Hey ho, let’s go (II)

johnny-y-joeyJoey cantaba. Y ahora imagínatelo: un tío de 1’98, todo desgarbo, los pelos tapándole los ojos, miope perdido, un TOC de la hostia, carnaza de collejas viviendo en su mundo de raro, con una familia destartalada, madre drogota, un hablar lento, un chaval que se sabe mirado y señalado por la calle, esnifador habitual de pegamento y barniz desde la pubertad. Solo un muchacho que quiere escapar. Mira y no le gusta lo que ve. Las canciones de amor eran suyas. Esas llenas de shalalalas y estribillos melódicos siempre las escribía Joey, que era un romántico que nunca sabía muy bien qué calle tenía que coger para llegar a casa, ni tampoco por qué la chica de las canciones no estaba allí cuando por fin daba con el camino y abría la puerta y se encontraba un cuarto vacío. Y cuando se subió por primera vez a un escenario, vestido de Ramón, con el cuero y los pantalones rotos, su propio hermano preguntó: ¿quién es ese tío?.

Johnny tocaba la guitarra. Míralo: es el chavalito que camina furioso. Los otros nenes se cambian de acera cuando lo ven venir. Les zumba a todos. Les roba. Les da de hostias. Y le gusta. Está cabreado. Con el mundo y contigo. Ni siquiera él sabe por qué. Es la jungla, y le encanta. Pero un día de mucho sol el muchacho contempla su sombra, y se asusta. Decide cambiar de sombra. Y cambia. Se convierte en un ferviente devoto del autocontrol. Cuenta sus miradas, mide sus palabras. Traza una raya en el suelo y decide que nunca la cruzará. Ahora es un hombre frío. Es el jefe de la banda. Firma los contratos, lleva las cuentas, decide dónde y cuándo se toca, cuánto se cobra, quién está fuera y quién está dentro. Carga su vida a cuestas como una cruz. No sonríe. No bromea. No está para tonterías. Johnny Ramone es un hombre serio. Toca la guitarra. Y es el jefe de la banda.

Una noche cualquiera, un concierto cualquiera. Cada vez que Joey mira a su izquierda ve a Johnny. Cada vez que Johnny mira a su derecha, ve a Joey. Están trabajando. No se hablan. Se odian. Son dos enemigos en la misma trinchera. Joey es un hippy liberal. Johnny es un neocon salvaje. Joey sonríe como un niño que acaba de despertar de la siesta. Johnny amenaza con partirle la cara a todo el mundo. En los setenta Joey tenía una novia que se llamaba Linda. Johnny se enamoró de Linda. Linda se fue con Johnny. Linda y Johnny se casaron. Joey se quedó roto. Joey le escribió canciones. La más famosa es esa que dice: El Ku Klux Klan se llevó a mi chica. Johnny tiene que tocar esa canción en todos los conciertos. Y sabe perfectamente que él es el Ku Klux Klan, y que su esposa es la chica.

La historia es esta: los dos únicos Ramones que permanecieron en la banda desde su fundación hasta su disolución, más de dos décadas, pasaron 18 años sin hablarse. Trabajaron juntos, viajaron juntos, durmieron en los mismos hoteles, dieron entrevistas, shows en el extranjero, se sentaron frente a frente en el autobús, pero nunca se dirigieron la palabra más allá del protocolo cuando enfocaban las cámaras.

Joey lo ve así: ¿qué clase de chica se va con semejante comemierdas aburrido? Johnny lo ve de otro modo: es feliz, lo suyo con Linda no es pose, no es un capricho, ni un calentón, permanecerán juntos hasta el final, sin arrepentimientos, sin vista atrás, es la vida, así es la cosa. Joey se siente despreciado: perder a la chica acentúa su complejo de eterno perdedor. Johhny se siente culpable. Ha aprendido esto: que ciertas cosas escapan a su control, que a los hombres fríos también les hierve la sangre, que siempre que se elige se pierde algo, que todo tiene un precio, y que el precio siempre se paga. Cada vez que estos dos hombres se cruzan, y tienen que hacerlo continuamente durante veinte años, ven en el rostro del otro todos sus fantasmas personales, todos sus complejos y todas las cosas que no quieren ver pero que no pueden dejar de mirar.

