Estaciones de autobús

OLYMPUS DIGITAL CAMERASabes que te estás haciendo viejo cuando prefieres el tren. Es una teoría mía. También sabes que te estás haciendo viejo cuando algunas cosas que antes te interesaban mucho y te afectaban más de la cuenta ahora te empiezan a importar tres pollas, pero eso ya es otro tema. Yo hablaba del tren, tangencialmente, una frase así curiosita, para captar vuestra atención – ¿he captado vuestra atención? ¿no? ¿a lo mejor a cuento de esto venía la tercera frase, lo de las tres pollas, después del segundo punto y seguido? ¿de qué estamos hablando? ¿cerramos ya los guiones? ¿eh? – porque en realidad todo esto va de autobuses. O más concretamente, de estaciones de autobuses. En una palabra: viajes.

Los viajes están bien. Lo sabemos todos. Los viajes en autobús, para mí, simbolizan la vida: te subes en un sitio, te bajas en otro, y a mitad de camino paras un rato para comer algo, mear y echar un cigarro. Las estaciones de autobús ya son un mundo aparte. Yo cuando voy al aeropuerto y entro en el dutty free ese en el que en teoría los cartones de tabaco son más baratos pero luego es mentira y alguien me dice ahora estamos en territorio neutral y yo pregunto qué mierda me estás contando que son las siete de la mañana y no he dormido en toda la noche porque me da susto volar o siendo más específicos me da susto que se caiga el avión y hay un cruce en la conversación ah pero bueno si los aviones nunca se caen y yo claro nunca jamás en la historia se ha caído un avión – mirada como así – antes de volver a la conversación original para que el interlocutor se ponga rumboso y diga que es que ahora mismo no estamos en ningún país porque esto es zona de nadie diplomáticamente hablando y por eso no hay impuestos y el tabaco es más barato. Y yo digo: lo del tabaco es mentira. Y luego: vale. Y luego: si quieres ver zona de nadie, diplopollasmente hablando o lo que sea, vete un sábado a mediodía a Méndez Álvaro. Chicuelo. O chicuela.

Una estación de autobús no pertenece a este mundo. Es una singularidad cuántica a la que se llega doblando la esquina, con puertas de cristal y papeleras de diseño: es la sordidez elevada a big bang. Por no hablar de salir a la puerta a fumar. Tú sales a fumar a la puerta – acristalada, automática – de una estación de autobús y no vas realmente a fumar – que también – sino sobre todo a realizar un estudio de campo. Entomología, o lo que sea eso. Y a quedarte sin tabaco, eso también. En este sentido, la puerta de una estación de autobuses es como una trinchera de la I Guerra Mundial: si enciendes un cigarro, repartes. Solo que aquí los otros llegan al asalto. A mí una vez en Lisboa que salí a la calle a fumar a las tantas casi me soplan un paquete de Lucky entero. Era un poco the walking dead, aquella horda de hombres que me empezaron a salir de ninguna parte, como los bichos en verano cuando enciendes una luz en la terraza. Y bueno, prendes el cigarro, pam pam, un par de caladas de esas nerviosas de me acabo de chupar cuatro horas de viaje y vengo con el mono tocando la pandereta, repartes a este que viene, oye tú, al otro, mira amigo, al que viene más tarde, una pregunta muchacho, todos con buena cara, y ya después te pones a mirar: de todo hay, como en un tríptico del Bosco. Están los nerviosos, los tranquilos, los que no hablan a gritos por el móvil, que mira que llego a las nueve, no a las nueve, a las nueve te digo, ¿me oyes?, a las nueve, no, a las nueve no, o sí, no espera, sí, a las nueve, a las nueve llego, que estés o te crujo, sí, a las nueve, los taxistas, uno que toca el acordeón, una que pide con el crío colgado del pecho, uno que mira desconfiado, el que no suelta la maleta, el que se tienta el bolsillo como si buscara una pistola, el que guiña los ojos, la que saca un espejito y se pinta, el que espera a la novia, el que va al funeral de su padre, el que vuelve adonde quiera que sea que vuelve porque lo han echado del curro y a ver, todo y más, porque las estaciones de autobús nunca defraudan.

