Andrónico

Fotograma de Titus (Julie Taymor, 1999)

Fotograma de Titus (Julie Taymor, 1999)

Si sueño, ni toda mi riqueza me despertaría.
Si estoy despierto, que algún planeta caiga sobre mí y me haga dormir un sueño eterno.
(William Shakespeare, Tito Andrónico)

¿Cuánto se puede romper un hombre? Tito Andrónico regresa de la guerra para enterrar a sus hijos muertos. Ave Roma, victoriosa en tus ropas de luto, saluda el viejo general. Y a partir de ahí me lo van puteando. Cuestión de venganza y de mala hostia. Yo no voy a contar aquí la trama de Tito Andrónico. Hay desgracias, personajes con el odio desatado: Tamora y sus dos chavales, el emperador Saturnino, Aaron, siniestro como un paraguas roto asomando por la esquina de un contenedor. Y en el otro bando Marco Andrónico, el hermano; Lucio, el hijo que sobrevive; Lavinia, que cumple como holocausto sobre el altar. Shak teje la tragedia mediante un in crescendo salvaje. El mecanismo es simple: se trata de echar más y más carbón a la caldera, como un fogonero loco, hasta que las llamas lo arrasen todo. Así, es cuestión de ir sumando muertes, manos cortadas, lenguas arrancadas, asesinatos, peleas, su poquito de degollamiento y un final a la altura: canibalismo para escandalizar cabezas. Porque como dijo Henry Miller, si empiezas con tambores tienes que acabar con dinamita. 

Hay que leer con los ojos un poco despistados, olvidar que es Shakespeare para evitar la comparación con las grandes obras posteriores. Andrónico, al fin y al cabo, es una tragedia medio gore pensada para descolocar al público. Shak la escribió de chavalito, cuando todavía estaba aprendiendo los mecanismos del oficio. No me lo representan mucho, a Tito Andrónico, por los escenarios modernos. Julie Taymor hizo una película protagonizada por Anthony Hopkins, un ejercicio de estilo y virguería visual, absolutamente fiel en el texto y en el espíritu, con mucha parafernalia y decorado suntuoso, que mezclaba épocas y barajaba la escenografía para situar la tragedia de Andrónico en distintos planos simbólicos. No fue muy bien recibida. A mí me gusta mucho, por lo que sea. Me gusta Andrónico, en general, a pesar de sus imperfecciones y sus dobleces.

Hay algo que te sacude en la historia de este hombre vencido que mira un horizonte nublado y conjura a los restos de su familia para ejecutar una venganza terrible. Siempre me ha parecido que los grandes personajes de Otelo – que es la obra en la que Shakespeare traza con más grandiosidad el mapa de un hombre que se autodestruye de manera salvaje – están prefigurados en Adrónico: Lavinia es una casi Desdémona señalada por manos crueles; Aaron, un Yago a medio esculpir, tan absurdamente malvado que no termina de coger cuerpo; Marco, como Casio, es el hombre sin carácter obligado a contemplar una función macabra, en un teatro del que no puede escapar. 

Es verdad que la obra se tambalea un poco. Andrónico, Aaron, Lucio, Tamora, Saturnino o Basiano tienen algo de caricatura, como si Shak no hubiera acertado todavía a templar el fuego en el que después cocería la cerámica de sus criaturas. Y es verdad que en el segundo acto los acontecimientos se precipitan con un vértigo excesivo, cortando la respiración de la obra. Pero Andrónico es, sobre todo, un puñado de imágenes memorables: Marco sosteniendo entre sus brazos con ternura a Lavinia mutilada, Tito besando el suelo, suplicando a los tribunos por la vida de sus hijos condenados, el grandioso funeral con el que comienza todo, las palabras que se van pronunciado a medida que los corazones se quedan secos y el dolor ocupa todo el espacio: Que la muerte imponga su nombre a la vida mientras la vida no tenga otro interés que respirar, dirá Lucio en el tercer acto, cuando la caída de Andrónico alcanza el paroxismo. Cuando todo se rompe, Andrónico ríe. Porque ya no me queda más llanto que verter, responde a su hermano, que lo contempla aterrorizado.

El banquete final es como el baile de la Muerte Roja de Poe: el último estertor de una sinfonía de gritos, ropa que se desgarra, caballos a la carrera y un rayo de sol que se filtra a través del polvo todavía sin asentar de todo lo que se ha derrumbado. Tito Andrónico es una pieza menor dentro de la obra de un genio, pero posee una intensidad que abruma, una grandeza perversa y una sombra enfermiza que se desliza por cada una de sus escenas. Es la historia de una familia, solo eso. Responde a una pregunta sencilla: ¿cuánto puede romperse un hombre? Empieza con tambores. Termina con dinamita.

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2 respuestas a Andrónico

  1. Qué buen rato he pasado con momentos tan trágicos. Y del estilo me declaro, ya, “fan” -admirador mejor… Un abrazo

    • Aunque esté feo decirlo, por eso de que los personajes sufren bastante, yo me lo paso muy bien con las tragedias, sobre todo si son de Shakespeare.
      El fansismo es recíproco.
      Abrazo!

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