Más grande otra vez

Yo me senté en un taburete y pedí una cerveza. Y en la tele Djokovic tenía buena cara debajo de la gorra, y Nadal no tenía tan buena cara debajo del cielo de París. Y la gente en las mesas hablaba de su cosas, existiendo solo a ratos cuando yo miraba a través del ventanuco de la pared imaginaria que me aislaba del resto de las cosas. Nadal había perdido el primer set, acababa de empezar el segundo, los chicos levantaban tierra roja con cada carrera y todo parecía indicar que este año sí, Nole iba a agarrar el Grand Slam. El parido marchaba sobre un guión placido, pero entonces entonces Nadal quebró el servicio de Novak. Y a mí ya no me quedaba cerveza. Y de reojo empecé a ver que la gente se levantaba de las mesas y que el bar se vaciaba como la habitación de un hospital cuando el médico entra de repente y hace un gesto con la cabeza. Novak quebró de vuelta y yo supe – pensando no no no no, dejadme veinte minutos más, lo justo para que termine el set, y miré al camarero y le dije que me pusiera otra pero hizo así con la cabeza y dijo que cerraba – que no me iba a dar tiempo a ver terminar el set decisivo. Llevo aquí desde la una y me quedan otras siete horas, díjome inflexible aquel semejante mío. Y Nadal sufría de verdad para mantener su servicio, así que preferí no verlo, porque perder el segundo set equivalía a perder el partido, el Roland Garros, después de ocho títulos, una sola derrota, en cuartos, contra Soderling, un sueco que después se escurrió por dónde coño quiera que se escurran los suecos con cara de abeto lapón que le pegan plano y aparecen de ningún sitio. Pagué y los dejé allí solos, a Rafa y a Nole, discutiendo el set a raquetazos.

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No tenía batería en el móvil para enterarme en el twitter de quién se llevaba el arañazo y quién arañaba, y antes de darle dos caladas al cigarro ya me había arrepentido de dejar a los chicos tirados, así que busqué otro bar, dando vueltas y pensando aguantad un poco, muchachos, pidiendo al hado clemencia, un poco de lluvia en París, diez minutos, lo justo para encontrar otra tele. Tuve este poquito de suerte, porque los juegos fueron lo bastante largos y cuando volví a sentarme y pedí otra cerveza, otro taburete y otra tele nueva, todo seguía parecido, como si me hubieran esperado, qué detalle bonito: Nadal amarraba el 6-5 y Djokovic tenía algo que se parecía ligeramente a una cara de susto. Y los dos jugaban lo suficientemente bien, solo que Nadal parecía escondido en una trinchera, leyendo una carta de casa fumando mientras aguarda el momento preciso para salir en tromba y a raquetazos. Y eso pasó: Nadal cargó, como los chicos de la Anábasis, corriendo y cantando, y a Nole la cabecita le hizo crac, y se le fue el servicio el juego y el set y la vida.

Cuando empezó el tercer set, Djokovic ya tenía cara de haberse muerto. Cara un poco de Boris Becker. Cara de uno al que sin ser Jesucristo también le cargan una cruz y le dicen ve subiendo que arriba hay sitio: un rostro que implora agonizar en la intimidad. Y los ojos de ese serbio que juega al tenis montado en un Fórmula 1 decían quitadme de en medio y llevadme lejos de aquí, a algún lugar soleado donde las voces se callen. Pero eso no ocurre, claro. Así que Nadal se fue a 3-0 mientras Novak boqueaba y hacía visajes con los ojos, como si quisiera despertar de un sueño. Un viejo canoso y una colombiana con más años que suerte se sentaron en la barra y él pidió una cerveza y ella un whisky con cocacola y un chorro de whisky de más por encima de la cocacola porque así se hacía en los viejos tiempos y nadie dijo nada a pesar de que la señora gritaba demasiado y el viejo apenas despegaba los ojos del suelo y el televisor estaba en mute y mientras Nadal y Djokovic se buscaban las líneas y las esquinas yo escuchaba una historia de dos ex maridos y tres hijos que estaban allá y por qué no me dejas veinte euros para cargar el móvil, lo justo para llamar, sabes, preguntar cómo están, el bar se fue llenando de drama bufo y nadie quería escuchar pero todos escuchábamos, mientras Djokovic recuperaba el resuello lo justo para azuzar demonios de incertidumbre contra el saque de Nadal, que las pasaba putas pero resistía, escondiendo bolas de break y destrozando los nervios del otro como un funcionario de Kafka que rellena instancias. ¿Y sabes, Franz? Me habría gustado verte ahí. ¿También tú tenías ese tipo de conversaciones con tu Milena, editora bonita de Praga? ¿También a ti te sableaban, Kafka, precioso mío?

