto, para no escuchar los silbidos. ¿Qué teníais, buen pueblo ruso, para chulearle así a mi escritor perillita?

El problema de Chéjov, pienso yo, es que es tan brillante que embruja, emboba, te deja la cabeza gilipollas, un poco. Y diréis, ¿dónde está el problema? Que tanta finura técnica en la forma a veces deja en sombra el trasfondo de la obra. Yo me entiendo. Mira si no: en el primer acto de La Gaviota, que dura veinte páginas y un ratito, están metidos todos los personajes que van a intervenir en la obra, todos con su conflicto y su personalidad y su pena, captados como en mármol a partir de un detalle, una frase, una palabra de menos. ¿Tú sabes lo difícil que es eso? Ay, la virgen. A mí me recuerda un poco a Dovlatov, el padredicto Anton: escritores que solo necesitan una línea de diálogo para dibujarte con todos los trazos criaturas de luz y de sombra.

Técnica. Y táctica. Y Chéjov. El primer acto de La Gaviota es como el Panteón de Roma: no hay nada igual. Hay otras cosas, mejores, peores, otros estilos, más luminosos, más lo que sea, lo que tú quieras, cuestión de gustos, cada uno con su gilipollez y su rumba, pero esas veinte páginas creo yo que son una cosa que se puede admirar una y otra vez,preguntando, ¿cómo lo hiciste, Chéjov de mi alma? Estudias la cosa: escribir de esa manera, haciéndolo fácil. Te dejas llevar, por la inteligencia absoluta con la que está hecho todo, cada entrada y salida en su sitio, cada conversación tan medida. Y como uno no puede estar a todo, resulta fácil en una primera lectura mirar solo de refilón la magnitud de la tragedia que subyace al fondo, en el alma de esa gente, debajo de todo ese arte.

Es necesario entender las dos cosas, la inteligencia de la técnica y la profundidad moral de los personajes y de la crítica para entender bien a mi muchacho Anton, que murió a los cuarenta y pocos, de una tuberculosis de médico. Y su cadáver fue trasladado de vuelta a casa, desde el balneario donde la diñó, en el vagón congelador de un tren que trasladaba ostras. ¿Cómo no vamos a querer a Chéjov? Gorki se enfadó un poco por aquello. ¿Era digno, hacerle eso a un hombre? Pero Gorki era  serio, como todos los hombres con bigotón, que se vuelven serios a base de mirarse al espejo y verse esa avenida tan chunga que les cruza por encima la boca. Yo creo que a Anton no le hubiera importado. Se habría reído. Seguro. No me parece un tipo que se tomara a mal esas cosas. Un fatalista puede hacer bromas con todo, al final.

Y al fondo un lago. Eso era. Iba de La Gaviota, esto. La táctica. Chéjov no tiene prisa. Es el escritor que sabe que lleva la mano buena. Una madre, un hijo, teatro dentro del teatro, escritores, actrices. El revolucionario y el que solo quiere pescar. Y la gaviota muerta que Trepliov abatió aquella tarde, muerta a tus pies, Nina, ¿recuerdas? Pequeña chica de campo que marchó a la ciudad para convertirse en actriz, persiguiendo sueños, sin talento para la vida, rota y disecada, metáfora de todo y al final, ese ruido seco como un disparo, fuera de escena, donde transcurre la vida, ¿qué fue? Solo un frasco de éter, tranquiliza el doctor, solo un frasco de éter que ha explotado, a veces explotan. Y después un aparte, en las candilejas, una frase a medias. Aplausos, Chéjov, de verdad que sí, aplausos.

La vida, el destino, los sueños, las expectativas, el maestro pobre, el administrador, la chica que desprecia al Amor con el odio frío de quien mira al enemigo que acaba de perdonarle la vida, el futuro, las promesas, la capital, el barro, el escritor consagrado, la muerte en un balenario alemán, la tuberculosis, los críticos, los besos, un trueno, una cerradura a través de la que se puede ver el mar, la ruina, el deseo, la ceniza.

Una gaviota muerta, eso es todo.

Ay, Anton de mi vida, de viaje en el vagón de las ostras, cuanto teatro se te quedó dentro que ya no tendremos.

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