Tragedizar el fútbol

19297-real-madrid-vs-bayern-munich-en-semifinales-champions-en-vivEste texto no cuenta nada. Solo sirve para dar testimonio de un estado de ánimo sediento. En resumen: que hay fútbol. Os veo escrolear hacia abajo, con el ratón, pensando: ¿otra vez con lo mismo? ¿y si esto me lo salto? Es que se hace largo el día, la tarde, se pone el corazón a dar brincos, entre que empieza y no, igual que cuando esperas a una chica en la estación. Miras el reloj y la leche, todavía son las cinco. ¿Y a qué hora habíamos quedado? A las nueve menos cuarto, mira, la hora exacta, como una ejecución, para que mis muchachos y mis verdugos se líen a correr detrás de la pelota, mientras yo, sentado y con una cerveza y un cigarro y un manojo de nervios como un ramo de flores recién cortado me pongo a correr detrás de mi taquicardia.

Se puede contar siempre con cierto lirismo soñoliento a la hora de hablar de futbol. Puedo ponerme en plan Nabokov – ¿qué tal, Vladimiro? – y hacerme el Humbert Humbert delante de un jurado imaginario: contemplad esta maraña de espinas. Asumir la culpa de una manera elegante. El fútbol, ya se sabe, no tiene importancia. Y todo esto que yo cuento al final es teatro y cuento. El fútbol está ahí, con su Champions League plateada y su miércoles, para que le arrimemos un ascua encendida a una tarde que de todos modos tampoco iba a dar mucho de sí. Dramatizar un poco, tragedizar, y ponerse uno intensito.

¿Y contra quién es? Contra el Bayern. Que es de Münich. Venga alemanes. Que racha llevamos. Primero el Shalke, después el Dortmund, y ahora vienen estos. Si hubiera otro equipo de rubios über alles en la competición yo ya daría por hecho que pasaríamos a la final solo para seguir con la racha, los caprichos de las estrellas, que son así, misteriosos, pero no hay más, y estos son buenos, y jugamos la vuelta fuera y en caso de empate los goles valen doble y son gente seria y Guardiola de entrenador y que corren mucho y son bocas y peleones y venga y venga y venga cuestas arriba que no sabe uno ya que pensar.

Yo voy a rachas, como siempre. La Champions League me alborota la ciclotimia, me vuelve locos los ritmos. A cada medio minuto tengo una opinión, un pronóstico, me asalta una fatalidad, se me clava un presentimiento, un cero a tres por ejemplo, y después me viene la euforia, dos caladas al cigarro y ya veo un glorioso cuatro a uno, Guardiola llorando, los muchachos dando saltos en el centro del campo y un avión que despega en silencio, de madrugada y entre bruma casablanquera, de vuelta a Munich con las alas limadas.

Pero bueno. Faltan horas, siglos, la previa, la siesta imposible, todos los farios, los rituales. Si te cortas afeitándote antes del partido, mala señal. Si estás tranquilamente viendo un lo que fuere en la tele y aparece Messi en un anuncio, mala señal. Si llueve, mala señal. Es el problema del fatalismo: todo son perspectivas chungas, dobleces. Sigo con el condicional. Si te enteras primero de la alineación de los otros, mala señal. Si durante el himno el realizador mantiene el plano de todo el equipo contrario pero cambia a un plano del palco – para enseñar al rey, por ejemplo – en la que estás viendo a los tuyos, malísima señal. Si Sanchís hace un comentario inteligente, despídete. Más cosas: hay gente ceniza. Si están en la misma habitación, adiós. También hay canciones cenizas: si las escuchas sin querer el día del partido, nothing to do. Si se te queda vacía la cerveza en mitad de un ataque de ellos, te marcan. Hay que fumar cuatro cigarros: uno en cuanto pite el árbito, otro en el minuto 27, otro al principio de la segunda parte, la primera vez que la toque uno del Madrid, otro en el minuto 72. Si el partido está apretado, otro en el minuto 86. Si hay prórroga, uno más en cada parte. Si fumas en el descanso, lo gafas todo. Si hay penaltis, otro antes del primer lanzamiento. A mí los pulmones me agradecen mucho estos días. Claro que sí. Elige una silla, o un sillón, o un doquiera que te vayas a aposentar: si cambias de lugar, perderán el partido. Y no te puedes levantar a mear con el balón en juego: te marcan gol. Cuando ellos ataquen, murmura: no, no, no. Cuando ataques tú, no hables. Si hay una falta absurda a favor de ellos o si el árbitro se equivoca y les concede un córner que no ha sido, prepárate porque marcarán. En cambio, si nada de esto ocurre, si realizas los rituales sin perder la calma, fumando en el momento adecuado, cambiando de canal ante la mínima amenaza de que aparezca Messi anunciando natillas, si aguantas las ganas de mear hasta el descanso y si no hay nadie de mal agüero en diez metros a la redonda, entonces hay una posibilidad de que el Madrid gane el partido y de que este miércoles anodino se convierta, cual larva mariposera, en un día que te sobreviva en la memoria hasta que el cielo te arranque.

Dicho lo cual, ante todo realismo: lo normal es que el Bayern nos descabece. Al fin y al cabo, yo tengo el convencimiento de que fundaron el equipo solo para jodernos la vida a los del Madrid una vez cada tres años. Aquí estamos: víctima propicia esperando el cuchillo. Si yo fuera de otro equipo lo daría por perdido. Pero en el fútbol, a diferencia de la vida, no cuentan las decepciones, ni las hostias. Un secreto: en el fútbol no existe la semana pasada. Esa es la maravilla. Así que a las nueve menos cuarto me plantaré delante de la tele convencido de que Benzema va a hacer el partido de su vida, de que Casillas lo va a parar todo, de que Cristiano va a jugar y va a meter dos, de que Bale va a correr como nunca, de que Ancelotti arqueará la ceja y acertará con los cambios, de que todo, por una vez y para siempre, va a salir bien y esta noche será una noche de nunca olvidar. En una palabra: creo. Y ya tengo dispuesto el altar para el hostiazo emocional.

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