Van Gogh: Apuntes para una biografía

van_gogh_bandaged[Fiel a su vocación de servicio público, este blog publica en exclusiva una selección de extractos del cuaderno de apuntes del escritor Jon Jongbloed, quien entre 1887 y 1901 entrevistó a parientes y conocidos de Vincent Van Gogh con el objeto de escribir una exhaustiva biografía del artista. Desgraciadamente, Jongbloed apareció muerto en extrañas circunstancias en su domicilio de la Provenza antes de poder publicar su obra. La autopsia reveló catorce puñaladas en la espalda del escritor, y dictaminó que la causa de la muerte había sido un suicidio creativo. El texto original en neerlandés puede consultarse en la página web del Museo Van Gogh de Amsterdam]

Anna Cornelia, madre. Zundert, 1876
Era un muchacho normal, quizá un poco nervioso, pero no era malo. Revoltoso, como todos. Recuerdo que por aquella época mi marido criaba conejos, y a Vincent se le daba muy bien despellejarlos, pero entre el despiste y los nervios se olvidaba de matarlos primero. También pescaba gatos. Cogía la caña de su hermano mayor, colocaba un boquerón en el anzuelo y se sentaba en la calle a esperar. Cuando el gato se tragaba el boquerón, Vincent tiraba con todas sus fuerzas. Era para verlo. ¡El gato hacía unas fiestas! Saltaba y maullaba como un loco detrás de su aparato digestivo. Luego se moría. Nos reíamos mucho con Vincent. En la adolescencia empezaron los problemas. A los catorce años estaba convencido de que un tal Boris Verchinski, de Minsk, le había intercambiado la sombra. Y a los dieciséis sufrió una crisis neurótica que le impedía comer alimentos que contuvieran la letra e. Un día le regalé una caja de acuarelas, para que desfogara. Aquello le entusiasmó, aunque por algún motivo se empeñaba en pintarlo todo amarillo. Yo le preguntaba: Vincent, ¿por qué no pintas en cristiano? Y él me respondía: madre, es que soy vanguardista. Daban ganas de darle un tortazo y quitarle la tontería. Pero no era malo. Luego se hizo místico y se marchó a las misiones.

Albert Nialon, misionero. Mons, 1893
Mal. Muy mal. El primer día que llegó, le dije: vete donde los mineros y predicáles el temor de Dios, insísteles con el valle de lágrimas. Cuando volvió por la noche estaba negro de hollín, y cuando le pregunté que le había pasado me respondió, con sus santos huevos, que se había puesto a ayudar en la mina. Como un cencerro. Entre usted y yo: ¿a quién se le ocurre? Yo no sé los demás, pero yo me hice cura para no trabajar. Esto a Vincent no había quien se lo metiera en la cabeza. No entendía el negocio de salvar almas. Decía que éramos todos un hatajo de embusteros adoradores de Satanás y cosas por el estilo. Yo se lo dejaba pasar. Pensaba para mí: que perdido está este chico. No sé. Hay gente que no discierne. También le dio por pintar a los pobres. Un gilipollas.

Richard Loti, tabernero. Arlés, 1899
Venir, venía. O sea: que tú entrabas al bar y lo veías ahí, en una mesa, mirando el aire. Pero se ha exagerado bastante con eso de que bebía mucho. Era difícil verlo borracho más de seis días a la semana. A mí me parecía un chico majo. Conmigo hablaba. Yo le preguntaba: ¿y qué Vincent, tienes novia? Y él: bueno, me escribo cartas con una chica… Y yo: no, que si tienes novia. Una noche que se bebió media botella de alcohol de quemar nos echó un sermón muy bonito sobre los ángeles y sobre el ruido que hace el color amarillo cuando lo pisas. Una mañana me lo encontré en la plaza, un poco decaído. Le pregunté qué le ocurría y me explicó que estaba frustrado porque nunca podría sujetar en la mano los colores que veía por el campo. En lo más profundo de mi corazón habita un amarillo que soy incapaz de pintar, me aseguró. Yo lo tranquilicé diciéndole que seguramente eran gases.