Yo cogía un palillo, lo rompía en dos y lo sostenía entre los dedos mientras Novak botaba una y otra vez la puta pelotita antes de sacar, agarrado al primer servicio, estertorando con el segundo. El set fue cogiendo color y peligro, yo me pedí otra cerveza y el viejo de pronto decía que no que no que si acaso cinco y contaba también su poco de pena de sus hijos mayores y su piso detrás de las estaciones y el camarero escuchaba de reojo y sonreía cuando creía que nadie miraba, cómplice y tal, a una mujer sentada en la esquina, que le daba la espalda a la tele indiferente al partido, que se había puesto 5-3, indiferente a la cara de Novak, que era un muerto de Juan Rulfo aporreando una puerta en Comala. ¿Seguro que no, papi? Y el viejito sonreía y se excusaba. No sabes lo que te pierdes, dijo ella, y venga palabras llenando el silencio hasta que se levantaron y salieron los dos por la puerta como supervivientes de una explosión, un poco aturdidos y ajenos al telón que desciende, al mundo que se desmorona. Nadal apretaba el puño celebrando que el tercer set le estallaba a Djokovic en la cara: Nole se sentó en la silla, se retorció, contuvo un par de arcadas, abrió mucho los ojos, tuvo una pequeña conmoción mental y seguramente pensó en un chavalito de doce años que una mañana cogió un avión en Belgrado.

Otra cerveza. Otro palillo. Y rómpelo en dos, guárdalo entre las falanges. Y todo el principio del cuarto set fue una conversación del camarero y los otros sobre el viejo y su chorba: unos disculpaban al viejo y otros a la señora y todos se acababan dando la razón y sintiéndose moralmente superiores, porque eso es lo que hace la gente cuando un par de desgraciados con mala suerte se comportan como si todo les importara ya dieciocho pollas, que era lo que me importaba a mí cualquier tipo de cosa que no fuera que Nole parecía más espabilado, o Nadal menos ágil, y que, en resumen, todo en París había adquirido un matiz tenebroso. Djokovic resistía como un náufrago agarrado al servicio y Nadal punzaba fantasmas y nervios serbios como un afinador de pianos, torturando de oído.

Y estaba este hombre que entraba y salía, entraba y salía, de la terraza a la tele, cada dos minutos, acercándose a la pantalla, miope perdido, recogía impresiones y después compartía la información con los de afuera, a los que se le notaba perfectamente que no les importaba una mierda. Se les notaba porque ni siquiera contestaban cuando este otro salía y decía: 4-2 para Nadal que acaba de romper el servicio, está hecho. Entraba y salía, y aunque yo no miraba a nada que no fuera la televisión sabía perfectamente que desde la terraza alargaba el cuello esforzándose para mirar a través de la puerta, siquiera un punto de cuando en cuando, tal vez porque le daba apuro quedarse adentro definitivamente y prefería el suspense y bufar perobuenos cada vez que al regresar el marcador le pegaba un sobresalto nuevo. 4-3, ha roto el otro y se complica la cosa. 4-4, como le cuesta a Nadal ganarle a este serbio. Pregonaba su mercancía. 5-4 para Nadal, ahora ya sí cagonlaputa. Y hacía sus pronósticos: como Nadal pierda este set el otro se lo pule en el quinto.

Y yo pensaba para mí, ¿tú qué sabes, entraysale? Yo esto lo sé: con 30-15 Djokovic subió a la red, y mientras avanzaba tuvo tiempo de ver como una bola salía de la esquina en dirección a un lugar al que enseguida comprendió que nunca conseguiría llegar; Nole se tensionó, se estiró como una oración compuesta y estuvo a punto de caer al suelo mientras la pelota botaba limpiamente en la pista y se marchaba a vivir su vida. En resumen: un passing. Y ahí se acabó el partido.

Quedaban dos puntos más, pero fueron burocracia. Novak ya no tenía intención de alargar agonías: lanzó una derecha fuera y se suicidó con el veneno dulce de las dobles faltas al primer match point, igual que en la final de 2012, señal del tormento fino al que me lo habían sometido. Así que eso: Nadal cayó de rodillas y toda la gente de la terraza entró un momento a ver cómo había sido y si era de verdad que el chico y discutían entre ellos: ¿cuántos van? ¿ocho? ¿nueve? Ya os lo digo yo: nueve van. Y Djokovic parecía más hecho polvo que nunca y miraba como si en realidad no estuviera allí, lo mismo que Federer cuando rompió a llorar en Australia. Borg en traje y zapatillas bajó a la arena para entregar la Copa. Y Nadal, como todas las primaveras, primero la acercó al cielo y después la mordió. Y solo era tenis, pero también era algo más grande que el tenis.

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2 respuestas a Más grande otra vez

  1. No lo había dicho antes, y te lo dejo por aquí: enhorabuena por algo que pasó no hace mucho por Lisboa… 🙂 Y si la escritura tiene que seguir con Nadal, pues adelante… Un abrazo!

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