Then we take Berlin

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Empieza con música de tiovivo y después la voz comienza a arrastrarse enhebrando amenazas. Y me la putearon un poco, a esta canción, las cabezas que piensan derecho y consideran que no deben cantarse según que cosas, como si el chache Leo nos contara la historia por vicio y apología, cuando en realidad solo te servía cruda una carta de desamor revolucionario.

Primero consquistaremos Mannhattan, después conquistaremos Berlín. Ahí tienes una poética poderosa de perdedor al que se la suda todo tres pollas y solo aguarda el momento preciso para salir a la calle y dejar la teoría. Me amaste como perdedor, y ahora te preocupa que pueda vencer. Eso dice. Y luego: sabes como detenerme, pero te falta disciplina. Esas amenazas sutiles, entre dientes, pura realpolitik de corazón destrozado y rearmado: mírame, porque todo lo que tú pensabas que era yo te va a estallar en las manos. Y el coro de cariátides cantarinas levanta un puente para cruzar de estrofa en estrofa.

Era y es una canción sin ningún tipo de moraleja. O yo no se la veo, yo qué sé. Yo a ese muchacho me lo imagino un poco Travis Bickle, sonriéndole al espejo con la mirada extraviada del que ya se ha cansado de intentar cambiar el sistema desde dentro y ahora viene con un premio debajo del brazo, guiado por una señal en los cielos, como un profeta que llega para despertar a los que están dormidos.

Peligroso como el capitán de un ballenero que sabe hechizar a los hombres, hermoso como la flor de un cactus, poderoso como los elegidos. Es un ángel que ha renunciado voluntariamente a sus alas. Mesiánico y dulce y monomaniaco y sin un rostro definido porque sus rasgos son los rasgos de todos los cualquieras a los que nadie presta atención. Ha rezado muchas noches, pidiendo que todo empezara. Ha practicado.

Avanza con la determinación del que sabe qué hora marcan las agujas del reloj en todo momento.

Ha venido a convencerte. Ha venido a convertirte. Míralo: siempre lleva las manos en los bolsillos. Y una foto de ella en la cartera. Pero nadie lo mira a los ojos.  Quiere Mannhattan, para empezar. Después quiere Berlín. No le gusta lo que ve. Habla consigo mismo, recitando su propio Apocalipsis, su conversación es letanía. Y se mantiene al margen de los cafés y los cineclubs. Y no quiere nada que se parezca a la compasión. Mannhatan. Berlín. Eso quiere. La llave de tu apartamento, la letra de tu coche nuevo. Tu pequeño mundo seguro y frío. Ha trazado un plan, en noches de insomnio y estudio, y ahora ha salido a buscarte. Y a veces habla con ella y le reprocha cosas:

¿ves a toda esa gente que camina como si le faltaran los ojos?

te dije que yo era uno de ellos.

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