Mañana y mañana y mañana

MacbethWellesCrownAhora imagínate que eres Macbeth y todo se derrumba sobre tu cabeza. El puto ruido. La puta furia. Y un esbirro de media sonrisa que te viene y te dice que la reina, ya ves tú, se ha muerto de tanta culpa y tanta cabeza perdida. El polvo te nubla los ojos – ¿o son lágrimas, efímero rey? – y te cierra la garganta pero aún así consigues tragar saliva y, fingiendo una entereza que ya no tienes, modular la voz para pronunciar tu último discurso:

Mañana, y mañana, y mañana
se desliza con pasos sigilosos
hasta la última sílaba del tiempo computado,
y todos nuestros ayeres han alumbrado a los necios
el camino a la polvorienta muerte.
¡Apágate, apágate, breve luz!
La vida no es más que una sombra andante,
un pobre actor que se pavonea y se retuerce
sobre la escena su hora, y luego
ya nada más de él se oye.
Es un cuento contado por un idiota,
lleno de ruido y furia,
que no significa nada.

Pero ya no queda nadie para escucharte, solo los muertos y la ruina que te va devorando. Y a mí Macbeth siempre me ha puesto un poco de los nervios. Puede que sea por la atmósfera medio irreal y de bruma highland y bruja que mece la obra como una mano invisible. Yo siempre me he imaginado a Macbeth sobre un paisaje en el que permanentemente es de noche y está lloviendo y solo unas cuantas antorchas iluminan los rostros. O puede que sea por la siniestra pareja protagonista, con esa Lady M que no llora y baila en el insomnio arrancado jirones de su ambición y su odio y su corazón blanco.

Pero si tú fueras Macbeth, y yo el soldado que anuncia cojeando la ruina total, tal vez haría un alto para escuchar ese último monólogo, y antes de marcharme, dejándote solo para que tu ocaso sea completo, te preguntaría – con la mano en la espada, porque los locos cuando están apocaliptizados son gente peligrosa – qué habías querido decir con eso de mañana y mañana y mañana. Porque detrás de lo que se ve, el alegato final de un hombre que necesita justificar su destrucción de alguna manera culpando al absurdo de la existencia por todos los errores gilipollas que ha cometido, yo creo que hay un no sé qué raro, escondido entre las revueltas de esas palabras con las que Faulkner cinco siglos después construyó su The Sound and the Fury, otorgando un verso a cada uno de los protagonistas de su pequeña tragedia del Sur.

Yo lo veo así: los ejércitos avanzan, la muerte te manda wassaps, las piedras del castillo gimen de deseo de verte caer, la lluvia se filtra por las paredes, la reina la ha palmado, y tú que lo ves todo y lo escuchas todo y por primera vez lo entiendes todo, te pones metafísico como un borracho enamorado. Mirando hacia el infinito, con las cejas muy serias, empiezas a entender que la vida iba de morirse: una lucecita pequeña, un actor que desaparece entre bambalinas, un cuento que no significa nada, una sombra. Y el pasado, que es ese lugar en el que se pierden los necios y los melancólicos, que surge como un soldado de una trinchera, con la bayoneta por delante y un puñal entre los dientes.

Cuando Shak hizo a Mac hizo una atmósfera recorrida por una pulsión de muerte. Más allá del argumento y de los trucos de manos con los que se resuelve la trama, a mí siempre me ha parecido que mi William debía de estar atravesando una racha medio rara cuando se puso a escribir: en Macbeth mueren hasta los niños graciosos, las coronas chorrean sangre, los puñales matan al sueño y las pesadillas te buscan por los pasillos.

En uno de esos pasillos está Macbeth, que todavía es rey, contemplando como todos se van y lo dejan solo. Ahora imagínate que tú eres Macbeth. El puto ruido. La puta furia. Y el esbirro de media sonrisa que te viene y te dice que la reina se ha muerto. El polvo te nubla los ojos y te cierra la garganta. Pero aún así, consigues tragar saliva. Y fingiendo una entereza. Que ya no tienes. Modulas la voz. Para pronunciar. Tu último discurso. Mañana. Y mañana. Y mañana. Pidiendo a la luz que se apague. Pidiendo al actor que termine. Y si tú fueras Macbeth y yo estuviese allí tal vez te miraría con compasión, antes de cerrar la puerta y abandonarte para que tu destino te encuentre.

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