Infierno

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…llevóme a un punto 
donde el aire es fragor, la luz ausencia.
(Dante Alighieri; Divina Comedia, Infierno, Canto IV)

Sobre la puerta del Infierno está escrito: perded cuantos entráis toda esperanza. Y yo esto lo voy contando según voy leyendo, por eso aviso de que a lo mejor más adelante, cuando suba al Purgatorio y después al Paraíso, me encuentro otras puertas y otros hilos que mueven mecanismos que todavía desconozco y pintan símbolos nuevos que tiran al río todo esto que estoy escribiendo: la Divina Comedia tiene tres partes y de momento yo solo me sé una. El infierno va así: mi Virgilio y mi Dante, como una pareja cómica de una sitcom de sobremesa, caminan, avanzan, observan, se meten en líos, chacharean, topan demonios, encuentran obstáculos y se las apañan de una manera o de otra para atravesar los nueve círculos luciferinos y horadar la corteza terrestre hacia el Purgatorio, de camino hacia el Paraíso, donde aguarda Beatriz.

¿Qué más os cuento? Es una maravilla, este libro. Que cosa. Que música tiene. Y la traducción conserva la magia. Que música tiene, de verdad. Coge un terceto cualquiera: Yo no morí y tampoco seguí vivo; si es que tienes un poco de criterio juzga mi estado, a vida y muerte esquivoCoge un verso al azar: amor, que a nadie amado amar perdona. Abre un página y lee: Cuando estés ante aquella que hace agravio por bella al sol y ve todo en detalle, oirás tu vida de su dulce labio.

Marea un poco, ¿eh?

Y ahora dejadme que divague un poco, tocante a marearse y a las traducciones. Nunca se consigue volcar con exactitud la poesía de una lengua a otra, esto se sabe. Hay dos opciones: mantener la literalidad sacrificando la métrica y la rima o mantener la música cortando con un bisturí retazos de la carne del sentido original. En la Divina Comedia, creo yo, solo se puede hacer esto último, porque descompasar su música sería un delito. Y así, mis pobres traductores se ven obligados a encajar el florentino de Dante en tercetos endecasilabos, echando mano, necesariamente, de un vocabulario complejo, a veces arcaico, dejándose los ojos en el diccionario y lisergizando un poco la sintaxis. ¿Es esto malo? En la Comedia, no. A mí me gusta, porque adoro cuando las palabras me marean. Esto ocurre con algunos escritores, con algunos libros que son como catedrales barrocas o como un big bang chiquitito que estalla mientras tú parpadeas: para cuando abres los ojos estás perdido en un infinito que no se puede abarcar y las palabras te pierden, te dan vueltas, la cabeza te hace un poco así, no entiendes el sentido completo, vuelves atrás, te tropiezas con un sustantivo y un adjetivo te quema las cejas. Es como mirar un cuadro abstracto después de fumarte seis porros. Las palabras te mecen, te cantan, te llevan en volandas a través de la narración mientras la habitación se llena con las imágenes que tu subconsciente va puzleando. La música de las palabras te emborracha y te saca del mundo.

Pero estábamos en el Infierno. Que arte tuvo mi Dante para arquitecturizar el espacio: nueve círculos, una grieta que desciende hasta el centro de la Tierra, donde un Lucifer de tres cabezas mastica a Judas, a Bruto y a Casio. Un país con sus custodios, sus puertas, sus murallas, sus ríos, sus lagunas, su burocracia, con un círculo adaptado a cada pecado y un contrapasso aristotélico y sarcástico para castigar a las almas tristes. Y Virgilio, mi chaval de la Eneida, que va explicando, que negocia con los demonios para que Dante lo pueda pasear todo. Veinticuatro horas tiene la criatura para ver el Infierno de arriba abajo y tomar nota de todos los nombres y de todas las penas, como un enviado especial que prepara un reportaje especial para la edición del domingo.

Y ya termino, que es sábado y ayer no dormí y no son horas de andar leyendo ni escribiendo; termino con una cosa que pensaba hace un rato: el título. En aquella época, siglo XIII, uno tiene la impresión de que los autores no se calentaban mucho la cabeza a la hora de ponerle nombre a los libros. Andaban a lo de dentro. Pero digo, pregunto, dime Durante: ¿por qué Divina y no Humana? Pregunto porque el Infierno de Dante está lleno de humanidad. De verdad que sí. Se rebosa el libro, de compasión y misericordia. De humanidad de esa que sufre viendo sufrir a los otros y se detiene a conversar con todos, no para salir en la foto, sino porque el alma se paraliza de ver tanta pena junta y ordena al ánimo que preste atención y a los labios que digan algo para dar de beber al sediento. De eso va el Infierno: dos poetas banduendos que caminan y miran y se detienen de cuando en cuando delante de los que sufren. Dante tiene un poco de paciencia para todos los que le suplican atención. Se acerca a los que lloran. Les pregunta, les trae noticias, se interesa por ellos, dándoles lo único que tiene, lo valioso: un rato y una mirada. Y no juzga. Y su forma de  hablar a las almas pecadoras, tan educada, nos redime y nos recuerda que hasta el peor de todos es digno de una palabra amable. Y nos enseña que en el fondo todos somos el mismo.

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