Altares

IMG_20140315_140506Me repito.

Al final siempre acabo hablando de lo mismo y de los mismos.

Si ya lo sé.

Tom Waits, Kafka, Maiakovski,

– ¿Maiaqué?

Nada, un ruso.

Que si Fante, que si el otro, Bukowski, Dovlatov…

– ¿Dovlaqué?

Nada, otro ruso.

Que si Chet Baker, Malaparte, Ezra Pound. Que si Céline. Y ninguno medio normal, ojo. Todos chiflados, o drogadictos, o cosas peores. Y así de siempre. Ahora ya es tarde. A ciertas edades ya no te enderezas. Cada uno tiene su rumba, su desfile en la vida.

Marcando el paso, levantando altares.

Yo tengo los míos. Están a la vista. Todos tenemos una zona de seguridad. Y a mi me gusta la gente que me arrastra fuera de ella. Me gustan los raros, sí, pero solo porque me aburre la gente aburrida. 

– Ya estamos faltando

Que va.

Es solo mitomanía. Romanticismo. Tontería.

Y que siempre está ahí, la tentación de sobredimensionar a tus ídolos, que palabra más fea.

Recuerdo. Por ejemplo. La escena en la que Svevo Bandini sube la cuesta la víspera de Navidad con la cara arañada, en el capítulo 8 del Espera a la primavera de Fante.

Me las sé bien, esas líneas. Podría escribirlas del tirón si quisiera.

– Mentira.

Y tanto.

Svevo va dejando la sangre sobre la nieve, después de la pelea con María, y Fante con ojos de niño te lo va describiendo despacio, juntando voces, enhebrando miradas, como una madre que recoge los pedazos de un jarrón roto por un balonazo. Ese libro me mató mucho. Me dejó medio así, con esta cara, pensando cómo se las podía apañar alguien para escribir de esa manera. Que sea tierno y alegre y divertido y también salvaje y triste, y más melancólico que una mariposa muerta en un charco de agua sucia. Y que aún así todo esté en su sitio, esculpido y como si no costara trabajo.

Ese es el truco: que parezca sencillo.

Pero hazlo tú.

– ¿Y por qué todo esto?

Yo qué sé.

Veo decadencia.

Y no solo cuando me miro en el espejo.

Hace cien años había muchachos que se daban de hostias por escribir la novela del siglo,

por llamar al timbre de la chambre de Picasso y salir corriendo solo para volver y patearle los huevos al viejo con un movimiento artístico nuevo y genial,

por tirarle a la Academia la gorra con una poesía reventona.

Da igual que lo consiguieran o no: lo que prende la mecha es la ambición.

Hoy yo veo que los chavales se limitan a escribir tuits ingeniosos.

Y quieren aplausos por eso.

¿Son nuevas formas culturales?

Puede ser.

Pero ahí yo veo

escaleras

que se van

bajando.

– Que de tonterías

Lo mismo sí.

La culpa es mía por dejarte hablar. 

– Un momento

Cállate, doppelgänger.

Ahora insulto en alemán.

Que pena.

No hay que tomárselo en serio. Lo peor que le puede pasar a alguien es creerse su propia propaganda, y lo peor que le puede pasar a un artista es caer en el pozo de la obligación responsable.

Un artista no tiene que salvar el mundo.

Un artista, del palo que sea, solo tiene un deber: salvarse a sí mismo, y solo como

medio tangencial

de salvar su obra,

contando con que la obra merezca la pena…

– ¿Dices que no existo?

Por supuesto que no.

Entiéndeme: a veces yo también me paro a pensar si soy de verdad o solo la tele de alguien que se está riendo mucho, en algún lugar, con tanta comedia.

Así que deja de preguntar.

Me gustan las películas grandilocuentes: El Padrino, Carlito’s Way, Casablanca. Es que el cine es distinto. Tiene que ver con el rito: la pantalla grande, la oscuridad, el irse un rato del mundo.

Al cine se va a soñar, como a la cama.

Me gusta que en esas películas la gente se muera con tantos fuegos artificiales. Yo sé que no es de verdad, que uno nunca se muere con una frase apropiada en los labios, que no se besa a los moribundos y que la vida no tiene banda sonora. Pero no tiene nada de malo cerrar los ojos y envidiar un poquito los adioses de las películas.

Lo mismo pasa con el teatro. A mi me gusta Shakespeare porque te coge y te levanta, con ese palabrerío tan bien metido, ave Roma, victoriosa en tus ropas de luto, incluso la obra que menos muerda de Shak, oh, tierra, te daré más lluvia, destilada por estas dos viejas ruinas, que toda la que puede derramar el abril joven, siempre tiene algo que te pone el corazón del revés.

Lo demás es decorado.

– ¿Entonces qué soy?

Nada.

Un mecanismo narrativo.

Un cuchillo de cortar párrafos.

Una voz que lima el ritmo cuando lo necesito.

Porque si no hago tonterías me duermo.

Tengo mi altar de Céline. Tengo mi altar de e.e. cummings, que escribió:

me gusta mi cuerpo cuando está con tu cuerpo.

Tengo mi altar de Al Pacino. Tengo mi altar de The Wire. Tengo mi altar de Bandini. Les llevo flores. Les enciendo velas. Me gusta pensar en Franz Kafka, que se murió sin saber lo que iba a ocurrir. Me entretiene imaginar a Rabelais bebiendo vino. Me gusta creer que el hombre que lee el periódico en la biblioteca es Tolstói escribiendo una carta desde el frente de guerra. En una mesa del bar de la estación de autobuses puedo ver a Dostoievski removiendo furiosamente una taza de té con una cucharilla de pobre.

– ¿Y a Dovlaqué?

A Dovlaqué también me lo imagino, claro. Observa con cuidado un escaparate, se tambalea un poco y cruza la calle sin mirar a los lados. Qué sé yo. Son amigos míos. Me cuentan cosas. Me dicen: esto bien, esto no, llévalo con paciencia. Los escucho. Y ya está.

– Me he perdido

Estupendo.

Porque ahora,

si no te importa,

voy a poner 

un punto

y final.

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