Hablo con conocimiento: yo cojo muchos autobuses y me gusta llegar con tiempo, así que tengo un máster en estaciones. Un tema: ¿quién las diseña? ¿quién las decora? Hay de todo. La estación de Jaén, por ejemplo, tiene un no sé qué, quiere ser bonita, no lo consigue por poco, pero tiene cierto algo: una fachada elegante, un vestíbulo como la sala de espera de un ambulatorio de barrio de los años ochenta, unos servicios donde algún día rodarán la decimoquinta parte de Saw, unas dársenas a cielo abierto. Que por cierto, no sé si se dice dársenas. A mí eso siempre me ha sonado a barcos, no sé por qué, pero la palabra es bonita. Yo la escribo y listo. La de Granada es grande, luminosa, prefabricada, espaciosa, con un bar que parece un bingo, fea. La de mi pueblo no existe: el autobús para en una plazuela. Méndez Álvaro, ya está dicho, es mundo aparte. El top tres de lo chungo, lo hard, lo todo, yo lo tengo claro.

Está Avenida de América. Que es una de las de Madrid. Pertenece a la categoría de estaciones subterráneas y desde que yo recuerdo está en obras. El acceso en metro ya te pone el cuerpo malo, todo pasillos de esos que nunca se terminan. Y escaleras mecánicas de esas que nunca funcionan. Y tornos satánicos, de esos que te miran y te dicen: ven, bonito, con ese maletón, que verás que risa. Luego la estación en sí es pequeñita, tiene varios niveles, como el infierno de Dante, y a medida que subes llega un momento en el que el aire incluso se puede respirar. Tú en Avenida de América siempre tienes la sensación de que alguien te va a pegar un tiro por la espalda. Es una puta alegría.

Después está la de Burgos. Que es fea, y subterránea. Y redonda. No ovalada. Redonda. Esto pasa mucho con los arquitectos de hoy en día: que fuerzan las cosas para resultar originales y terminan haciendo unas gilipolleces que no me veas. Yo es que me lo imagino, al hombre, o la mujer, al que fuera, allí en su estudio, con sus reglas y sus lápices: vamos a hacer una estación de autobuses redonda, ¡que eso no lo ha hecho nadie! ¿Sabes por qué? Yo te lo digo: porque es una mierda. Los autobuses no pueden dar la vuelta, se monta un pifostio cada cinco minutos, y te mareas, y te equivocas de autobús, si andas como tonto, o con resaca, y a lo mejor en vez de llegar a Santander terminas en Castellón. Eso sí: hay un reloj grande que me gusta.

And last but not least, and actually, the most loquesea of all, está la estación de Torrelavega. Y aquí aclaro: yo, al contrario de lo que opina el noventa y nueve por ciento de la humanidad, no considero que Torrelavega sea una ciudad fea. Pero esa estación. Ay. ¿Quién hizo eso? Y más importante: ¿está en la cárcel? Tú entras a mear en la estación de Torrelavega y entras en El Resplandor: una azulejería, una poca vergüenza cromática, unos espejos y una profundidad de campo que solo falta un Jack Nicholson poniendo caras, porque lo demás está todo. Y también es redonda, claro. Y subterránea. Y venga luz amarilla, fluorescentes a morir, así sean las doce de la mañana, ni ventanas, ni siquiera una claraboya. Y me contaron que hicieron la entrada tan baja que los autobuses no entraban. Otra vez: ¿quién hizo eso, y por qué odiaba tanto a la Humanidad?

En fin. Mi conclusión es esta: viajad en autobús, si sois jóvenes. Y cuando entréis en una estación, abrid bien los ojos, fijaos en todo. Y si fumáis no seáis tan zorros de aguantaros las ganas por no salir por miedo a que os pidan. No hombre, no. Fumad, dadle tabaco a la gente. Dadme tabaco a mí, si coincidís conmigo en una estación de autobuses y os pido porque no tengo. Y poco más. Yo mañana me voy de viaje. Pero me da que cojo el tren.

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2 respuestas a Estaciones de autobús

  1. Y yo cojo autobús mañana, y seguro que soy más viejo que tú 🙂 Ahora, eso sí, con trampa: vuelvo en tren… Yo en la estación de Madrid me imaginé incluso un duelo a garrotazos, como lo de Goya, en un relatito de corte bukowskiano. A ver si lo encuentro alguna vez por ahí, y lo pongo, a tu salud. Qué manera de escribir, felicidades otra vez, un abrazo!

    • Voy a confesarlo: voy en tren porque los horarios del autobús son un desastre y no llego con tiempo para la Final de Copa…

      Cuelga el relato, que tiene buena pinta, y no nos dejes con las ganas de leerlo!

      Un abrazo

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