El vino de la juventud

IMG_20140319_130738Ya aviso de que todavía no he leído el libro. Esto no es una reseña. En realidad nada de lo que yo hago aquí lo es. Esto es solo hablar, contar cinco minutos de vida, una cosa de esta mañana. Que estaba yo tranquilamente mirando la pared cuando ha sonado el timbre de la puerta – porque eso es lo que hacen los timbres de las puertas: interrumpir y sobresaltar; ¿no os pasa, cuando no esperas a nadie y alguien llama que te entra un algo por el cuello abajo, un como qué será, bueno o malo, porque una puerta solo existe para dejar que entren cosas? – y bajo y abro y me encuentro a mi amigo el repartidor de la camioneta con un paquete de libros. Digo amigo porque nos conocemos ya, son muchos libros los que me ha traído, hombre Miguel Ángel échame aquí una firma, vaya pueblo tenéis,  me dice, cuantos quinces hay en esta calle – yo vivo en un número quince, pero hay como otros tres, vete tú a saber por qué, esto ha sido así de toda la vida – y yo le digo que gracias y le doy indicaciones cuando tiene movida para ubicar a un vecino; es un hombre alegre que trae puesto el Canal Fiesta a todo volumen y es amigo mío aunque yo no sepa como se llama, porque la gente que toca el timbre para darme libros siempre es amiga mía. Y ya está.

He abierto el paquete a arañazos, y ahí estaban los dos: Dovlatov y Fante. El libro de Dovla ya me lo sé. Lo he sacado dos veces de la misma biblioteca. La última vez hace una semana, así que ahora tengo delante los dos ejemplares: el nuevo que ahora es mío y el de la biblioteca, que me ha hecho compañía estos días. Es porque soy un poco lila, y me gusta tener los libros que me gustan aunque me los haya leído diez veces. Me gasto el dinero así, alegremente, para tener en la estantería a los muchachos y quererlos de vez en vez, abrir páginas al azar, leer un párrafo, marearme un poquito recordando lo bien que lo hicieron. Los libros buenos nunca se acaban de leer, así que siempre salen baratos.

El otro libro es John Fante, El vino de la juventud, una colección de cuentos y aquí viene el conflicto, el meollo. Porque este no me lo sé. Yo he leído todo lo que ha ido saliendo de Fante. Poquito a poquito me lo han traducido y publicado por años. Primero la tetralogía de Bandini, después el resto de novelas. Se puso de moda redescubrirlo, alguien lo leyó y pensó la hostia, a esto le podemos sacar unos parneses. Me parece bien, yo quiero Fante, quiero que lo publiquen todo, si hace falta que me dejen leer hasta los guiones mierdosos que tuvo que escribir para comprarse la casa y el coche. Lo adoro, en una palabra. Y sé que ya no quedan más novelas suyas, precisamente por eso de los guiones mierdosos, la casa y el coche, que me lo fueron dejando – también el alcohol, las peleas, la vejez – sin tiempo para la obra artística. En resumen: que este libro de relatos que se ha metido en mi casa esta mañana es, en principio, lo último que queda de Fante. Ya no hay más. Ya no escribió más. Y salvo que treinta años después de muerto alguien encuentre algo por los cajones ya no volveré a leer nada nuevo de Fante. Y eso da pena. Pero sobre todo da miedo.

Entendedme: estaba acojonado cuando he mirado el libro de refilón. Pensaba: ¿qué hago? ¿Lo leo o no lo leo? ¿Y si no es bueno? ¿Y si resulta que a mi John no se le daban bien los relatos? ¿Y si me deja frío? Menuda despedida triste. Etcétera. Todos los y si que se te puedan ocurrir. De todos modos, yo tengo la suerte de que al final siempre me pueden más las ganas que el susto, así que he abierto el libro y he empezado a leer. Solo un relato, el primero. Se llama Un secuestro en la familia. Son once páginas. A la página y media ya estaba sonriendo como un quinceañero enamorado.

Estaban todos ahí, los de siempre: el Bandini, la madre, el padre… Con otros nombres, pero eran ellos. Los reconozco porque son casi como de mi familia, esa gente que es de mentira pero más de verdad que la mayoría de los que me dicen adiós por la calle. Italoamericanos pobres de los años cuarenta, con sus problemas, su nieve que no se derrite, su Denver y sus procesiones de San Rocco.

Y era el Fante de toda la vida, perfecto, milagroso, como si uno lo estuviera soñando. No hay escritor más puro. Ni siquiera puedo explicar cómo de bueno es el relato, porque todavía no me cabe en la cabeza que se pueda escribir una cosa así. Igual exagero. Pero no. ¿Sabes cuando sabes que algo se va a quedar contigo ya para toda la vida? Pues eso. Una maravilla. Hoy se terminará el día y todavía me durará la alegría. Casi me da vergüenza contarlo. Bendito seas, John. De verdad.

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2 respuestas a El vino de la juventud

  1. Esa sensación me suena 🙂 El último libro de… Y lo curioso de la familiaridad con un tipo del que sólo conoces sus palabras, y por medianía de otros, muchas veces. Lo que me maravilla nuevamente es cómo lo describes y nos lo haces sentir. Un abrazo!

    • Gracias. Es una sensación agridulce, llegar al final de algo. A mí con Fante me queda siempre la pena de que no escribiera más cosas, porque se me queda corto…
      Estoy empezando a pensar que no me merezco un fan como tú 😉
      Un abrazo

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