Final

04Un día lento. Despertar, escribir, comer algo, s(i)estear, sujetar los nervios, que son como niños chicos, emborrachar el ánimo, para engañar a la euforia y al miedo, beber café, preparar el corazón para los arrechuchos. Y todos los infinitivos, un sábado cuando tu equipo juega la Final de la Champions League. Ser hincha es esto: un montón de tiempo esperando, sorteando pequeños disgustos, domesticando alegrías, sufriendo a trocitos cuando las expectativas son grandes. Como un ciclo del agua todo empieza en la montaña, arriba del todo, en septiembre, cuando se despide el verano y se presentan los fichajes nuevos, que a veces gustan, a veces se extravían igual que un montón de monedas en una mesita de noche, por las discotecas, las altas presiones, y termina en el cielo, en mayo, cuando se reparten los premios y las puertas se abren, para uno solo, que entra y pide una copa mientras los demás se quedan fuera, con los ojos tristes, vacíos y huecos y de nadie como  un mayo lluvioso.

Pero me  pongo lírico. Y no es plan. Si yo esto solo lo escribo para que gane el Madrid. Por superstición. Porque los farios y los duendes sirven para crear la ilusión de que una situación sobre la que careces de control puede sujetarse con una certeza. Es que el fútbol te deja indefenso. Solo puedes mirar. Y desear con todas tus fuerzas que los hijoputas esos metan un gol. Porque, chico, has puesto tu felicidad y tu corazón roto en sus manos. Puedes gritarle a la tele, enfurecerte con la táctica, beberte otra cerveza, levantarte, sentarte, aplaudir, cerrar los ojos muy fuerte para que el otro equipo no marque. Nada de lo que hagas servirá para nada. El fútbol se parece a creer en Dios: te despoja de todo y te hace depender de los caprichos de una pelota y unos tíos que por esto y aquello van a jugarse tu noche en tu nombre.

Un día lento. Para pensar en la ceja de Ancelotti, que ha entrenado ya tres finales, ha ganado dos, ha perdido una, curtido a su manera como mejillas de marinero, que busca una alineación, ahora mismo en Lisboa, la ciudad en la que hoy hay una puerta con dos escaleras partidas por un eje de simetría horizontal: una sube hacia el Paraíso, la otra desciende a un callejón de esos lúgubres en los que ni siquiera alumbran las farolas. Una previa de tantas horas es la muerte un poco: ¿y jugará Cristiano? ¿y jugará Benzema? ¿y jugará Pepe? Y sales a la calle con los ojos así de abiertos buscando señales. Esto es peligroso. La esperanza se conforma con poco y se agarra a la mínima tontería para subirte las pulsaciones. Basta cruzarte a un chavalito con una camiseta de Raúl para venirte arriba. Basta ver un estampado rojo y blanco para hundirte en la desesperación.

Lo ideal sería dormir hasta las ocho y media y poner la tele a menos cuarto. Pero es difícil. Así que no hay más opción que atravesar poco a poco este día tan espeso y tan lento. Todavía es pronto. A estas horas, por la mañana, aun se puede un poner filosófico y pensar, por ejemplo si vale la pena jugar una final, teniendo en cuenta que la derrota te deja hecho una mierda multiplicado por cien. Es un problema clásico de cálculo de variables dolor/felicidad. ¿Vale la pena exponerse, con el riesgo que eso tiene de dejarte emocionalmente partido? Imagino que sí, que tiene sentido, ni que sea porque la felicidad está ahí, en la cara buena de la moneda que vuela por el aire, y al final solo es un juego. Y si sale mal siempre te queda el año que viene y salir a beberte los charcos hasta que ya no te acuerdes.

Yo al Madrid le he visto jugar tres finales de  Champions. Las ha (hemos) ganado las tres. Con la Juventus, con el Valencia, con el Bayer Leverkusen. Ahora toca el Atlético. Guiri, español, guiri, español. ¿Ves? Señales. Y siempre nos tocó eliminar alemanes para llegar. Esta temporada tres, uno detrás de otro, en octavos, cuartos, semis. Más señales. Y este año se cumplen cuarenta desde que el Atlético perdió la única final que ha jugado. Otra señal. Y tengo unas cuantas más, que me reservo, largas de explicar, buenas y malas, de las de ole y de las de mierda, esperanzas pequeñas que no sirven de nada, pero conviene envolverse en cualquier cosa que pueda proteger tu cuerpo ante el eventual hostiazo.

¿Y qué más? Ahora estoy tranquilo, ya os digo. Miro el reloj y pienso: bah, queda mucho. Es como si fuera algo ajeno a mí, todavía. Después, supongo que a partir de las cuatro, doblaré una esquina de tiempo y me lo encontraré de bruces, al partido, y ya no podré escaparme de él. Me agarrará, me doblará, me crujirá, se apropiará de mis ojos y de mi cerebro y de mi existencia. Ahí es cuando ya se te acaba la filosofía y empiezan los sentimientos primarios: el miedo, la alegría, la euforia y la desesperación.

Y piensas que me cago en la puta mira que estos del Atleti son buenos y que año llevan y que ganaron la Liga y nos chulearon la Copa del Rey el año pasado y peleones y crecidos y todo sueños y el Simeone con ese repeinado gominoso que se me hace medio anasagastiano todavía es capaz de inventarse algo y jodernos la vida.

Y piensas que me cago en la puta eliminamos al Bayern y bien que los reventamos transiciones rápidas ataque defensa y furia  y está Cristiano y está Bale cien millones por cada par de piernas y Benzema y Lukita Modric y juega Casillas que nunca nunca nunca pierde contra el Atleti ni contra nadie puestos a perder cuando el partido es serio de verdad y en estas noches es cuando brillamos de verdad y la camiseta blanca se vuelve lustrosa y pesa como bloques de mármol de Miguel Ángel en los ojos de los contrarios.

Y piensas que me cago en la puta…

Y así todo el rato ya, cuando se dobla la esquina y el partido está ahí, todo tuyo y de tus taquicardias y tus predicciones peores y tus deseos medio cojos.

Espero que gane el Madrid, claro. Que el corazón me lo aguante. Que el sábado se eternice, a partir de la diez y media, este 24 de mayo, que sea mío para siempre, que el mejor de los juegos me saque a bailar después, que me abra la camisa y me bese, la felicidad, y me empiece un verano por dentro, uno de esos que no necesita soles para alumbrar.

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