Y la risa

malaparteEsto es un mechero, esto una mesa, esto un bolígrafo que ya no pinta, esto son diez dedos, esto una ventana. En el reflejo de la ventana estoy yo. ¿De qué se escribe los miércoles? Yo cuando no tengo nada que escribir le rezo un rato a Fante, para que me cuente algo con lo que pueda llenar quince minutos de asombro. Dime algo, John, que estás en los cielos, muerto en tu ataúd de madera. Dame un verbo para empezar. Fante escribió: Mi idea era escribir una frase, una sola frase perfecta. Si podía escribir una buena frase, podría escribir dos, y si podía escribir dos, podría escribir tres, y si podía escribir tres, podría escribir eternamente. Y uno se levanta y aplaude. Bien, John. No está mal para un muerto. Pienso: hay que ser muy bueno para morirse en 1983 y seguir existiendo treinta años después. Así que voy a rezarle a John Fante. Voy a escribir una frase. Y luego otra. Y después otra más. Hasta que yo me acabe.

A mí de Fante me gustaba mucho la risa. Uno sabe que un escritor es bueno cuando te ríes pasando las páginas. Mi John puteaba a sus criaturas, Bandini, Molise y los otros, pero siempre había una puerta entreabierta por donde se colaba el humor. Curzio Malaparte escribió: la risa es una opinión. A Malaparte no le gustaba llorar. Curzio fue a la Guerra, la miró, la tocó, y contaba la historia de un hombre al que iban a fusilar – ¿polaco?, ¿ucraniano?, ¿finés?, no importa, porque todos los muertos son del mismo país – que se dirigió al paredón sonriendo. Y explicaba M. que los soldados del pelotón de fusilamiento se miraban extrañados, con miedo. Porque aquella sonrisa cambiaba la muerte de lado.

Malaparte tenía un padre alemán y un nombre alemán. Pero no le gustaban los alemanes. Por eso se italianizó el nombre – se lo chuleó un poco a Napoelón – y se construyó un personaje desde la rebeldía. Le gustaban los tejados de los pueblos de la Toscana y los santos que los chicos del quatroccento pintaron en los frescos de las iglesias. Decía, de los alemanes, que siempre reían a destiempo: las bromas los ponían tensos, como si el cachondeo fuera el enemigo. Decía también, Malaparte, que había nacido en Prato y tenía un ventrículo del corazón en Nápoles, que Europa solo se salvaría cuando aprendiera a reír. Después de la Guerra, reír. Las lágrimas limpian los ojos, llorar es un acto reflejo. Reír es una decisión. Implica ser libre. Hace falta valor. A reír se aprende.

Ya me he perdido. No fijo. Es lo de siempre. Con los escritores tiras del hilo, te vas liando. Olvidas por dónde vas. Ya no me acuerdo de qué iba el primer párrafo. Da igual. Consiste en eso: una frase detrás de otra. Un punto. Y empezar otra vez. Una frase. Un punto. Fumar un poco por el camino. Hasta que te acabes. Irte con una sonrisa. Y ya está.

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4 respuestas a Y la risa

  1. molinos dijo:

    He llegado aquí por un tweet.
    Qué bien escribes…quién quiera que seas.

    Fante es ENORME.

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