Libros

bc51fae49cee225_bibliotecaDos mil seis, o dos mil siete. Fue un año de esos. No fue un buen año. Más que un año, duró lo que dura una temporada de fútbol: de verano a verano. Y no era, como empezaba Dante, la mitad del camino de la vida. Vivía en una habitación muy chica, en una ciudad muy grande. Había cosas que hacer. Pero yo no tenía demasiadas ganas de hacer nada. No cuento, solo apunto, os hacéis a la idea. No fue un buen año. Pero todas las semanas me sacudía la autocompasión y medio a la fuerza me iba hasta Cuatro Caminos y cogía un autobús y me plantaba en el Barrio del Pilar, porque allí estaba la única biblioteca de la ciudad que yo conocía. En cuanto a bibliotecas, como en cuanto a librerías, como en cuanto a ciertas otras cosas, me dejo acomodar, de manera que una vez que conozco los márgenes, las signaturas y las estanterías, me cuesta mudarme, así me pongan delante un edificio de diseño con primeras ediciones de Faulk. Y bueno, eso hacía. Daba igual si llovía, si hacía frío, si tenía el día gilipollas: sacaba tres libros y me los leía a lo largo de la semana. Repetía la operación una y otra vez. Le calculo cien libros. La mayoría los he olvidado. Otros no. Hice una lista, incluso, pero se me perdió.

Rebuscaba. Daba vueltas. Leí a Fante por primera vez gracias a aquella biblioteca del extrarradio, el Pregúntale al polvo, en una edición extraña, bonita, sin prólogo, y recuerdo una conmoción con la escena en la que Bandini se comía una bolsa de naranjas y se lamentaba un poco de toda su pena, con aquella manera que tenía Fante de lamentarse, como sin ganas, quitando importancia a su sufrimiento, como un comensal educado. Por lo general cogía los libros a ciegas. Sin referencias. Descubrí, descubrí. A Boris Vian, a Raymond Queneau, a Ray Loriga, a Paul Auster, a Knut Hamsun, a Kurt Vonnegut. Si un escritor me resultaba interesante leía todo lo suyo que encontraba por los estantes. No fue un buen año, pero me reí a carcajadas con Zazie en el metro. No fue un buen año, pero lloré de alegría leyendo a Vian. Recuerdo La hierba rojaEl otoño en PekínEl arrancacorazones, la suavidad de la escritura, las extrañas ilustraciones de las portadas. Y si me lo encontrara mañana, a Boris, tomando una cerveza en una terraza, me acercaría y lo abrazaría y le diría que muchas gracias, muchas gracias de verdad, Boris, franchute mío, por atizarme con las palabras en toda la gilipollería – en realidad lo miraría desde lejos, pensaría que bajito es, y míralo que repeinado, y no me acercaría, porque soy tímido, pero Vian está muerto, da igual, y me gusta pensar que reuniría las tripas necesarias para invitarlo a una ronda – que tenía yo por entonces.

Más de cien libros. He olvidado la mayoría. Otros no. Dos mil seis, o dos mil siete. No fue un buen año. A Curzio Malaparte lo descubrí de puta casualidad. No sabía nada del tito M. por aquel entonces. El libro era La Piel, y recuerdo que pensé que un hombre con un nombre así tenía que escribir bien a la fuerza. Y no me equivoqué. Leía, leía. Era como una enfermedad. Era maravilloso. Uno conseguía irse, reptando entre los renglones, de las cuatro paredes, del techo adonde iba a parar el humo de los cigarros, del patio interior, de su luz gris y sus cuerdas de tender, mohosas y viejas, del pasillo oscuro que recoveaba y del ascensor que bajaba a la calle, donde de todas formas tampoco había gran cosa que ver.

No tenía prisa. No tenía ambiciones. No tenía pesadillas. No tenía frío. No tenía miedo. No tenía calor. Fuera de los libros yo era un sonámbulo. Pisaba las hojas en la acera, pero no escuchaba los crujidos. Me metía en el metro, bajaba y subía las escaleras, me miraba en el reflejo negro de la ventana del vagón cuando atravesaba los túneles. Dentro de los libros me podía reír, las horas volaban, las cosas parecían siempre fáciles. Viajé con Bardamu a Londres, me subí al Pequod con Ismael, me morí un poco con Joseph K. y me di una vuelta por Moscú con Voland y con Margarita. En un callejón de Los Ángeles me saltaron dos dientes una noche que salí de colegueo con Philip Marlowe. En un motel de carretera Lolita y yo nos registramos con nombres falsos para no levantar sospechas.

Dos mil seis, o dos mil siete. No me acuerdo. No fue un bue año. Sí fue un buen año. Cien libros. Ciento veinte. La mayoría los he olvidado. Otros no. Pero todos me dieron cosas. Tiempo, secretos, palabras que tengo escondidas en una carpeta azul que no enseño a nadie. Me dieron aire, todo eso. Me hicieron ver las cosas con perspectiva. Me agarraron así, dos bofetadas, ríete chico, y estate a la vida. Me hicieron sentir especial. Y también lo bastante valiente. Aprendí que mientras tuviera libros nadie podía hacerme daño, y por eso digo que gracias.

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