Da igual

IMG-20140408-WA0001Voy a escribir esto en cinco minutos y con resaca. No voy a borrar, ni a releer, ni a mirar atrás. Tengo una cerveza, y esto va a durar lo que dure la cerveza. He estado dos días quemando ramón, perdido, rollo intensivo. Después nos íbamos al bar. Yo qué sé. Han sido dos días raros. Dios ideó muchos trabajos para putear al Adán y a la Eva por pegarle el bocado al pero satánico y viboroso. Las olivas tienen lo suyo. Y de todo lo que se puede hacer en las olivas lo puto peor es lo de quemar ramón, que vendrá de ramas, la palabra, digo, porque los sacrificios humanos aquí no se llevan. Ya. ¿Qué escribes? Yo qué sé. Es poner palabras. Y nada más. Ahora un punto. Ahora una coma, y sigo. Tú vas ahí tempranito, con los motosierras, el sueño, la pena, un pato que se echa a volar cuando el coche atraviesa el puente, por encima del río que trae las aguas removidas, de las lluvias y del deshielo. Y unos cortan las ramas, que cuando caen hacen un ruido que es como un zumbido que es como un crujido que es como una sombra a través de un pasillo. Y luego haces una lumbre muy grande, y vas echando ramas. Y hará calor, porque estamos en primavera, en Andalucía, el sol aquí se lo trabaja, tu cogote y tu espalda, te va amasando la piel y los ojos y las manos, pero es lo que hay. Y a media mañana comer algo. Talar, cargar la leña, me estoy quedando sin adjetivos, tengo el día tonto, una puta semana larga, es una lástima, a veces, cuando los días pasan sin lustre. ¿Y qué estaba contando? Talar, cargar la leña, eso era, para el invierno, para la lumbre, para cuando haga frío, solo que en la fábula de la cigarra y la hormiga yo siempre entendía mejor a la cigarra, era un poco puta la hormiga, con su maletín, su traje barato de comercial, su viva el currele y vamos guardando para cuando no haya. Al final la cigarra se moría, me parece, tampoco me contaron demasiado ese cuento de chico – y yo lo agradezco – pero se pasó un verano de puta madre, mientras la otra gilipollas lo doblaba. Y al final es preferible vivir en verano y morir en invierno que no vivir nunca. Luego te vas al bar. Son sitios curiosos. Campos de batalla de hombres, que van a enseñar boca, a contar chistes. Y que a partir de la tercera copa se empiezan a poner filosóficos. Dicen cosas. Esto, suelta uno mientras señala la mesa llena de comida y bebida, es lo único que nos vamos a llevar. Fuman, sonríen, dicen esto, lo otro, de mujeres, de críos, y van echando la cuenta de los años hacia atrás. Se habla de fútbol, por ejemplo, del Madrid que casi la caga contra el Dortmund el martes. Que susto, ¿eh? Hay que joderse. Y uno dice si llega a entrar la del palo, y otro responde que tócate la polla y que si llega a entrar el penalti se acaba el partido. Todo eso. Se dicen cosas que no se pueden contar aquí. Por la resaca, porque me falta talento. Así que el camarero va y viene. Esto está bien. Es sano. Sirve para olvidar. Que hace unas horas estabas sudando y temblando y debajo del sol y de todo el calor y a punto de potar el bazo. Es como volver de la guerra. Vivo. Y yo creo que a la vida hay que echarle su mijita de épica, su sal, su pimienta, su poquito de romanticismo, para que así las horas que se te van escapando se vayan aliñadas con algo que merezca la pena. Algo que después recuerdes.  Me queda un trago y ya, así que voy a ir terminando. Creo que lo que quiero decir es esto: que cualquier día del que puedas escribir después es un día salvado.

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