Ruiseñor, deséame suerte

charles-bukowskiSe pueden decir muchas cosas de Bukowski. Hasta se le pueden poner peros, escupiendo pose por un colmillo, si uno tiene la entraña descolocada. Porque después de todo el hombre la palmó y se volvió mainstream y ahora me lo lee todo el mundo y el google está lleno de memes con versos suyos arrancados de cuajo de un poema cualquiera que se te queda mirando, mutilado y deshojado y triste preguntando ¿y por qué? Se puede dejar uno crecer la barba, hacerse la raya al lado, cascarse unas gafas oscuras y pontificar: que si no es para tanto, que si vaya usted a ver, solo borracheras y soledad y quejas y música clásica y misoginia y misantropía y resacas y potas y simplezas y ese estilo tan visto – porque todos quisieron imitarlo después, bonito – que ya no sorprende a nadie. No sé. Hay gente a la que le gusta mearse en los pedestales en las estatuas. Eso está bien, supongo. Después de todo, yo podría mearme en las tumbas de esa gente sin pasar un mal rato. Delante de la tumba de Bukowski, en cambio, me quedaría muy serio y muy recto, incapaz de decir nada; quizá aplaudiría, pero no con las manos, aplaudiría por dentro, entrechocando el corazón, los pulmones, y el poquito de alma que todavía sé que me queda cogiendo rotondas por entre las costillas. Se pueden decir muchas cosas de Bukowksi, en fin, pero hasta el más recalcitrante de los iconoclastas me reconocerá que el hombre sabía escoger títulos.

Como éste: Mockingbird wish me luck.

Yo empecé a leerlo con quince años. Las novelas y un par de libros de relatos que amarilleaban por las estanterías de mi casa. En mi casa siempre hubo libros, que son cosas maravillosas. Me gustaba el lenguaje, el descaro, la melancolía que uno encontraba por debajo de la sintaxis y las historias de sexo y de bares. ¿Cómo decirlo? Parecía un hombre de verdad, que sufría y no se avergonzaba de sufrir. Después descubrí los poemas. Los encontraba en internet, en páginas web que por aquella época eran áridas como un descampado del extrarradio, sin alardes, ni fotos, sin nada: letras y un fondo azul. Eran los años del instituto, y me pasé muchos recreos en un cibercafé chiquitito, abriendo y cerrando wordpads, pasando los poemas a un disquette, que era una cosa que había antes, cuando éramos más jóvenes. Así fue: como quien desentierra un tesoro. Es un lugar común, pero hay que decirlo otra vez: el escritor grande de verdad es el poeta. Los relatos son divertidos, ingeniosos. Las novelas son una maravilla. Pero los poemas son otra cosa. Era poeta, mi Charles, por encima de todas las cosas, y sabía como arrearte un puñetazo en la boca en el último verso.

Con el tiempo los poemas se han ido publicando. Eso es muy bueno. Ediciones curiositas, bien traducidas, papel que se puede tocar. Puedes pasar el dedo por encima de las palabras, sentarte a mirar sin prisa la estructura quebradiza de los poemas, los versos que se parten a la mitad para continuar en la siguiente línea, se tambalean, como un hombre que acaba de recibir un disparo – en Bukowski la forma es un regalo, no un capricho, los poemas parecen esculturas – y camina abriéndose paso entre una multitud indiferente.

Mockingbird wish me luck. Ese título ha venido siempre caminando detrás de mí. Yo sabía que el libro existía,  que no estaba traducido, no sabía si era bueno o era malo, sabía que era, y que el título se venía a pasear conmigo muchas mañanas. Me cantaba por dentro. Lo he llevado metido por entre medias de las neuronas que me sobreviven. A veces me alcanzaba en la calle, me tocaba el hombro. Me daba cuenta de que estaba pronunciando esas cuatro palabras, sin saber cómo. Y a veces todavía cuando quiero un poquito de suerte se la pido al ruiseñor que se hizo un nido en ese título, que es como una oración. Mockingbird wish me luck, así, como un ritual, pensaba el viernes, cruzando a ciegas un paso de cebra. Es porque todos necesitamos suerte. Eso y respirar. Ponerte enfrente del espejo, de vez en cuando, decirle, a ése que te mira: no te asustes, muchacho, lo estás haciendo bien, ten paciencia. Y ha sido un buen fin de semana. De verdad. Aunque el Madrid perdiera anoche de mala manera. Ha sido un fin de semana estupendo. El mockingbird todavía me silba su poquito de suerte. Eso es importante.

