Un veneno solamente

DSC_1047Maiakovski escribió: Yo deseo un veneno solamente: beber y beber besos. Y yo lo miro, en sus fotos de vivo – porque ya se murió, se pegó un tiro, rodeado de almohadas, para que el cuerpo no se le venciera a un lado y lo encontraran erguido, en el corazón, con una pistola vieja, porque ya no quería más, y en su poema de despedida aclaró: la barca del amor se estrelló contra la vida cotidiana – con sus cejas de mármol, su rostro de busto romano, el pelo rapado y los ojos peligrosos: este Vladimir, poeta georgiano, gloria precoz de la Unión Soviética, un gigante de otros tiempos, con hombros poderosos y párpados duros, suplicando besos como un colegial, para morirse sin prisa.

Engañaba, mi Vladimiro. Como muchos otros, que también eran buenos. Parecía de hielo, pero por dentro le cantaban demonios. Y los ángeles hacían coro. Y un par de versos más arriba arremetía contra Dios, insultaba, peleaba, mordía, desesperado, como un animal salvaje, gritaba a quien quisiera escucharlo que estaba dispuesto a beber vino en su cráneo, brindando a la salud del que llenó el cielo de estrellas. Después el amor me lo apaciguaba. Y suplicaba besos, herido. Aleteaba, incapaz de alzar el vuelo, de esa manera tan triste que tienen los pájaros de batir las alas cuando se caen del nido demasiado tiernos y pelean con el aire en un callejón, a la espera de que el gato aparezca y les firme un adiós. Maiakó amenazaba, levantaba el puño, invocaba pistolas, disparos, lloraba, pegaba, y después se dormía, soñando con su amante casada, que siempre llegaba demasiado tarde y se marchaba demasiado temprano.

Me lo imagino saliendo a toda prisa del teatro camino a casa para encontrarse con Lili, que no llega, lo miro beber una taza de té mientras cierra los ojos muy fuerte, convencido de que si no los abre durante diez minutos el timbre de la puerta terminará por sonar. Después se levanta, agotado, siente un hormigueo en las piernas, busca papel, escribe. Renuncia a mirar el reloj. No va a venir. Otra vez. Un verso, otro verso, rebusca en los bolsillos un puñado de monedas, rechaza la idea de salir a comprar un poco de alcohol y sigue escribiendo. En la calle hace frío, la gente camina con prisa al otro lado de la ventana, ajenos a la presencia del gran poeta que sufre y suplica, como un niño con fiebre, un vaso de besos que lo envenene.

Yo lo leo y pienso que era de verdad lo que escribía, cuando escribía de aquella manera. Otros dramatizan en exceso, se ahogan en retórica, se pierden entre yambos y ditirambos y anáforas y anapestos y diluyen su pena convirtiéndola en teatro. Maiakó, para sostener su verdad se agarraba al humor y a la música, a los signos de exclamación, a un puñado de imágenes enfermizas, a la nube gris que le acompañaba sobre el sombrero lloviéndole solo para él, a metáforas que unas veces brillaban de genio y otras refulgían con una pátina de melancolía, como el escaparate de una tienda de juguetes.

Creo que lo hizo bien. Que su poesía no suena a hueco. Que su desesperación no era una desesperación impostada, que su pena era de carne y de sangre y su alegría era como una primavera, que solo es verdaderamente hermosa porque viene después del invierno. Que en su obra aplicó este principio: nadie está triste las veinticuatro horas del día, ningún amor es una línea recta y las almas se alzan y caen y son arrojadas continuamente de la felicidad a la miseria para sacudirse el polvo y volver a escalar. Creo que Maiakó peleó, defendió su alma y su amor todo lo que pudo y cuando no pudo más se quitó de en medio de la manera más brutal que encontró: el beso de plomo de una pistola cargada.

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