Mientras tanto, la banda sigue a lo suyo: grabando discos, girando. La música y Linda son los únicos nexos de unión entre el cantante y el guitarrista. El silencio es su campo de batalla: un reproche continuo. El resto del grupo se las apaña. Después de todo, son profesionales. Dee Dee tiene una novia nueva cada dos por tres. A veces viene arañado, a veces trae un diente roto, a veces una de las chicas le amenaza con una navaja. A Dee Dee le da igual. Pasa por la vida sin que la vida le toque: siente que fuera de él no existe nadie, y que finalmente todo le será perdonado. A la gente le cae bien Dee Dee, siempre que no se quede a dormir. Es uno de esos huracanes que te tira las sillas y te pone la existencia al revés. Le pega a la droga y compone canciones y actúa como la pared maestra que impide que el edificio se venga abajo. Otro día hablaremos de Dee Dee, que sonreía como un niño travieso, porque la vida no lo tocaba.

Estábamos con Johnny y con Joey. El 6 de agosto de 1996 los Ramones dieron su último concierto en Los Ángeles. Veinte años después se bajaron de la furgoneta y cada uno siguió su camino. De alguna manera ninguno lo encontró. Johnny se recluyó en su mansión, con Linda; allí rumiaba la incomprensión del público, coleccionaba pósters de viejas películas de serie B y hacía campaña por el Partido Republicano. Joey siguió con sus transtornos, sus canciones y sus shalalalas. Dee Dee se pasó al rap, grabó algunos discos, se drogó y sonrió y vivió una temporada en Argentina. Marky tocó la batería en distintos grupos. Hubo algún amago de volver a reunir a la banda, pero para entonces Joey ya estaba demasiado enfermo. Murió el 15 de abril de 2001. Un linfoma. Poco después se publicó su primer disco en solitario: el single era una versión de What a wonderful world.

El epílogo de la historia cuenta que después de la muerte de Joey a Johnny le faltó de repente el suelo. Se derrumbó. Se le cayó toda la culpa encima. Le quité la novia, me casé con ella, era un chico débil, era un buen chico, era un chico enfermizo, cantaba bien, y nunca me senté a beber una cerveza con él, Joey, muchacho, vamos a hablar un poco, y se estaba muriendo y yo sabía que se estaba muriendo, y ahora está muerto, y era un buen chico, un chico enfermizo, y a lo mejor su rencor solo era miedo, cantaba bien, y nunca me senté a beber una cerveza con él, Joey, muchacho, una palmada en la espalda, se me ha ocurrido un título de la hostia para el siguiente disco. Johnny se metió dentro de una depresión de la que fue incapaz de salir. Prueba de que era de verdad, todo lo que tenía por dentro. Tantos años después se le volvió a aparecer el niño inseguro que caminaba cabreado por la calle. El armazón que se había construido se le llenó de costurones. Se murió en 2004, tres años después, de un cáncer de próstata. Peleó, igual que Joey peleó con lo suyo. Los dos perdieron, porque eran perdedores natos. La historia de los Ramones es la historia de una derrota continúa. Son pura literatura.

Es probable que antes de morir Joey se arripintiera de haber escrito aquella canción en la que estribilleaba que el Ku Kluk Klan le había robado a la chica. Esa canción que tocaron tantas veces, J y J, mirándose el uno al otro de reojo, viendo fantasmas. Aparentemente se odiaban, se depreciaban, eran enemigos dentro de la misma trinchera. Solo aparentemente. Ahora los dos están muertos. Y yo escribo sobre ellos.

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4 respuestas a Hey ho, let’s go (II)

  1. voulere dijo:

    Me ha encantado! ; )

  2. Yem dijo:

    Gran gran nota, excelente la manera de reflejar el pequeño / gran infierno que se pudo haber vivido en cada recital, gira, ensayo.
    Abrazo desde Argentina.

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