Lo malo de los findes – y esto de finde es una reminiscencia de ocho años viviendo en Madrid, me parece – es que terminan en lunes. ¿Y qué se hace un lunes? Trabajar, si no hay más remedio. Dar vueltas, si el ruiseñor te guiña un ojo. Dar vueltas es bueno. A veces uno termina en una librería. Porque sí. Las librerías son tranquilas, están llenas de libros, los libreros son gente educada que nunca te meten prisa. Uno puede mirar portadas, abrir una página, pasar un dedo por el lomo de un libro cualquiera, donde están impresos a tipografía chulángana los nombres de mis amigos: Kafka, Dostoievski, Louis-Ferdinand Cé. Los pasos resuenan de manera distinta en una librería: las palabras amontonadas en las estanterías producen un eco cálido, como una canción de cuna.

Escuchaba pasillos, pensando: y lo mucho que hace que no leo nada nuevo de Bukowski. No es bueno esto. Es porque las editoriales se han pasado los últimos años publicando obra póstuma. Y yo quiero obra en vida: no me interesan tanto los poemas que el viejo dejó en el Mac cuando se lo sopló la leucemia. Eso y las antologías, no sé, son cosas de muerto. Y yo quiero, primero, lo que Bukowski hizo en vida. Porque era un poeta vivo. Porque yo sé que no se murió. Así que tenía este dinero, y dos ojos para buscar. Y mira tú. Ahí estaba. El título que caminaba detrás por mí la calle, escondiéndose en una esquina cuando yo miraba hacia atrás, seguro de que alguien me seguía los pasos. Ruiseñor, deséame suerte. Esa oración que yo a veces rezaba. Escrito en una portada negra con letras blancas. No sabía que lo habían traducido, que ese libro que siempre había estado en inglés ahora yo podía entenderlo, buscarle un rincón en mi casa, contarle las palabras con los dedos.

Así que ahora lo tengo delante, mientras escribo. Es como esperar durante mucho tiempo a alguien que aparece por fin, llenándolo todo de luz. Un pequeño milagro. Eso también es la vida. A veces solo hay que abrir mucho los ojos y dejarse llevar. Yo no sirvo para las cosas prácticas, pero tengo cierta vista para las metáforas: cuando se te plantan delante, los símbolos, haciendo clic y juntando conexiones, lo menos que puede hacer uno es soltar catorce euros y llevarse el libro a casa. Digo yo. Eso es cerrar un círculo. Y abrir un camino. Y ver qué pasa.

El libro tiene 97 poemas. Los he contado. Quince céntimos por poema. Yo no me tomo la vida demasiado en serio, pero me tomo en serio la poesía. La poesía es una cosa seria, cuando es buena. No hay mucha poesía buena, teniendo en cuenta que llevamos encima tres mil años de escritura. Hay demasiados poemas que son juegos de palabras, trucos de magia, malabarismo con adjetivos y poca vida de verdad. Cuando compro un libro de poesía me pasa que me entra un vértigo: como si el librero me estuviera abriendo al poeta en canal para venderme su corazón al peso. Me imagino que me sacan a Bukowski de su tumba, me lo rebuscan por dentro, todo lo que tenía, todo lo que fue, hecho letras, su poquito de alma, su poquito de todo lo bueno que tuvo, me lo envuelven con cuidado, me lo guardan en una bolsa, con un marcapáginas de regalo, y me lo entregan, como en una eucaristía, todo lo que ese hombre fue, su lluvia, su pena, su amor y su muerte y su luz, para que yo lo resucite y lo mire despacio. A quince céntimos el poema. Y los poemas son buenos. He leído unos cuantos en el autobús. Hay uno que dice, por ejemplo:

mi amor es diez mil claveles que arden
mi amor es un colibrí posado en este instante de silencio
en la rama
mientras el gato
se agazapa.

Cuando las palabras son buenas todo lo demás se difumina, carece de importancia. Abrir los ojos. Dejarse ir. Y ya está. Ha sido un buen fin de semana.

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