Expectativas y miedo y lo otro

BAYERN MUNICH VS REAL MADRIDNo sé ni cómo empezar. Esto lo escribo por pura superstición, porque estoy convencido de que si no lo hago perdemos. Y a ver cómo empiezas. Tal vez algo para enlazar con un flashback a una noche de hace tres años cuando perdimos las semifinales en casa después de una tanda de penaltis como un accidente de coche y yo me pasé diez minutos mirando al infinito incapaz de hablar. Era martes también. Y todo empezó tan bien, más bonito que un romance las dos primeras semanas cuando todo son besos y risas y que ganas de verte: veníamos con un 2-1 de la ida en Münich y a los quince minutos ya ganábamos 2-0. Mi Özil exoftálmico y repeinado – te queremos Mesut – en modo artista con su cuerpo de figura de cera mareando defensas – vuelve Mesut, hijo mío – cuando el Innombrable me salió con un ataque de susto y poca grandeza y echó el equipo atrás y ellos marcaron y luego prórroga y al final los penaltis como un tren que se te viene encima: primero falló Cristiano, después Kaká, Casillas paró dos, lo escribo de memoria, y vino Ramos y el tren entró en la estación frenando, entre la niebla, y nosotros éramos Anna Karenina y el resto de la historia ya lo escribió Tolstói hace siglo y pico. Que perdimos. En semifinales. Y yo me quedé sentado, como si me hubieran arrancado la memoria, lobotomizado y solo, pensando: si todo había empezado tan bien, si parecía tan de alegría la tarde, ¿por qué se volvió como una muerte pequeña la noche?

Hoy toca revivir un poco todo aquello, deja vu malicioso. Semifinales otra vez. Martes otra vez. Ellos otra vez. El Bayern de Münich, cuchillo afilado en la piedra de varias generaciones atormentando al Madrid. El Madrid soy yo. Y todos los inconscientes, en fin, que un día nos pusimos una camiseta jugando a la pelota en la calle y dijimos, mientras pasaban los coches y había que detener el partido: ¡yo soy Mijatotic! ¡y yo Zamorano!, porque el equipo lo eliges así, de manera salvaje y dejándote crucificar en adelante y ya para siempre, todos los años un poco y pendiente de una victoria que le dé sentido al viaje llenando el vacío de las derrotas, las amarguras y los cielos rozados.

La gente indiferente al fútbol nos mira sufrir y nos dice: que exagerados. Míralo, con treinta años que tiene y cuanta gilipollería. ¡Pero míralo, que le va a dar un pasmo! ¿Y qué le hacemos, si somos así y nos gusta?. Para esto sirve el fútbol, para ponerse intenso con un sinsentido intrascendente, inventarte un miedo y un mal cuerpo y agarrarte a él para darle color a la tarde. Juega uno un poco con las sensaciones, como un niño chico, sabiendo que perder no resuelve nada y ganar no resuelve nada, porque el miércoles vendrá mañana pase lo que pase, claro que sí, pero todo lo que te hace sentir cosas merece la pena, y uno disfruta, de alguna manera, tensando la espalda cuando un escalofrío te hace temblar y los nervios te disparan las piernas, la alegría te desborda y el dolor te asfixia. Es un simulacro de estar más vivo que los demás, el fútbol, estos partidos, que de alguna manera te resguardan del vacío de los días normales, convirtiendo un martes cualquiera en un acontecimiento crucial que recordarás, mariposa de ensueño, cuando el olvido se haya llevado casi todo lo otro.

¿Y qué se siente? Ahora mismo un cosquilleo. Cuando el reloj empiece a dejarse horas por el camino, acercando peligrosamente el momento, las cosquillas dejarán paso al miedo. Y más tarde el miedo dejará paso al terror. El terror es el pistoletazo de salida que pone en marcha el tiovivo emocional: del terror se pasa al optimismo, del optimismo a la euforia, de la euforia al existencialismo, del existencialismo al nihilismo, del nihilismo a la bravuconería, de la bravuconería a la soberbia, de la soberbia a la crueldad, de la crueldad a la precaución, de la precaución a la humildad, de la humildad al miedo, del miedo al terror, del terror al etcétera, y todo empieza de nuevo. Así cada diez minutos, durante tres, cuatro horas, hasta que los jugadores salen al campo y entonces ya es todo una taquicardia, sístoles locas, diástoles bailando una rumba, venga latidos, el culmen, cuando el árbitro dice arreando y ya no hay manera de doblar el tiempo hacia atrás.

Una vez que empieza te suavizas. Porque ya no hay tiempo de ponerse a especular, jugando con el qué pasará. Cuando el balón ya está deambulando entre botas, los ojos lo captan todo y el cerebro se resigna: solo queda mirar y aguardar, rezando un poco para que los ataques no fructifiquen y tanta posesión quede en nada y ese córner se pierda y ese portero alemán tan rubiales deje pasar alguna.

Lo que de verdad me da miedo, y estoy acojonado, son las expectativas. Como en el amor, lo que de verdad te mata es hacerte ilusiones. ¿Y no habrá sido todo nadar, otra vez, para morir en la orilla?. Es que ellos son buenos, al fin y al cabo, y juegan en su campo, y ese Guardiola y esos bávaros van a apretar que no veas, y a lo mejor nosotros salimos así medio encogidos y… ¿veis? de esto se trata, esta es la cruz, estos los clavos: pasarte las horas deshojando fatalidades. Ahora en serio, ganamos la ida, 1-0, así que marcando un gol ellos tendrán que marcar tres… Y pienso, si ganamos, si empatamos, si perdemos 2-1… entonces me podré quitar la armadura del miedo, pieza por pieza…

Y ahora dejo este párrafo cojo, porque si escribo lo que quiero que pase entonces no pasará. Soy supersticioso. Y cuando uno nombra a la felicidad, la felicidad sale corriendo y te deja con cara de gilipollas. Como cierto martes, cierta tanda de penaltis. Así que yo creo que ya está dicho todo. Esta tarde veremos qué ocurre, allí en Münich. Yo lo tengo claro: Benzema o muerte. Y que nos aguante el corazón.

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