Hey ho, let’s go (III)

Dee Dee RamoneContar la historia de los Ramones es difícil. Fueron veinte años. Y a mí no se me da bien andar en línea recta. Soy de ir y venir, por esta calle, la otra, despacio, me entretengo, piso los charcos, me paro en un bar. Ponte que vas con la música en el móvil y empieza una canción: I wanna be your boyfriend o Havana Affair o Today your love tomorrow the world. Una de esas. Estamos suponiendo. Estás escuchando entonces el primer disco de los Ramones, los guitarrazos y el pumpumpumpum de la batería y el bajo de mi Dee Dee apuntalando la melodía. Ese disco no tiene nombre, solo una portada en blanco y negro: cuatro tíos raros con cara de no sabemos exactamente qué hacemos aquí pero aquí estamos, hemos venido, somos el punk y mira la cara de tolais que tenemos, ¿sí? pues cuando le des al play te vas a quedar con el culo pegado a la silla. Pónlo y me cuentas. Eso parecen decir. Eran un puñado de canciones, collejones para los niños arty, lo menos cool de la primavera de Nueva York de los años setenta, dos minutos por coplilla y pídeme otra. No future, todo eso. Estos chicos no tenían tiempo para virguerías. Lo contaba Johnny Ramone: que le enervaban las pajas armónicas de los grupos de la vanguardia y el progresivo, porque aquello no era la emoción, aquello era el espejo de la madrastra de Blancanieves y el sácame guapo, anda.

Los Ramones no eran guapos. Eran peligrosos. Johnny quería partirle la cara a los Sex Pistols, solo porque eran chicos de diseño de Londres, solo para volver a casa y contarlo de vacile en la tasca. Y el más peligro de todos era Dee Dee. Por la inconsciencia. La voladura total. Hay gente que te absorbe, te arrastra, que se queda a dormir y te pota el sofá, que se mete en peleas, se olvida de llegar a su hora, se detiene a charlar con los locos, gente que se queda sin tabaco a las cuatro de la mañana y chulea todos los cigarros del mundo en la cola de ir a mear, que nunca dicen que no, que te miran con los ojos de un chavalillo que acaba de romper de un patuscazo la vidriera de una iglesia, que te meten dentro de su caos, te descolocan, te despeinan y se van como la sonrisa de una chica guapa, dejando un rastro de ¿qué ha sido eso? en el aire. Yo no sé nada de Dee Dee Ramone, que al fin y al cabo lleva doce años muerto, pero sospecho que era de esa clase de gente.

Dee Dee se llamaba Douglas Glenn Colvin. Y ahora aquí meto un dato: Ramone era el seudónimo que Paul McCartney utilizaba para registrarse en los hoteles, supongo que para despistar, cuando iba de farra o puteo. Ese fue el nombre que mis chicos eligieron para la banda y para apellido para la historia. Douglas fue drogadicto, chapero de ocasión, compuso la mayor parte de las canciones, sobre todo al principio. Los primeros discos: Leave HomeRocket to Russia, cuando los Ramones todavía conservaban un poquito de fenómeno del momento y los chicos que movían el cotarro en NY se pasaban a verlos cuando tocaban. A los Ramones, putada, les pasó que fueron pioneros, ellos lo contaban con resignación y lucidez, abrieron el camino, y los que vinieron por detrás se llevaron la gloria. Esto pasa. Pasa mucho. Los Pistols con su postureo y los Clash con London Calling les quitaron las novias. Pero hubo un momento en el que los Ramones fueron lo más, pura portada de dominical, toda la Gran Manzana comiéndoles la oreja. Y todos querían follarse a Dee Dee por aquel entonces, porque Dee Dee tenía esa cosa de chico, yo no necesito cortarme con cuchillas de afeitar para que te quedes con mi cara. Era un macarrilla genuino, todo le sudaba tres pollas. Los Ramones no aguantaron el tirón, claro, porque eran perdedores con actitud y no servían para irse de copas con Warhol. Lo más que podían hacer con Andy era partirle un botellín de cerveza en las canas. Y meársele después en la alfombra.

