Abandonad toda esperanza

IMG_20140413_025146A mí la vida me gusta por una razón muy sencilla: tú puedes levantarte un sábado con cara de sueño y pocos planes y diez horas después terminar tumbado en una camilla, en una ciudad que no conoces, mientras un tío con cara de fumado te hace un tatuaje nuevo en el brazo. Eso me paso a mí. A mí es que me pasan cosas raras. Por eso me gusta estar vivo. Si estás muerto lo más que te pasa es que te llevan flores. Es más aburrido. Más descansado también. Pero no compensa. Entonces, un sábado. ¿Hará cuánto? Un mes o así. Hacía bueno. Un día de esos que parece que la primavera es una muchachuela bonita de Botticelli, con los ojos brillosos y el pelo trenzado, extendiendo su brazo por el mundo para que broten mariposas y flores. Esos días, cuando el cielo está azul y todo parece nuevo. Y el sol te da una palmada en la espalda y te dice, muchacho, salte a dar una vuelta.

Y en esas que estoy yo con dos amigos míos – que prefieren mantener el anonimato, porque tienen negocios y reputación y cosas de esas que yo no tengo – en Úbeda, que es una ciudad muy bonita, con muchas iglesias y muchas plazas y calles de piedra. Cómo aparecimos allí ya es otra historia. La cosa es que paseando salió el tema. ¿Tú no te ibas a hacer un tatuaje? ¿Yo? Claro. Pues es que yo voy a ir la semana que viene a Jaén, porque quiero hacerme uno, ya lo tengo visto, por si te quieres venir. Y mi amigo que me mira y me dice: pero vamos a ver, criatura, ¿tú que quieres tatuarte? Y yo saqué el móvil, así con cuidado, porque a veces aunque no lo parezca soy una persona organizada, y le enseño una foto que había mangado de internet con una frase de Dante que dice lasciate ogne speranza voi ch’intratte, eso que estaba puesto, según mi D. en la puerta del Infierno, arriba del todo, para que los condenados se hicieran una idea del tipo de bar al que llegaban antes de tocar el timbre y pedir la primera.

Pues yo conozco aquí a uno que hace tatuajes, me dice mi amigo. Y esta historia no tiene moraleja. O sí. Ya se verá. El resto de la conversación lo elipseo, porque ya os lo podéis imaginar: un caminito de palabras que desemboca en un PUES NO HAY HUEVOS. ¿Qué no? Así que un rato después ya estábamos los tres buscando el estudio de tatuajes. ¿Lo encontramos? Por supuesto que no. Hay que decir que no íbamos borrachos ni nada de eso. Es solo que en esa ciudad todas las calles son iguales. Bonitas, pero iguales. Yo contaba con eso, claro está. Y con que nadie le hace un tatuaje a un chavalito que aparece por la puerta un sábado a las nueve de la noche, por mucho que sea primavera y Botticelli te pinte rosas lloviendo del cielo. Así que nada. Yo faroleaba. Y decía: que sí, vosotros encontrad la tienda que yo me lo hago. Era cuento, claro está. Porque todas las calles eran iguales y porque nadie le hace un tatuaje a un chavalito…

Donde hay tres siempre hay uno más sensato, y ese casi nunca soy yo. Así me va. El caso es que el que esa tarde tenía más talento de los tres dijo y si nos sentamos a tomar algo y os dejáis de hacer el tonto. Y nos fuimos a una terraza, y se estaba bien, nos bebimos unos yintonics de esos modernos con fresas y su puta madre y ya hacía yo bromas y todo, como si el asunto del tatuaje fuese un chiste viejo, una cosa olvidada. Pero no. Porque hay teléfonos. Y teléfonos con internet. Y eso ha hecho mucho daño. Pero mucho. Así que este otro, que ya había visto que yo faroleaba, se puso a buscar el teléfono del estudio, y lo geolocalizó y todo, y volvió a la mesa con este tipo de sonrisa y la pregunta de rigor que yo merecía:

¿Llamo?

¿Y qué haces? Si es sábado y total. Y hay que reírse un poco, porque si no ya me dirás tú a qué hemos venido. A este valle de lágrimas. Yo me escuché diciendo: sí, llama. Así lo dije. Todavía tenía conmigo la última bala: que era sábado, y ya ves tú, casi las nueve y media, ¿quién hace un tatuaje un sábado….? Pégale un trago a eso, enciende un cigarro. Total. Y cuando el otro volvió yo ya supe por la cara que me traía que me iba a acabar tatuando. Mira que. Así, sin venir a cuento. Nos acabamos la cosa y pagamos. Hicimos recuento de dinero y andando. Calles bonitas. Hay que decirlo. Todas iguales. Pero bonitas. Siguiendo las indicaciones del gps del móvil. No nos perdimos ni nada. Llegamos al sitio.

Por el camino, avisando: me ha dicho el tatuador que está de fiesta con unos amigos, pero que te lo hace, que sí, que sin problema, igual está un poco borracho, pero que sí, que tú tranquilo, que te lo mira y te saca la aguja y te pincha bien de tinta en el brazo, son profesionales, la gente esta, tú descuida. Y vaya. Hay que decir, las cosas como son, era profesional, mi tatuador, si estaba borracho no se le notaba mucho, y trabajaba con seriedad, mientras mis amigos me echaban fotos y grababan vídeos con los móviles y se reían un poco. Y todo el mundo contaba chistes, y nos dieron cerveza y todo, para que pasáramos el rato, fue una tarde divertida, y al cabo de una hora de estar allí con el brazo recto y la mano dormida – con un descanso entremedias para fumar – yo ya tenía otras treinta y dos letras pintadas en el brazo, puestas ahí hasta que se me caiga la piel. Treinta y dos letras y un apóstrofe y una coma y un punto.

Y yo que sé. Es curioso vivir. De eso te das cuenta cuando estás ahí tumbado, con la aguja bailándote la epidermis. Te preguntas: ¿qué ha pasado? Si yo estaba tan tranquilo esta mañana… Son cosas que pasan. La vida no es seria. Y la frase es de Dante Alighieri. Y está en italiano. El italiano mola. Y hay letras rojas y letras negras. Las negras se volverán verdes, supongo, de aquí a diez años. Las rojas sepa Dios qué se volverán. Da igual. ¿Y qué significa? Abandonad cuantos entráis toda esperanza. Más o menos. Yo me la sabía, la frase, desde hace mucho tiempo, y siempre me ha parecido una frase optimista. Así os lo digo. Si te toca echar la eternidad en el infierno, ¿qué más te puede pasar? O dicho de otra manera: aquí estás, esto es la vida, y a ella lo que más le gusta del mundo es mearse en tus planes y tus expectativas, así que no le des muchas vueltas, tomátelo con calma y ya está, no te calientes más de la cuenta. ¿Veis? Al final no había moraleja.

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2 respuestas a Abandonad toda esperanza

  1. Qué loco grande eres…

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