Paul Gaugin, pintor. Atuona, 1900
Me resulta un poco difícil definir a Vincent. Creo que la palabra psicópata se ajusta bastante a la realidad. Al principio nos llevábamos bien. Hacíamos buena pareja: él siempre tenía bebida en casa, y a mí siempre me ha gustado mucho beber gratis. Yo la verdad, sus cuadros, su arte, nunca lo entendí demasiado. Se quejaba todo el rato de que no vendía nada. Yo le decía: joder, Vincent, pinta tías en pelota que es lo que tiene salida, mira el Tolouse-Lautrec como se forra con los cuadros de bailarinas del Moulin Rouge que le vende a los pajilleros. Pero él decía que no, que se sentía sucio si no pintaba vegetales. Su hermano Theo me convenció para que me fuera a vivir al campo con él. En mala hora. Yo acepté porque atravesaba una época difícil en lo personal: le daba bastante al opio y estaba experimentado con una bebida de mi invención que consistía en lamer el trapo de limpiar los pinceles. No quiero recordar mucho aquello. Vincent era muy maniático. Su tema de conversación favorito era la verdura, y podía recitar por orden alfabético todos los alimentos de la pirámide alimenticia. Nos peleábamos mucho, sobre todo a la hora de limpiar. Lo echábamos a suertes y él siempre sacaba tijera. Era un poco cortito. Y lo de la navaja… bueno, se ha dramatizado un poco con aquello. En mi opinión no era lo bastante listo como para clavarla por el lado que pincha. No me quedé a averiguarlo, claro. Tendrías que haberme visto correr. Al poco tiempo estaba en Tahití pintando indígenas. La mejor decisión de mi vida.

Violette Blanchard, prostituta. Arlés, 1898
¿Raro? Bueno, una ha visto de todo. Una vez un cliente me pidió que le [ilegible] mientras le cantaba José Luis has sido un niño muy malo. Él era calladito. Venía los martes, los miércoles, los jueves, los viernes, los sábados, los domingos y a veces los lunes. A mí sus cuadros me gustaban. Por aquella época pintaba todo lo que veía. Al cartero lo pintaba mucho. Y siempre venía muy limpito. No tenía maldad. Cuando lo mirabas, sentado en la cama, estirándose los puños de la chaqueta, tenías la sensación de que cualquier día agarraría una escopeta y se liaría a tiros en la taberna, pero sin maldad. El temperamento artístico y eso. Un día apareció con un trozo de oreja envuelto en una servilleta e insistió en regalármelo. Fue una situación un poco violenta, sobre todo porque la oreja era suya. Yo no quería herir sus sentimientos, así que le aconsejé que la plantara en una maceta y no se olvidara de regarla dos veces por semana. Se marchó cabizbajo y susurrando “amarillo, amarillo…”

Theo Van Gogh, hermano. Utrech, 1891
Éramos como de la familia. De hecho, éramos hermanos. Nos llevábamos bien. Los dos fuimos jóvenes enfermizos: él tenía sus neurosis, y yo una enfermedad rara que me provocaba ataques de hipo cada vez que alguien pronunciaba la palabra robledal en mi presencia. Eso nos unió mucho. Cuando murió me puse muy triste. No porque me debiera cantidades ingentes de dinero, de verdad que no fue por eso. Yo lo quería mucho, sobre todo cuando estaba en otra ciudad. Cuando me explicaron que se había pegado un tiro en un maizal experimenté sentimientos contradictorios: por un lado me apenó su muerte, pero por otro lado sentí un extraño orgullo al comprobar que había sido capaz de utilizar correctamente un instrumento complejo. No sé, hay gente que no está hecha para vivir. Ni para devolver los préstamos. ¿Los cuadros? Los tengo por ahí. Son bonitos. Y amarillos. He pensado en venderlos, pero me apena desprenderme de ellos ¿Quiere unos cuantos? ¿No? ¿Seguro? Entre usted y yo: material de primera para encender la estufa.

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