Dortmund

Jurgen-Klopp-2013-Desktop-WallpaperHoy es miércoles. Yo a veces los miércoles me vengo aquí, me enciendo un cigarro y me pongo a decir cosas. Es que no me gustan los miércoles. Son el peor día de la semana, sobre todo si trabajas. Están en medio, ni sí ni no, todavía te acuerdas del lunes y falta un rato para que sea viernes. Tú me dirás. Un miércoles es como una paloma muerta: no hay por donde cogerlo. Y que nombre tan feo: miércoles. Hasta me lo marcan con una X en los calendarios chicos esos que se llevan en la cartera: le ponen una M al martes y una X al miércoles, por distinguir, y por hacerle un poco de bullying. Me parece bien. Yo nací un sábado y en verano. A lo mejor por eso me gusta tan poco trabajar, los días entresemana y que llueva. No tardo mucho en buscarme excusas: lo mío es predestinación, y no vicio.

Los únicos miércoles buenos son los miércoles de primavera cuando el Madrid juega la Champions por la noche. Esto es serio. Lo malo es que el día se pasa muy lento. ¿Cómo era eso de Shak en Romeo y Julieta? Lento camina el amor, como un niño al colegio. Una cosa así. Igual me lo estoy inventando. Lo que sí es seguro es que lo decía Mercucio. O no. Igual también me lo estoy inventando. Mercucio molaba. Era un cachondo. Y que bien se moría, en el tercer acto, después de soltar por la boca todos los chistes verdes del mundo. Le gustaba eso a Shak, retorcer las palabras, venga darles vueltas, las descabezaba, las mareaba, las ponía a tender al sol cogidas con pinzas para que el público soltara su poquito de risa mientras Mercucio vacilaba a las criadas con dobles sentidos guarros.

Que hoy hay fútbol. Jugamos contra el Dortmund. Son gente que va de amarillo. El año pasado ya nos dieron lo nuestro. Íbamos de listos, se comprende. Así que no las tengo todas conmigo. A mí el Dortmund me gusta. Me gusta el nombre, es sonoro. Lo de Borussia me gusta menos. Suena a perfume malo. Debe ser una ciudad coñazo, Dortmund. Hablo sin tener ni puta idea, claro. Es solo que no conozco a nadie que haya ido a Dortmund. La gente va a Berlin, a Frankfurt, a Colonia, a Hamburgo. Pero Dortmund… nadie ha estado nunca en Dortmund. Un poco como Albacete aquello. Es un poner. Me gusta el Dortmund – estoy aprovechando para llenar de Dortmunds este párrafo porque cuando una palabra suena tan de maravilla como una bofetada en la cara de un cabrón uno tiene que escribirla mucho: no sabes cuando podrás utilizarla otra vez – y me gusta Klopp, que es el entrenador del Dortmund – bofetada – y que habla como si fuera una persona normal – todo lo normal que puede hablar un alemán, se entiende – y se ríe mucho. Y que piños tiene, muchacho. Para cincelar mármol. No sé. Espero que ganemos. Quiero que ganemos.

De todas formas a mí el Madrid últimamente solo me da disgustos. La última alegría grande de verdad fue la segunda Liga de Capello. Hace ya de eso. Estaba Calderón de presidente. Que era como un Mendoza con Coca Cola Zero. Al Madrid, siempre lo he dicho, le pegan más los presidentes de ese palo: canosos, mafiosos, de whiskeria y cachondeo. Al Madrid lo que le sienta bien es la poca vergüenza. Eso es así. Aunque duela. Florentino no. Que no. La liga aquella. Ay. Que año de calentones aquel. Cuanta lujuria. Cada remontada era un polvo, y cuanto peor jugaba el equipo mejor era el polvo. Y el equipo jugaba de pena. Y que era una risa. Era todo improvisación, cutrerío, dolía verlo, eran polvos de portal, de pronto se abría el ascensor y había que disimular, el vecino se quedaba mirando con los ojos así, un poco a la chica, un poco a la bragueta a medio abrochar y un poco a las dos caras rojas, era estupendo aquello, que bien lo pasamos. Luego ya no. El Madrid se ha vuelto aburrido. No hay quien lo saque de lo cama. Lo primero que hacen los futbolistas cuando llegan al Madrid es cortarse el pelo. Lo segundo, peinarse. Así no hay manera. La emoción es lo que falta. 

Al final he acabado hablando de fútbol. No pasa nada. Es miércoles. Los miércoles son días de mierda. Hay que llenarlos con algo. De la Décima no diré nada todavía. Tenemos una relación complicada, la Décima y yo. Así que silencio. Como Hamlet. Que se llevaba toda la obra hablando sin parar y cuando la palmaba quería que todos se callasen. Con dos huevos, Ham. Ya habrá tiempo de hablar de la Décima. Habrá tiempo, sí, para hacerse ilusiones, poner la cara, y que nos la parta el Bayern. O la realidad. Como siempre. Es que si has nacido en sábado y en verano es muy difícil no tener el día fatalista un miércoles que llueve.

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