El trabajo es salud

IMG_20140206_200328Lo primero: el título es irónico. Los cuatro que leen esto con regularidad ya se lo habrán imaginado, pero yo aviso. Mi opinión es que trabajar es tan bueno para la salud como la heroína. Me acuerdo yo cuando bicheaba en un hotel de Mallorca fregando vasos y salía a sacar la basura estirando de un carro que parecía un autobús y me fumaba de estraperlo un cigarro mirando de reojo que no viniera ningún baranda, y siempre aparecía un compa que me decía, viéndome soltar humo: cada uno de esos que te fumas son cinco minutos menos de vida. Me daba la risa, de verdad, y me lo quedaba mirando al pobrecito y pensaba, ¿y cuántos minutos de vivir me quita cada día que estoy pasando penas y metiendo vasos al lavavajillas con el chaleco y la pajarita bien apretada en el cuello como el nudo de una horca? Yo al momento presente estoy convencido de que los dos meses de mindundi que me pasé en el sitio aquel me quitaron por la parte corta cinco años de vida. Y me aseguraron ya para siempre una vejez dando tumbos.

Yo no sé, si el trabajo es salud, porque no mandan a los enfermos del hospital a que vengan a coger aceitunas. ¡Vete a dar palos que se te va a quitar todo! ¡Vas a reventar de salud! No, hombre no. No es serio. Eso de ahí de la foto es una mano mía. Tengo otra, pero está más o menos igual. Con que veáis una ya os hacéis cargo. Ahora, en confianza, pensadlo: ¿eso es una mano saludable? Una pena es lo que es.

Uno termina tasabao, que es una palabra que me han enseñado mis amigos y que estaba deseando escribir por algún sitio. Es como decir cansado, pero más puteante: al tener tantas vocales abiertas añade al significado matices cómicos y crueles. La cuenta de los días que llevo este año cogiendo olivas la he perdido hace tiempo. Ni me preguntéis a qué estamos. Cuando te metes en una cosa de estas el tiempo es de lo primero que se te olvida. No hay fines de semana, ni puentes. Yo miro las predicciones meteorológicas y así echo cuentas: tal día llueve, y ese día es como si fuera viernes por la tarde, aunque sea lunes. Pensaréis: que mal está el muchacho. Ya lo sé. Me lo dicen mucho. Y que no hay quien lo entienda, al chaval. También lo sé. Preguntadle a mis exnovias y ya veréis lo que os dicen. Pero ya estoy perdiendo el hilo otra vez. Es porque el cerebro se te queda como una chirimoya, de trabajar. Tienes que sacar las ideas con una cucharilla del café. O no hay manera.

Yo solo sé que me duele todo.

Y que no tengo edad. Esto me coge a mí con veinte años, y tampoco. Pero lo hubiera llevado mejor. Yo con veinte años no me enteraba ni de las resacas. Empezaba a beber un miércoles y acababa el domingo. Y como una flor. Ahora hago eso y no me encuentro los ojos en una semana. Triste. Me duelen las manos. Me duele la espalda. Me duelen los hombros. Me duele la cabeza. Todo achaques. Una alegría. Hace un par de semanas, llenando una espuerta, se me hincó una astilla de lo que fuera en un dedo y ahí sigue. Se ha hecho un callo para ella, como un dúplex, y ahí se me ha quedado a vivir: ahora cuando me miro el dedo la astilla me pregunta por la familia. Molestar no molesta mucho, no es que ponga la música alta por las noches, pero estaba mejor sin ella. También estaba mejor cuando no me pegaban todos los días quince aceitunazos en los ojos. Esto de los aceitunazos en los ojos es un tema complejo. Da para un libro. Yo estoy seguro de que si Newton hubiera nacido en Jaén la teoría de la gravedad que nos enseñaban de chicos hubiera sido más rara, porque las aceitunas tienen más mala hostia que las manzanas. Es un hecho probado – probado por mí – que las aceitunas cuando caen de la rama no te van nunca a la frente, por ejemplo, ni a la espalda, ni al hombro, ni a la boca así la tengas abierta como un charco: ellas se van que vuelan derechas y como dirigidas por fuerzas que desconocemos hacia el ojo indefenso de par en par. A lo mejor suena divertido, pero no tiene ni puta gracia.

A veces pienso que son frutas malignas.

Y así ando. Cuando me levanto por la mañana y miro por la ventana y veo que no está lloviendo, pienso: ¿qué me dolerá hoy cuando vuelva? ¿Me crujirá la espalda por siete sitios cuando me cargue encima el decimocuarto saco? ¿Me joderé un dedo? ¿Me arañaré el cuello entero con una rama hijaputa? ¿Me doblaré un tobillo bajando un ribazo? ¿Me caeré de lo alto de la oliva? Esto último no me ha pasado todavía, pero no descarto que algún día con un resacazo haga un Impacto TV y me vea por esos youtubes de dios con cincuenta mil me gusta de cincuenta mil cabrones. En fin. No sigo más. Mi consejo para la juventud es el siguiente: no trabajéis. Y mucho menos en las olivas. Drogaros, que es más sano.

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2 respuestas a El trabajo es salud

  1. A mi lo que más me ha gustado de todo, es saber que coges aceitunas. Y tú dirás lo que quieras pero el trabajo del campo es bueno para la salud, y solo con decir que es el más antiguo del mundo ya habría que tenerle respeto. Ahí está mi abuelo con casi 90 años y todavía cuidando sus olivares. Desde mi ignorancia, pienso que eso es mejor que estar todo el día quejándose de que te duelen los riñones. Y lo que sí es tóxico para la salud, es el tiempo libre.

    • El tono del texto es cómico. O esa era la intención. Yo llevo toda la vida cogiendo aceitunas, y aunque no lo parezca respeto mucho el trabajo del campo. Otra cosa es que me guste, que no me gusta. Y eso sí: de que el tiempo libre es tóxico para la salud no me convencerá nadie en la vida.
      Gracias por escribir. Un saludo.

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