Dee Dee aguantó en el grupo hasta el 89. Ellos decían que después de grabar el End of the Century con Phil Spector y no petarlo se dieron cuenta de que nunca alcanzarían el estrellato. Se pasaron de moda, simplemente. ¿Les importó mucho? Supongo que un poco les jodió. Pero siguieron con su rumba. Hay que aplaudirles por eso. Se pasaron los ochenta grabando discos estupendos, moviéndose por aquí y allá, hacia el rock, hacia el hardcore, sin perder nunca de vista ni la furia ni la sencillez de las primeras canciones. En algún momento de los primeros años, un diseñador colega llamado Arturo Vega les hizo un logo molón. Y venga a vender camisetas. Esas camisetas yo veo que ahora se las ponen chavales que acabarían traumatizados sin se quedaran encerrados cinco minutos en una habitación con Dee Dee, un mechero y una cucharilla. A mí me da igual: que se pongan lo que quieran. No me escandalizo. No soy de esos. Al fin y al cabo son camisetas bonitas, yo tenía una, me la ponía mucho, cuando ya no dio más de sí le hice un funeral y todo, muy sentido aquello, pero esa es otra historia, ya la cuento otro día. Ahora las hacen de colorines, las vende hasta Amancio Ortega. Es, al fin y al cabo, la última ironía. Losers hasta el final, mis Ramones, por eso hay que quererlos.

Como veis, voy doblando esquinas, me meto por callejones. Esto venía a cuento de que ahora me toca hacer un poco de wikipedia – lo voy postergando, podéis saltaros este párrafo si queréis – para contar que la formación se fue tambaleando con los años. Resumiendo: Joey y Johnny se mantuvieron todo el tiempo. Dee Dee, ya se ha dicho, se fue en el 89, aunque siguió componiendo canciones para los discos nuevos. Se puso el pelo de punta, se colgó un despertador del cuello y sacó un par de discos de rap. Tampoco le hicieron mucho caso. Se hacía llamar Dee Dee King. Era un cachondo. A Dee Dee lo cambiaron por un chaval que se llamaba C.J., imberbe todavía, que me los alegró un poco a los otros, estiraba de ellos en los conciertos, porque los años pesaban y el cansancio también. Lo más difícil son los baterías. El primero se llamaba Tommy. Grabó los tres primeros discos y lo dejó. A lo mejor no llevaba bien las peleas en las furgonetas, las amenazas a navaja, los insultos, los comportamientos esquizoides, las papelinas y lo demás. Puede ser. Vino Marky, que estuvo unos años hasta que lo echaron por alcohólico. Trajeron a uno que se llamaba Richie, que llegó incluso a componer algún single, pero también lo terminó dejando, porque al parecer los otros no le daban mucha bola. Luego estuvo Elvis, really, Elvis Ramone. Y al final tuvo que volver Marky, más tranquilo y eso. Hay que querer a Marky. Es el cuarto, te pongas como te pongas. Y sigue vivo y girando con una banda tributo.

Y ya voy a ir terminando, porque me puedo tirar con esto hasta mañana. Los Ramones se separaron en el 96. El último disco se llamaba Adiós, amigos. En español y con trece canciones muy buenas. Estupendo para despedirse. Cerrar la puerta con estilo. Dee Dee se pasó unos años viviendo en Argentina. Los argentinos adoraban a los Ramones, con buen criterio. Allí eran como presidentes, más que los Rolling Stones, y cada vez que bajaban a tocar se formaba un Pentecostés. Yo creo que se lo pasó bien por allí, el Dee Dee, con su novia y su merca. No se molestó en aprender el idioma, ¿para qué? Tenía la mirada de adolescente cabrón y la sonrisa juerguista, con eso ya lo entendían. Luego se casó, se mudó a Hollywood y un día de junio del año 2002 se lo encontraron muerto. Una sobredosis de heroína. Hay gente que lo lleva escrito. Pero el Dee Dee se lo pasó bien. Y nos lo hizo pasar bien a nosotros. Así que no hay que ponerse tristes. En su tumba dejó dicho que le escribieran una línea de una de las muchas canciones que escribió para los Ramones: I feel so safe flying on a ray on the highest trails above. Me siento tan seguro volando en un rayo por encima de las rutas más altas. Y más abajo: OK… I gotta go now. Vale… ahora tengo que irme. Eso pone, con puntos suspensivos y retranca de yonqui.

Y poco más. A mí los Ramones me gustan mucho. Esta de aquí abajo es mi canción favorita, no sé por qué. Se llama Poison Heart. Es de las últimas, años noventa, cuando cantaban desde el olvido, como muertos prematuros. El principio dice: nadie pensaba que sobreviviría, un chico indefenso que salió a caminar. Pero sobrevivieron. Lo bastante. Y lo hicieron muy bien. Y ya doy el último volantazo y me voy: en el 84 sacaron un disco que se llamaba Too tough to die. Fíjate en el detalle: todas esas tes convierten la pronunciación del título en desprecio puro y en chulería. Demasiado duros para morir. Se lo decían así, elegantes, a la muerte puta. Pues eso.

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