Hallelujah

Jeff_Buckley1_print_r620x349Hallelujah. Dijo Leonard. Aleluya. Dijimos nosotros. Es una de esas canciones misteriosas. No está hecha de música, ni de melodía, ni de notas de piano ni de tesitura de voz. Está hecha de una sustancia que se queda impregnada en el aire, como el perfume de una mujer, de un algo que flota, que se te pega a la piel, de un rubor, de un susurro que deja escapar un secreto íntimo. Va de sexo. Cruzando espejos y metáforas. De sacralizar el sexo va. Follar como liturgia. Esto en Leonard es poética, lugar común de muchas canciones donde el cuerpo se morrea con el espíritu, entre la desesperación y la luz, enhebrando valses y mazurcas mediante descripciones elípticas, citas bíblicas y versos violentos. Es el sexo entendido como dos soledades que se abrazan. Como música y oración. Desaparecer, morir un rato y resucitar: una cosa así.

El Hallelujah necesita una wikipedia entera para explicar como fue. Resumiendo: hay dos versiones. Una que Cohen cantó y registró en su disco de 1984 Various positions, y otra, más larga y más envolvente, que probablemente se publicó en un libro de poemas que no tengo ganas de googlear, porque no son horas de andar buscando probablementes. Más o menos. Las dos versiones son canciones. Las dos son poemas. Yo me entiendo. Y que tampoco importa demasiado. El registro es anécdota y tarea de notario, una nota al pie de la página de la emoción, que es lo que realmente interesa. Emoción tiene mi Leonard para ponerte a temblar un rato. Es por la voz monótona y grave y por esa lírica suya de perdedor depresivo que en el último momento abre la ventana para caer de rodillas. La belleza como redención, todo eso.

Hay mucha gente que ha cantado esta canción. Ben Harper, Bob Dylan, John Cale, y prácticamente cualquiera con un track vacío que llenar con un poco de amor suntuoso. Morente la cogió en el Omega y le hizo un sofrito flamenco con los Lagartija Nick: quedó bastante bien, teniendo en cuenta que había que meter a compás versos que parecían bulevares. Morente era Morente, y siempre hacía las cosas con mucho tiento.

Seguramente la versión más famosa la hizo Jeff Buckley, que era un chavalito con los ojos largos que cantaba muy suave, como si le diera vergüenza su pena. Grabó un disco, triunfó un rato, y una tarde se ahogó nadando en el río. Cosas que pasan. Eso era en 1997: Jeff se tragó medio Mississipi y se fue. Había hecho su Hallelujah unos años antes, mezclando el poema y la canción con un piano y su voz que daba aleteos. Jeff la canta sin coros, como si estuviera en el portal de tu casa. La besa como un adolescente asustado y la vuelve un poco más misteriosa. Sin faltarle a don Cohen – Dios me librare – me gusta más el magreo de Jeff.

Y entonces, ¿qué es el Hallelujah exactamente? No lo sé. Es una de esas cosas que se escuchan sin más. Si estás solo, te llena la habitación. Es el lamento orgulloso de un hombre que habla en segunda persona y se va contando a sí mismo, entre reproches, que solo cuando lo hicieron polvo supo que la noche no era tan mala. Tiene estructura de sonata, como la carta de amor de un borracho. Y dice que querer no es suspirar en la oscuridad, ni tampoco una luz que te deslumbra. Es solo un grito, roto y frío. Un aleluya.

Como rezarle a Dios después de pegarle un tiro.

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