Hey ho, let’s go (I)

ramonesforeverEsas palabras, cuatro monosílabos, así empezaba la primera canción del primer disco de los Ramones. La canción se llamaba Blitzkrieg bop, el disco ni siquiera tenía título. Era 1976 y, purismos puntillistas aparte, eso era el punk entrando en el bar y pidiendo con mala cara una copa. Hablando de lo mismo, voy a por una cerveza, para brindar por los chicos. Ole los Ramones. A mí es que me gustan mucho. Y me duele, un poco, que me los tengan arrinconados, en una esquina del sofá, como a una visita molesta. Se me murieron ya casi todos: la mala vida y la enfermedad. Primero se murió Joey, que cantaba. Después Dee Dee, que tocaba el bajo y compuso casi todas las buenas. Y al final Johnny, que era el guitarrista del flequillo lacio y era también mi Ramón favorito. Tocaron juntos veinte años. Y con todas las drogas y las peleas y todo lo que tú quieras solo cancelaron un concierto, una vez en dos décadas, por una borrachera épica de Marky, que en rigor es el cuarto Ramón, el batería que más tiempo aguantó. Eran gente seria. Cumplidores como un asesino a sueldo. Y la banda de rock más infravalorada de todos los tiempos.

Eran puros, cuatro acordes, un guitarreo insistente, una batería que te perseguía como un coche de la Guardia Civil, dos minutos y ya está, tócate otra. Eran sencillos, pero no eran simples. Después me los copiaron los Clash, los Sex Pistols. Y ahí ya se vino el teatro abajo y empezó todo. Siempre conservaron cierto ramalazo pop: las canciones se sostienen sobre una melodía bien marcada, una voz clara que te lleva de la mano por un pasillo oscuro. Te contaban que se habían pasado la tarde esnifando pegamento y buscando pelea. Podían hablarte cosas sobre cuchillas de afeitar, sobre el pelo de las chicas, sobre caminar solo por la calle y sobre el desgaste de levantarte todas las mañanas y ponerte a vivir. Tenían chulería, ternura, nihilismo y romanticismo. Y tenían todo eso sin pretenderlo. Yo me los he escuchado de arriba a abajo durante los últimos quince años: no hay nada impostado. Eran así. No engañaban.

Hay un documental que se llama End of the Century. Está en youtube, subtitulado y todo. Cuenta la historia. La cuentan ellos, que todavía estaban vivos. Ahí los ves tal cual eran: unos macarrillas de un barrio de Nueva York con mucho talento para lo suyo. Hay imágenes de los primeros conciertos, encima del escenario de un bar chungo, discutiendo a voces que canción van a tocar a continuación. Literalmente se mandaban a la mierda los unos a los otros, como si estuvieran solos y no hubiera nadie mirando. Ese era el truco. Seguramente querían dar un buen concierto, tocar del tirón todo lo mejor que tenían, soltar todo su calentón sobre el público, pero en lugar de eso acababan a gritos. Porque eran así. Daban miedo. Eran estrafalarios, con los pantalones apretados, las zapas y las chupas de cuero y aquella manera de retorcerse al cantar, abriendo mucho la piernas y dejando caer los brazos para tocar la guitarra. Eran eso. No había truco. Eran de verdad. Eso es el estilo: hacerlo para ti, sin engaños ni alardes. Sin tener en cuenta la opinión de nadie. Estaban convencidos de que eran buenos y querían restregártelo por la cara. No admitían disensiones: ellos tenían razón y tú no. Tenían los hombros caídos de Joey, la cara de mala hostia de Johnny, la sonrisa de niño cabrón de Dee Dee. No actuaban. Uno solo actúa cuando es consciente de la presencia de los otros, y ellos se comportaban como si dentro de sus cabezas extrañas y su música revoltosa no hubiera nadie.

Querían ser famosos, grabar un número uno, follarse a las groupies. Como todos. Pero a diferencia de los demás, ellos se negaron a hacer la más mínima concesión para conseguirlo. Sería a su manera, o no sería. Por eso son así de grandes. Fracasaron con elegancia. No eran estrellas. Eran inadaptados. Chicos al margen, de los que recibían hostias en la escuela y de los que daban las hostias. No eran guapos, no tenían buena planta, no sabían pedir las cosas por favor. En algún momento decidieron mandarlo todo a la mierda. Se dieron cuenta de que no serían portada de las revistas, de que no forrarían con sus fotos las carpetas de las adolescentes. Se dieron cuenta enseguida. De que el mundo miraba para otro lado. Se encogieron de hombros y siguieron haciendo lo suyo: un disco detrás de otro, canciones para los fieles, que hoy los siguen adorando. Los seguimos adorando.

Su música tiene un toque de inconsciencia. Como si realmente no supieran del todo lo que estaban haciendo. Igual no lo sabían. Quien más quien menos todos tenían su crucecita y sus clavos: pequeñas esquizofrenias, trastornos obsesivos compulsivos, impulsos autodestructivos. Eran los raros que se sentaban detrás en el autobús. Los discos de los Ramones son muros de Adriano: los salvaron a ellos y nos salvan a nosotros. Probablemente no sabían hacer otra cosa. Puedes escucharlos una y otra vez. Nunca aburren. Eran tan de verdad que asustan.

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