Huir de Ítaca

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No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo.
(Alfred Tennyson; Ulises)

De nada sirve que viva como un rey inútil junto a este hogar apagado, entre rocas estériles. Así comienza el Ulises de Tennyson. Un poema de esos del diecinueve inglés, página y media, con todos sus versos bien colocados, posromántico, mi Tenny, cogió un trocito de la Divina Comedia, el Canto XXVI del Infierno, cuando Dante y Virgilio se encuentran a Odiseo, que les cuenta, envuelto en llamas y sufriendo su poquito de pena a los pies de la eternidad, que una vez terminado el viaje y de regreso en Ítaca empezó a notar que le llovía por dentro, y se hizo a la mar con sus marineros, una última vez, viejos, canosos, cansados, las pieles curtidas, los huesos medio secos, Dante escucha atento, el relato del héroe de héroes, que navegó hacia Occidente, huyendo del sol y de la orilla que no podía contenerlo, cruzó el estrecho de Gibraltar, las columnas de Heracles que marcaban el fin del mundo, y por tres lunas siguió adelante, su barco de hombres viejos mecido en las olas, hasta una montaña como nadie ha visto, erguida en medio de las aguas, donde el mar se tragó la nave y los hombres encontraron el único hogar que podía sujetarlos: la muerte.

Tennyson imaginó la arenga de Ulises antes de partir, la midió y la versificó y nos la regaló, para calentarnos un poquito el miedo y aliviar el pasmo y los bocados en el estómago antes de zarpar. Siempre hay ese momento, en todas las vidas, en el que se mira uno hacia dentro para desentrañar lo que hay, apartando el polvo, las telarañas, hasta dejar desnudo el deseo, que es lo que late debajo de todas las dudas que los miércoles te amontonan encima. No encuentro descanso al no viajar, explica Ulises a sus hombres. Camina despacio mientras habla, sus pasos hacen crujir la madera del barco. El hombre que una vez fue joven y zarpó hacia Troya, uno entre diez mil, que peleó y que mató y que arañó el destino frente a las murallas, él, cuyo ingenio abrió las puertas de la ciudad, que se negó, orgulloso, a realizar ofrenda alguna a Poseidón antes de partir de regreso a Ítaca, que naufragó, rodeó el mundo, viendo morir a los otros, descendió a los infiernos con Tiresías, departió con los muertos, escuchó sus quejas, contempló la ceniza que cae de los ojos de los héroes que vagan por el Hades como niños perdidos, que cegó a Polífemo, escapó de Circe y sobre un madero arribó a la costa feacia para aprender lo que ya sospechaba: que el viaje lo es todo. El hombre que de vuelta en Ítaca abre las manos y descubre que no posee nada. Un rey que se apaga en tierra, con su Penélope, su amor, su Telémaco, sus palacios, su arco que nadie pudo tensar, su riqueza y su poder y su todo que no vale nada, porque cada mañana amanece añorando el paisaje que ve desde la ventana entreabierta del corazón.

Ulises, el héroe de héroes, hecho de un polvo de estrellas que Homero encerró en hexámetros, se yergue ante el mar y arenga a sus hombres. La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin, alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse, no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses, exclama, y sus palabras descienden sobre la tripulación como un sol cálido en primavera, arrebatando definitivamente a los hombres de tierra firme. Huir de Ítaca, esa es la condena, a veces. Alejarse. Dejando atrás una casa, un paisaje que te conoce, un sol que es como de tu familia, y todos los recuerdos que ya no puedes cargar contigo, cuando un impulso sin nombre te obliga a escapar.

Veo a Ulises tal como Tennyson me lo enseña, con los ojos brillantes del hombre que sabe que está a punto de comenzar a vivir otra vez. Se mesa la barba en la proa mientras el barco zarpa. Mira hacia delante, hacia el mar que se traga el barco, porque sabe que volver la vista atrás es inútil. Es viernes, es primavera, y todos somos un poco Ulises, un rato todos los días, un momento todas las vidas, soñando con el mar cuando Ítaca ya no puede retenernos.

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