Vivir y la pena

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Tal vez sea eso lo que busquemos a lo largo de la vida, nada más que eso, la mayor pena posible para llegar a ser uno mismo antes de morir.
(Louis-Ferdinand Céline; Viaje al fin de la noche)

Si yo, por lo que fuera, por el despiste o por el aire que me despeina, solo tuviera memoria para guardarme dentro unas cuantas palabras, me guardaría para siempre este párrafo de Céline. Eso que pone ahí arriba, en cursiva. Me iría, con una maleta y un par de zapatos, a pisar los charcos. Mojarse la cara: eso es la vida, creo yo. Con su poco de reír y su todavía no es tarde. Yo creo que Céline se pasó treinta años buscando la redención y no la encontró. Como si dentro supiera que algo le daba bocados. Eso nos privó de unas cuantas novelas maravillosas, porque todo Céline después de la Guerra es justificar decisiones. Ahora imagina que puedes meterte en un túnel y entrar en su cabeza de soldado puteado con el cráneo partido y un zumbido continuo y puedes apartar la tierra y acomodarte, y volver hacia atrás los años como la página de una revista y plantarte en el Viaje al fin de la noche: entonces, en las entreguerras, ya sabía Destouches que la vida era pena y un sonreír maquillado.

Yo, de más chico, leía a Céline y me reía hasta que dolía. Pensaba: como cuentea, y que exagerado el franchute. Era como visitar un museo: uno no espera que los cuadros le arañen la cara. Me dedicaba a otras cosas: beber, coger el metro, mirar por la ventana. Memorizaba los diálogos y las exclamaciones del Viaje, y pasaba de subrayar las reflexiones putas. Luego a fuerza de relecturas uno va filtrando hasta que solo queda el dolor de verdad, que es el anís que destilaba Destouches. Yo lo resumo así, a mi manera: después del primer beso todo va cuesta abajo.

Eso es un poco y así por encima la mirada celiniana, pero si uno escarba más allá del nofuturetodoestápodridomariquitaelúltimo se encuentra una melancolía de la hostia y una tragedia de verdad. Los escritores buenos son los escritores honrados, es decir, los que no posan para la foto. No les importa que les retires el saludo, o que la Academia los despeñe por el canto del libro de texto: quieren vaciarse y salpicar la pared si es posible. A un escritor bueno uno lo ve que está metido en su música, y que no escribe para nadie. La creación se convierte en un exorcismo: un como bailar pegado a la muerte para levantarle la falda al descuido. Céline, a pesar de todo, siempre terminaba metiendo un trocito de luz en su sombra, para explicarle al sol que no se rendía.

Dovlatov decía que lo más interesante de un escritor es lo que escribe sin querer. Debajo de la obra de Céline aleteaba un pájaro que quería cantar. Eso es lo que hace que Louis-Ferdinand siga vivo: su pelea por no dejarse morir. Si yo, por lo que fuera, por el despiste o por el aire que me despeina, solo tuviera memoria para guardarme dentro unas cuantas palabras, me guardaría para siempre ese párrafo de ahí arriba que escribió Céline. Porque así podría despertarme cada mañana con una esperanza bonita: que un lo que fuera viniera a demostrarme que me equivoco.

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